Miércoles, 18 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Borges era ateo pero rezaba cada noche un Avemaría, evoca un sacerdote en un homenaje ante su tumba

ReL

Borges nunca creyó en Dios, pero cumplió la petición de su madre de rezar todas las noches un avemaría.
Borges nunca creyó en Dios, pero cumplió la petición de su madre de rezar todas las noches un avemaría.
El 14 de junio de 1986 falleció en Ginebra (Suiza), a punto de cumplir los 87 años de edad, el escritor argentino Jorge Luis Borges.

Uno de los aspectos más debatidos de su obra es su visión de Dios, de la fe y de la religión, en cuanto ateo o agnóstico declarado que dejó en otras ocasiones abierta la puerta de la trascendencia, cuya huella siguen algunos estudiosos en sus obras. De hecho, la diócesis de Ginebra, Lausana y Friburgo fue invitada por la embajada argentina en Suiza y por la Fundación Borges a participar en el homenaje que este martes se le tributó ante su tumba en la ciudad suiza con motivo del trigésimo aniversario de su muerte.

Para representarla fue designado el sacerdote Pedro Estaún Villoslada, físico y teólogo, quien leyó el siguiente texto:

La religiosidad de Borges
Para todo amante de la literatura, pero especialmente para los de lengua española, los escritos de Jorge Luis Borges son un auténtico regalo. Su abundante producción literaria en tan variados temas hace las delicias de numerosos lectores. Pero no quiero yo hacer aquí un elogio de su literatura y de su descomunal cultura. Son muchos y más cualificados los que lo han hecho y continuarán haciéndolo. Lo que yo pretendo aquí es abordar la religiosidad de nuestro maestro de literatura.


Pedro Estaún Villoslada.

Durante toda su vida, Borges no profesó religión alguna y se declaró algunas veces agnóstico y otras ateo. En alguna ocasión manifestó su duda sobre la trascendencia del hombre. No obstante, en 1978, en una entrevista del periodista peruano César Hildebrandt, Borges afirmó tener la certeza de que Dios no existe.

Su madre, doña Leonor Acevedo Suárez, uruguaya, era ferviente católica e intentó transmitirle su fe en los años de su niñez, pero  la agitada infancia y los diferentes centros de estudio por los tuvo que pasar influyeron sin duda en su increencia.  Sabemos que para refugiarse de la Segunda Guerra Mundial la familia, que entonces vivía en Palermo, se instaló en Ginebra, donde el joven Borges y su hermana Norah asistieron a la escuela.  Fue entonces cuando estudió el francés y cursó el bachillerato en el prestigioso Liceo fundado por Juan Calvino. El ambiente en aquel establecimiento de inspiración protestante no parece que le dejara ninguna huella religiosa.

Doña Leonor, como toda madre, se sentía orgullosa de su hijo, del que le llegaban cada vez más elogios y alabanzas. Por su parte Jorge Luis veneraba a su madre y trataba de evitar todo lo que pudiera apenarla pero, ciertamente, no podía evitar que ella conociese la falta de sus creencias religiosas.

En un interesante relato de Pablo Caruso, publicado en La Gaceta de los Negocios el 6 de febrero de 2008, este periodista argentino nos transmite el proceso religioso de nuestro Jorge Luis Borges en el que su madre, años después,  tuvo una intervención decisiva.  A él me remito en lo siguiente.

Doña Leonor era una mujer sencilla, sensata y dotada de una picardía que heredó su hijo. Sirva como detalle la siguiente anécdota. Eran los años difíciles de bombas y amenazas en Argentina. A una hora tardía sonó el teléfono en su casa. “Te vamos a matar a vos y a tu hijo”. Doña Leonor, ya postrada, le dijo con toda tranquilidad: “Vea, señor, tengo más de 90 años y si no se apura en cumplir su amenaza, por ahí me muero antes”. Y se quedó muy serena. Se veía que no le preocupaban en exceso los peligros externos.

Sin embargo, hubo una vez que el espíritu de doña Leonor se inquietó sobremanera. Aunque lo sabía, escuchar de labios de su hijo que se declaraba agnóstico hizo que su corazón advirtiera una amenaza mucho más letal que una bomba. La salvación eterna de su hijo la angustiaba. Tenía que hacer algo, y lo hizo. Lo escribe Pablo Caruso, que lo escuchó de un amigo sacerdote que le pidió que lo contase cuando fuese conveniente. El relato es el siguiente:

Un día doña Leonor decidió abordar el tema directamente hablando con su hijo. “Hijo, ¿qué es eso que he oído por ahí, que eres agnóstico? ¿De verdad dudas de la existencia de Dios?”. La directa pregunta de doña Leonor logró hacer tartamudear más de lo habitual al escritor eterno candidato al Premio Nobel de Literatura.

“Lo que pasa, madre, es que el infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto”, respondió el autor de El Aleph.

Entonces, doña Leonor le tomó de la mano y le susurró: “Prométeme que recitarás un Ave María todas las noches. Te pido que lo hagas cuando te retires a dormir. Hazlo, aunque yo no esté físicamente presente a tu lado, como si me dieras a mí el beso de las buenas noches”. “Sabes madre, yo creo que es mejor pensar que Dios no acepta sobornos”, le respondió él. Doña Leonor se quedó un rato en silencio y respondió: “Entonces, tengo que admitir que me has sobornado muchas veces. Lo has hecho cuando me dabas un beso antes de pedirme algo que querías”.

Borges sonrió y tomó buena nota de esa demanda para él sorprendente.  Tiempo después, el escritor  admitió a un amigo suyo que, por amor a su madre, nunca se había olvidado de recitar todas las noches esa sencilla oración mariana. Doña Leonor  falleció en 1975 a los noventa y nueve años y Borges continúo rezando cumpliendo la promesa hecha a su madre.

Juan Luis Borges falleció en Ginebra hace treinta años. Ante la sorpresa de las personas que le rodeaban en su lecho de muerte, pidió ver a un sacerdote católico. No dudo de que esta oración dirigida a la Virgen que Borges recitó –sin duda por compromiso- durante muchos años, aun habiéndola rezado quizá sin mucha fe, fue la causa de este recurso a la gracia divina en su postrer momento.

La petición, dirigida a la Madre de Dios (“Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”) se hizo patente en ese momento transcendental de la historia de nuestro querido escritor.

Hoy le recordamos como uno de los mejores escritores de la historia, a la vez que elevamos una oración por su eterno reposo y los  católicos lo hacemos, como lo hizo él en esos últimos años de su vida, acudiendo a María la Madre de Dios.
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