Miércoles, 23 de octubre de 2019

Religión en Libertad

Sus violines de Venecia van a restaurarse por primera vez

Vivaldi, un buen sacerdote: el testimonio de su discípulo Goldoni cuando le interrumpió el breviario

Stefano Dionisi en «Vivaldi, un príncipe en Venecia» (2006), de Jean-Louis Guillermou.
Stefano Dionisi en «Vivaldi, un príncipe en Venecia» (2006), de Jean-Louis Guillermou.

ReL

La restauración de los violines de Vivaldi, algunos de los cuales se conservan exactamente como él los dejó, sirve como motivo a Massimo Scapin para recordar la condición sacerdotal del compositor, vivida siempre con fe e integridad. Scapin es compositor y pianista, comentarista musical en Radio Vaticana y director de música en la diócesis de Charleston (Estados Unidos). Recientemente ha escrito artículos sobre Rossini y sobre Leoncavallo, y éste sobre Vivaldi lo ha publicado en One Peter Five:

 

Algunas de las piezas que se conservan en la Pietà de Venecia, un gran museo de la música.

Los "violines de Vivaldi" (doce de ellos, junto a una viola, dos chelos y dos contrabajos) dejaron Venecia por Cremona para ser estudiados, conservados, restaurados y mejorados. La rara y valiosa colección está situada en Venecia, en el antiguo Ospedale della Pietà (actualmente Instituto Provincial Infantil Santa Maria della Pietà), que fue la piedra angular de toda la actividad musical de un compositor al que la música italiana del siglo XVIII le debe inspiración e invención instrumental: Antonio Vivaldi (1678-1741).

Retrato anónimo de quien se supone es Vivaldi. Se conserva en el Museo Internacional y Biblioteca de la Música de Bolonia.

Fundado en 1346, como dice la tradición -aunque seguramente sea anterior- por el fraile franciscano Pietruccio de Asís, el orfanato de Santa Maria della Pietà en Riva degli Schiavoni era uno de los cuatro conservatorios venecianos para muchachas. Una institución floreciente bajo la República de la Serenísima, financiado por la administración pública y por benefactores privados; el dogo (o dux) lo visitaba cada año el Domingo de Ramos, y Papas como Clemente VI (hacia 1350) y Pablo III (1548) se interesaban en él, tal como ponen de manifiesto dos lápidas conmemorativas de la ciudad.

Santa Maria della Pietà, en Venecia. Foto: Tripadvisor.

Las "niñas expósitas" de la Pietà estaban divididas en dos categorías: las figlie de comun (niñas comunes), que aprendían costura y bordado, y las figlie di coro (niñas del coro), musicalmente dotadas, que aprendían canto, polifonía y un instrumento, como también elementos de composición y dirección musical. Estas últimas recibían una dote que duraba dieciséis meses después de la boda, y las futuras intérpretes musicales tocaban para los nobles en las fiestas y daban lecciones privadas al precio de dos a tres ducados cada una.

A partir de 1703, la Pietà confió al joven Vivaldi varias tareasmaestro di violino; profesor de viola all'inglese; y, por último, maestro de' concerti (dirigiendo y componiendo música instrumental), un cargo que el compositor veneciano desarrollaría hasta el final de sus días, a pesar de la ruptura de relaciones y los periodos de ausencia. Muchos de sus conciertos y música sacra estaban destinados a las putte dell'Ospedale della Pietà (las muchachas del Hospital de la Piedad).

A este genio musical, conocido por Las cuatro estaciones, cinco meses antes de serle confiado su cargo en la Pietà le habían apodado el prete rosso (sacerdote pelirrojo) por su cabello de color rojizo, heredado de su padre. De hecho, el reverendo don Antonio Lucio fue ordenado sacerdote el 13 de marzo de 1703, según la disciplina que era normal en la Iglesia latina hasta 1973. Primero recibió la tonsura y se convirtió en portero en 1693, lector en 1694, exorcista en 1695, acólito en 1696, subdiácono en 1699, diácono en 1700 y sacerdote en 1703.

Todo esto lo sabe el Papa Benedicto XVI. De hecho, en su discurso al final del concierto en su honor el 9 de agosto de 2011, en el que se interpretó música de Vivaldi, dijo lo siguiente sobre "el gran italiano": "Los dos pasajes de Vivaldi que han resonado esta tarde forman parte de los llamados conciertos llenos, escritos para orquesta de arcos y bajo continuo, gran parte de los cuales tenían una finalidad didáctica, especialmente cuando Vivaldi enseñó en la Piedad, uno de los cuatro orfanatos-conservatorios de Venecia para muchachas. La estructura de los tres tiempos con un breve adagio central es típica del gran italiano, pero esta uniformidad arquitectónica nunca es monótona, porque -como hemos escuchado- el tratamiento tímbrico, el color orquestal, la dinámica del discurso musical, los arreglos armónicos, el arte del contrapunto y de la imitación, convierten los conciertos de Vivaldi en un ejemplo de luminosidad y belleza que transmite serenidad y alegría. Creo que esto venía de su fe. Vivaldi era un sacerdote católico, fiel a su Breviario y a sus prácticas de piedad. La escucha de su producción de música sacra revela su espíritu profundamente religioso".

Aunque una "strettezza di petto" (opresión del pecho) congénita -una forma grave de asma que a veces hacía que tuviera que dejar el altar antes de acabar la misa- le obligó en 1706 a abandonar el ministerio sagrado, permitiéndole dedicarse totalmente a la música, el reverendo don Antonio Vivaldi permaneció "fiel a su Breviario y sus prácticas de piedad".

Carlo Goldoni (1707-1793), gran exponente del teatro veneciano que debutó como libretista en 1735, nos cuenta (Memoirs of Carlo Goldoni, Osgood, Boston, 1877, págs. 188-190) así su primer encuentro con "este sacerdote, excelente violinista y mediocre compositor": "Le encontré rodeado de música y con el breviario en sus manos. Se levantó y se santiguó, dejó el breviario a un lado y entonces, después de los saludos habituales me dijo: '¿Qué motivo, señor, me proporciona el placer de verle?'".

Carlo Goldoni (1707-1793), en un retrato de Alessandro Longhi.

Goldoni explica que había sido enviado para adaptar el libreto de Apostolo Zeno (1668-1750) para su Griselda, "la ópera de la próxima feria". Y, sintiéndose acogido como un novato, sigue: "'Tendré el honor de empezar a trabar bajo las ordenes del señor Vivaldi'. El sacerdote cogió de nuevo su breviario, se santiguó y no respondió. 'Señor', dije, 'no quiero interrumpir su momento de oración, le veré en otra ocasión... Si es tan amable, permítame echarle una ojeada al drama'. 'Sí, con sumo gusto... ¿Dónde ha ido a parar Griselda? Estaba aquí... Deus in adiutorium meum intende. Domine... Domine... Domine... Estaba aquí hace un instante. Domine ad adiuvandum... ¡Ah!, aquí está...' El sacerdote se rió de mi intento y me dio el drama, papel y tinta y, cogiendo su breviario, empezó a caminar recitando sus himnos y salmos... En menos de un cuarto de hora había escrito un aria de ocho versos dividida en dos partes. Entonces llamé al eclesiástico y le mostré mi trabajo. Vivaldi lo leyó, su semblante se iluminó, lo leyó de nuevo y arrojó su libro de oraciones... ¡Le pido perdón, señor!', y me abrazó y declaró que nunca tendría más poeta que yo".

Traducido por Elena Faccia Serrano.

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