La edad del portazo: lo que nadie te contó de la «aborrescencia» y la fe
La adolescencia no es solo conflicto: es un viaje espiritual donde los hijos buscan su identidad y los padres aprenden a ser luz. Humor, doctrina y experiencia para entender por qué esta etapa también es tierra sagrada.

La temida "aborrescencia"
Hay una palabra que no aparece en los manuales de psicología, pero que debería estar con letras gigantes en la portada de cualquier libro para padres: "aborrescencia". Me la regaló —como tantos otros tesoros espirituales— el padre Alberto Reyes, sacerdote cubano, hombre recio de evangelio y de esos que merecen un artículo exclusivo cualquier día de estos. Él, que ha visto de cerca huracanes políticos y emocionales, la describe como esa metamorfosis misteriosa en la que un hijo pasa, literalmente de un día para otro, de mirarte con devoción —como yo miro a la Virgen de Guadalupe— a mirarte como si fueras una mezcla entre intrusa, sospechosa y señora que no entiende nada de la vida. Una etapa en la que la criatura que antes te abrazaba hasta con las pestañas, de pronto se expresa en monosílabos, sonidos guturales y términos que parecen salidos de una asamblea intergaláctica.
La "aborrescencia" es ese periodo en el que la habitación de tu hijo adquiere la estructura sociopolítica de un Estado soberano: territorio independiente, aduanas invisibles, lenguaje propio y una legislación que cambia cada 48 horas según el estado hormonal del gobierno local. Y tú —que llevas toda la vida creyendo que eres la adulta responsable— te ves de repente intentando descifrar códigos de comunicación tan complejos que cualquier agente del Mosad pediría refuerzos. Yo he pasado por ahí. Y es, quizá, la etapa en la que más confundida he estado como madre, no porque no supiera qué hacer —que tampoco—, sino porque nadie te prepara para esa sensación de duelo extraño: tu hijo sigue ahí, es el mismo… pero ya no te mira como antes. Y duele. Pero también enseña.
Un día, sin embargo, llegó a mi corazón una certeza que desató una cantidad de paz que solo puede venir del Espíritu Santo: si para mí esto es una lucha, para ellos es una batalla. Porque nosotros lidiamos con su humor cambiante, con sus respuestas crípticas, con su caos emocional; pero ellos batallan con algo mayor: con el desconcierto de no saber del todo quiénes son, con un cuerpo que cambia, con un mundo que presiona, con un corazón que busca sin saber qué busca. Y ahí entendí que, como enseña la Iglesia, la libertad se forja en la fragua del crecimiento; que la gracia actúa incluso cuando parecen no escuchar; que Dios escribe recto también en los cuadernos llenos de tachones que es la adolescencia.
Esa certeza me cambió la forma de acompañarles. Porque si yo estoy confundida, ellos están perdidos de verdad. Y si yo estoy cansada, ellos están exhaustos. Y si yo tengo miedo, ellos están aterrados sin saber cómo nombrarlo. Los adolescentes, aunque lo nieguen, necesitan urgentemente luz, pero no la luz que encandila, sino la que permanece. Esa que no invade, pero calienta. La que no exige, pero acompaña. La que no grita, pero sostiene. Esa luz que la Iglesia llama amor gratuito, el mismo que el Padre derrama sobre los hijos que aún no entienden su propia historia.
Por eso la maternidad —también en esta etapa que agota, que desespera, que provoca búsquedas en Google como “¿es normal que…?” a las cuatro de la mañana— es un acto profundamente cristiano: porque solo se puede vivir con paciencia sobrenatural, con humor que evite tragedias innecesarias y con una fe firme en que Dios está actuando incluso cuando el único signo visible es una puerta cerrada con violencia. Ser madre de un adolescente es practicar las virtudes teologales en modo supervivencia: fe para creer que crecerán, esperanza para aguantar la temporada y caridad para no mandarlos a un internado en Laponia.
Y eso es lo maravilloso: que mientras ellos libran sus batallas internas, a nosotros nos corresponde permanecer como esa luz que nunca se apaga. No porque seamos perfectos, sino porque Dios nos sostiene. Y porque, aunque a veces parezca que nos rechazan, lo que realmente están haciendo es buscarse. La adolescencia es un túnel; los padres somos la lámpara encendida al final. No se trata de controlarlo todo, sino de confiarlo todo. Rezar más de lo que corregimos. Amar más de lo que interpretamos. Y recordar que, en el fondo de ese caos, habita el mismo niño que un día nos llamó “mamá” con los ojos llenos de cielo. Ese sigue ahí, aunque escondido bajo una sudadera con capucha y una banda sonora de gritos inexplicables.
La "aborrescencia" pasará. Lo sé porque la gracia no falla, porque Dios nunca abandona la obra que empieza y porque la maternidad —cuando se vive apoyada en Cristo— tiene una capacidad infinita de transformar la desesperación en ternura y la confusión en oración.
Y cuando todo eso haya pasado, cuando por fin vuelva a mirarte con ojos de ser humano civilizado, recordarás estos años y dirás: “No sé cómo sobrevivimos… pero sé Quién nos sostuvo.” Y quizá sonrías, no solo por lo vivido, sino porque comprenderás —con una claridad que solo da el tiempo y la gracia— que esa etapa que te parecía un campo de batalla era, en realidad, un taller silencioso donde Dios estaba cincelando el corazón de tu hijo… y también el tuyo. Y entonces, con un suspiro que mezcla alivio, orgullo y fe, mirarás hacia atrás y reconocerás que en medio de la aborrescencia, de los portazos, de los silencios y de las oraciones en voz baja, la luz nunca se apagó, porque no dependía de ti… sino de Él.