Viernes, 23 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Fray Santiago Cantera desvela la naturaleza y prodigios de ángeles... y demonios

Los ángeles custodios pueden hacer maravillas si se lo pedimos: lo prueba el caso de ocho santos

En ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra (1946), el ángel de la guarda de James Stewart se lanza a un río helado para salvarle la vida. No sólo físicamente, sino, sobre todo, espiritualmente.
En ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra (1946), el ángel de la guarda de James Stewart se lanza a un río helado para salvarle la vida. No sólo físicamente, sino, sobre todo, espiritualmente.

"Nos guardan en todos los caminos, no pueden ser vencidos por ninguna fuerza hostil, no pueden extraviarse ni extraviarnos, son fieles, prudentes, invencibles": es la carta de presentación que hace San Bernardo de nuestros ángeles custodios.

Siete servicios que nos prestan

Lo recuerda Santiago Cantera, OSB, prior de la abadía del Valle de los Caídos, en su libro, Ángeles y demonios. Criaturas espirituales (Edibesa), donde además detalla todos los servicios que nos presta nuestro ángel de la guarda, según se desprende de las obras de los Padres de la Iglesia:

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Fray Santiago Cantera, prior del Valle de los Caídos.

-nos libran y nos defienden de males y peligros del cuerpo y del alma;

-contienen a los demonios para que no nos hagan todo el daño que quisieran;

-excitan en nuestras almas pensamientos santos y consejos buenos;

-ofrecen a Dios nuestras oraciones e imploran su auxilio sobre nosotros;

-iluminan nuestro entendimiento para que comprendamos más fácilmente la verdad;

-nos asisten a la hora de la muerte;

-nos consuelan en el purgatorio y nos acompañan al cielo.

El premio de quienes tienen fe

En algunos casos, incluso se dejan ver de forma habitual por sus protegidos.

Santa Francisca Romana (13841440) tuvo ese privilegio desde niña. Su ángel la acompañaba siempre, pero desaparecía de su vista cuando cometía una falta, no regresando hasta que se arrepentía de verdad. La pequeña le contó esa presencia a su padre, quien, como no la creía, quiso probarla pidiéndole que los presentara. Cuando ella tomó la mano del ángel y la unió a la de su padre, éste le vio también. Santa Francisca Romana, oblata benedictina, refiere que su custodio irradiaba tanta luz que podía rezar de noche los matines. Y apunta una descripción peculiar, pero muy acorde a la misión específica de los ángeles: sus ojos siempre estaban "tornados hacia el cielo".

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Santa Francesca Romana, siempre representada con el ángel que la acompañaba y guiaba, y a quien podía ver.

Este privilegio de ver al ángel de la guarda parece haber sido reservado a almas de extraordinaria inocencia. Gozó de él San Estanislao de Kostka (15501568), quien a medias por respeto, a medias como broma cómplice, insistía en cederle el paso al entrar en su habitación, lo que el ángel alguna vez rehusó.

También Santa Gema Galgani (18781903), pasionista, podía ver y hablar con su guardián. "Jesús no me deja estar sola un instante, sino que hace que esté siempre en mi compañía el ángel de la guarda... El ángel, desde el día en que me levanté, comenzó a hacer conmigo las veces de maestro y guía; me reprendía siempre que hacía alguna cosa mal y me enseñaba a hablar poco", cuenta en su Diario. El custodio insistía mucho en que obedeciese a su director espiritual, a cuyo ángel de la guarda también podía ver Santa Gema. Y hasta recurría a él para entregarle algunas cartas al confesor, el padre Germán de San Estanislao, quien se proclama testigo de ello.

Oraciones al ángel: consejo de santo
En cuanto a San Luis Gonzaga (15681591), tenía tanta devoción a su ángel de la guarda que, con la intención de tenerle siempre presente, caminaba separado de la pared "para dejarle sitio", según explicaba.

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La vocación de San Luis Gonzaga, con su ángel al lado, óleo de Giovanni Francesco Barbieri.

El padre Cantera, que dedica un capítulo muy completo a explicar los nueve coros angélicos (serafines, querubines y tronos; virtudes, dominaciones y potestades; principados, arcángeles y ángeles), incluye en su libro dos recomendaciones de San Luis Gonzaga para la oración a los ángeles custodios.

Primera, situarse en meditación ante los coros angélicos y unirse a la alabanza que tributan a Dios repitiendo nueve veces este himno: "Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ruega por nosotros".

Segunda, encomendarnos a lo largo del día tres veces al ángel de la guarda: "A la mañana, con la oración Angele Dei; a la noche con la misma; y entre el día, cuando vas a visitar los altares".

La oración Angele Dei se remonta al menos al siglo XII y dice: "Angel de Dios, que eres mi custodio, ya que la soberana piedad me ha encomendado a ti, alúmbrame, guárdame, rígeme y gobiérname".

Echando una mano

En el caso de otros santos, las intervenciones de los ángeles custodios han sido muy prácticas.

Al patrono de Madrid, San Isidro Labrador (10801130), le araban la tierra para que él pudiese rezar. De rodillas le sorprendió su jefe, Juan de Vargas, contemplando también a los espíritus colaboradores, cuando acudió a vigilarle, intrigado por las habladurías que llamaban holgazán a alguien cuyo trabajo veía siempre diligentemente cumplido.

Con San Pedro de Alcántara (14991562) hicieron de linternas, congregándose en torno a él una noche en la que el fraile franciscano tenía pendientes de rezar los maitines y ya la noche le impedía leer. Le dieron luz. Oraron juntos, alternando la salmodia.

Y a San Antonio María Claret (18071870), confesor de la reina Isabel II, los custodios le libraron de todo tipo de peligros cuando era misionero: "Me guiaron por caminos desconocidos, me libraron de ladrones y asesinos y me llevaban a puerto seguro sin saber cómo", refiere él mismo en su Autobiografía. Uno en particular le ayudó en cierta ocasión en Marsella cuando se dirigía a Roma.

Un ángel célebre en la iconografía teresiana

Por último, y aunque no hay certeza de que se tratase de su custodio, fue un ángel quien traspasó con una lanza mística el corazón de Santa Teresa de Jesús (15151582) en su célebre transverberación.

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Éxtasis de Santa Teresa, de Miguel Ángel.

En el Libro de la Vida consta cómo lo vio "en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla". Luego no fue única la ocasión. Lo describe como "pequeño, hermoso mucho, el rostro encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan": "Deben ser los que se llaman querubines", añade, "que los nombres no me los dicen".

El demonio, en las ideologías

Todo cuanto se sabe sobre las criaturas angélicas (ángeles y demonios) se encuentra en Ángeles y demonios. Criaturas espirituales.

Respecto a los que se rebelaron contra Dios y fueron condenados al infierno, el padre Cantera detalla con la precisión del teólogo hasta dónde llega su poder y hasta dónde no, y recuerda la eficacia protectora de la medalla de San Benito.


La medalla de San Benito de Montecasino. El anverso lleva la leyenda: Eius in obito nostro praesentia muniamur [Su presencia nos proteja en nuestra muerte]. El reverso lleva, en el brazo vertical, las iniciales de Crux Sacra Sit Mihi Lux [La Santa Cruz sea mi luz]; en el horizontal, las de Non Draco sit mihi Dux [El Dragón no sea mi guía]; en la corona, Sunt mala quae libas, ipse venena bibas [Los brebajes que ofreces son males, bébete tú mismo esos venenos]; y luego Vade retro, Satana, nunquam suadeas mihi vana [Apártate de mí, Satanás, no me aconsejes nunca tus vanidades].

Y con la precisión del historiador que es, destaca el "trasfondo diabólico" de varias ideologías contemporáneas "nacidas al calor de la Modernidad" y con un "odio a Cristo" que delata su origen. La última de esas ideologías, la de género, que define como "un proyecto de subversión e inversión del orden natural que Dios ha dispuesto como bueno para el hombre".

Como ayuda en el combate espiritual, Ángeles y demonios se cierra con un completo elenco de oraciones a los ángeles, en particular unas Letanías de los Santos Ángeles Custodios, en cada una de cuyas peticiones nos encontramos una de sus misiones de protección para nosotros. Una forma muy útil de recordarlas y pedirlas a la vez.

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