Miércoles, 08 de abril de 2020

Religión en Libertad

El filósofo francés contra el pensamiento «bo-bo»

Finkielkraut: «Quieren ser ciudadanos del mundo y son, en realidad, puros consumidores planetarios»

Alain Finkielkraut, hijo de un judío asesinado en Auschwitz, dice que lo políticamente correcto está llevando a Europa de nuevo a los años 30
Alain Finkielkraut, hijo de un judío asesinado en Auschwitz, dice que lo políticamente correcto está llevando a Europa de nuevo a los años 30
Se ha acabado la tregua entre Alain Finkielkraut y la izquierda “bo-bo” francesa (bourgeois bohémien en francés; es decir, burgués bohemio, los que socialmente pertenecen al capitalismo pero defienden valores contraculturales “bohemios” y hippies, ndt).

Dos años después de su Et si l’amour durait (Si el amor durara, ndt), profundo y delicado comentario a cuatro novelas de amor antirromanticas, acogido unánimemente de manera muy positiva, vuelve a las temáticas políticas despertando de nuevo posiciones contrapuestas.

No es sólo la pobreza, es la civilización
En su libro L’identité malheureuse (La identidad infeliz, ndt), el autor escribe que el malestar y las violencias en los barrios con una alta concentración de emigrantes no se explican sólo con la pobreza y la discriminación, sino que hay que tomar en consideración las especificidades culturales de los nuevos llegados y la renuncia del sistema educativo y de las elites culturales a proponer la integración, porque ya no creen en Francia como civilización.

Se propone de nuevo el tema de la identidad y de la pertenencia con toda la cautela con la que un pensador de origen hebreo, que ha perdido a su familia y amigos en Auschwitz, está obviamente armado.

Y con una lista de citas que son el perno de uno de las intervenciones menos publicitadas de Claude Lévi-Strauss, el antropólogo al que se hace referencia para justificar el relativismo cultural y que Finkielkraut invoca, en cambio, como garantía del derecho de los autóctonos para que no sean tan abiertos a la diversidad como desearían los sociólogos y los pensadores post-modernos.

"Loco", "enfermo", "fracaso"... por criticar
Ha bastado esto para que Le Monde titulase: “Finkielkraut juega con fuego” y para que los recensores de varias publicaciones escribieran que «ya no se pertenece a él mismo», que está atravesado por «una melancolía adusta», que nos encontramos frente al «fracaso de una gran inteligencia», a «un espíritu que ha enfermado», transformado en «un loco de la identidad».

Los más hostiles lo han descrito como un aliado oculto de Marine Le Pen y los que han querido mostrarse objetivos lo han tachado de «pesimista». Incluso el hecho de que no posea un móvil o un ordenador se ha convertido en motivo de acusación contra un pensador que no puede entender verdaderamente la contemporaneidad porque la mira con excesiva desolación.

Y sin embargo, este hombre aparentemente tan alejado de su tiempo ha entendido las contraposiciones y las paradojas mejor que los intelectuales más “branché”, más modernos, sin renunciar a indicar recorridos para un resurgimiento.



-En su último libro, L’identité malheureuse, usted escribe que es un error explicar la crisis general de convivencia y la agresividad juvenil en los barrios con alta concentración de inmigrantes con las causas tradicionales vinculadas a la marginación social y económica y a las actitudes más o menos racistas de la mayoría. Según usted, habría otras razones y otras causas que no queremos ver y que no queremos llamar por su nombre por miedo a ser acusados de racismo. ¿Cuáles son? ¿Tiene usted la valentía anticonformista de llamarlas por su nombre?
-Hoy, en general, gusta decir que en Francia y en Europa estamos reviviendo la situación de los años treinta. Una perspectiva de este tipo sería inquietante, pero ciertamente no sería inédita. Se pretende, por tanto, que los franceses están dando prueba de racismo y xenofobia ante los nuevos llegados, los inmigrantes. Esta realidad existe y es trise, pero no lo explica todo.

»En 2002 se publicó en Francia un libro titulado Les territoires perdus de la République (Los territorios perdidos de la República, ndt), escrito por algunos profesores que contaban su experiencia en las escuelas de los barrios llamados difíciles o sensibles. El libro afronta temas como la misoginia, el antisemitismo, la hostilidad hacia los valores republicanos e incluso de francofobia, endémicos en esos barrios. En los años treinta no había territorios perdidos en la República. Es una diferencia importante y es precisamente por esta razón que hasta la salida de ese libro ni los periodistas ni los sociólogos se habían dedicado a investigar todo esto.

»Esta realidad da miedo, porque no se sabe cómo afrontarla y se teme que se resuciten viejos demonios. Europa está aún traumatizada por su siglo XX, pero ahora empieza a mirar a la cara su realidad actual. Y la realidad se sirve de la diversidad.

»Las ciencias humanas nos han enseñado que no existe una única humanidad, sino que cada humanidad pertenece a una cultura. Nosotros no hemos sabido extraer todas las consecuencias de esta gran lección: pensamos que la diversidad es por fuerza un bien, que puede enriquecer una sociedad. Pero a veces sucede que las culturas, los modos de ser, de actuar y de habitar el mundo son entre ellos incompatibles o conflictivos. Y es de esto de lo que no nos damos cuenta hoy en Francia y en Europa.

-Usted escribe que en Francia y en Europa estamos asistiendo al rechazo puro y simple de la identidad, a un verdadero proceso de “desidentificación”. Rechazamos tanto la identidad particularista como la universalista y consideramos a Francia y a Europa como meros espacios para la expresión de las “Otras” culturas. Pero la identidad universalista parece representar aún una palabra de orden en Francia y en Europa: a Ucrania se le ha pedido que libere a la ex premier Tymoshenko y que apruebe una ley contra la homofobia como condición para asociarse a Europa; Francia envía tropas a África y aprueba el matrimonio entre personas del mismo sexo en nombre de los derechos humanos. La identidad universalista parece estar en auge.
-Yo diría que Europa está dispuesta a afirmar la universalidad de los derechos del hombre, a reconocerse en los valores de tolerancia y de respeto, pero no asume su ser, rechaza considerarse una civilización. Cuando se trata de afrontar la cuestión de la integración, Europa proclama que debe realizarse en dos sentidos, es decir que la cultura del país o del continente de acogida no debe tener ningún privilegio sobre la de los recién llegados.

»Europa se aleja de su herencia y sólo conserva de ella misma lo que hace de ella una pura apertura. Europa avanza hacia Oriente, Oriente es su ideal último.

»Respecto a Ucrania, Europa exige que este país respete las normas, las reglas y los principios unificadores de Europa para ser asociada; pero cuando algunos ucranianos se dirigen a la Unión Europea en nombre de la pertenencia a un espacio común de civilización, Europa se hace la sorda o, de todas formas, no se mueve más allá de lo mínimo sindical. No opone resistencia alguna a las ambiciones imperialistas rusas del presidente Putin, precisamente porque Europa se siente muy incómoda con todos aquellos que le recuerdan que ella es una civilización muy concreta. Quiere ser kantiana; y entonces te viene a la memoria lo que escribió Péguy al respecto: «Kant tiene las manos limpias, pero no tiene manos».

-Evidentemente usted rechaza la inclinación europea a borrar la propia identidad para abrirse mejor al Otro y afirma que se necesita una identidad particular a nivel de Estado-nación, como en el caso de Francia. ¿Por qué necesitamos todavía hoy en día este tipo de identidad? ¿Por qué, como escribe usted en su libro, el mundo necesita fronteras?
-Porque los hombres no son dioses. Y las fronteras nos lo recuerdan. Dios no tiene deudas con nadie, Dios se funda sobre sí mismo. Los hombres, en cambio, no son capaces de autofundarse. Vienen de algún lugar, hablan un idioma, tienen una memoria. Sólo en este marco pueden crear una comunidad y esta comunidad debe tener, ciertamente, ambiciones respecto a toda la humanidad, pero la humanidad como tal no es una comunidad.

»Todos los que pretenden ser ciudadanos del mundo son, en realidad, puros consumidores planetarios.

»Para sentirse responsables es necesario estar también afiliados y creo que no se gana nada queriendo neutralizar la propia pertenencia a un pueblo o a una nación.



Alain Finkielkraut en 1979

-Se corre el peligro que la única alternativa a lo políticamente correcto, cada vez más sordo y ciego frente a la realidad, consista en una vuelta a lo “políticamente deplorable”, es decir, la xenofobia, el nacionalista chovinista, la política de los chivos expiatorios. ¿Existe la posibilidad de una tercera vía? Usted parece delinear una en su libro.
-Sí, hay una tercera vía que lo políticamente correcto no quiere reconocer. Aquí, en Francia, toda crítica a lo políticamente correcto, todo atentado al modo de ser de los biempensantes es inmediatamente etiquetado como una “lepenización de las almas”. Me atrevo a decir que esto es deshonestidad intelectual de tipo terrorista.

»No hay nada innoble en querer mirar de cara a la realidad y menos en pedir al islam que se someta a las leyes de la República; al contrario, lo políticamente correcto exige, en nombre del antirracismo, que la República se adapte a las exigencias del islam. Las leyes que prohíben la ostentación de símbolos religiosos en ámbito escolar son del todo legítimas: no tienen nada de islamofóbico.

»Hay que recordar que el Estado francés ha sido mucho más duro, mucho más exigente con los católicos en la época del anticlericalismo exaltado de lo que es ahora con los musulmanes. No se trata de romper con la tradición de la hospitalidad; sería políticamente deplorable. Se trata de decir que la hospitalidad no consiste en la abolición de uno mismo, en fundirse en la alteridad. Consiste en donar a los otros el tesoro que se posee.

-Usted escribe que el problema, sobre todo en ámbito educativo, pero no sólo, es que todos quieren ser respetados y reconocidos, pero nadie quiere respetar y reconocer a los otros. Nadie acepta moderar la estima de sí mismo. ¿Se trata de un proceso inexorable que coincide con el proceso y el espíritu democráticos que nivelan y borran todas las diferencias? Pero entonces, ¿es necesario renunciar a la democracia para volver a encontrar el respeto de todos hacia todos? ¿Es posible salvar el sistema político democrático y, contemporáneamente, intentar detener el proceso democrático?
-Ante todo hay que distinguir las dos cosas. Yo creo que el sistema democrático, efectivamente, debe ser preservado y reforzado, pero es el mismo proceso democrático, cuando desemboca en el nihilismo del todo igual a todo, el que pone en peligro el ejercicio mismo de la democracia.

»Se trata, también, de intentar que el resentimiento y la envidia no tengan la última palabra en una democracia. Sería necesario, por ejemplo, preservar en la democracia la capacidad de admiración, distinta del respeto; recordar que la democracia no debe salir de su álveo; que la cultura no es democrática, pues conduce incesantemente al establecimiento de jerarquías; que la educación está dirigida a todos, pero que el éxito para todos es un eslogan y, además, peligroso. Se trata, por tanto, para salvar la democracia, de combatir el exceso de democracia.

-Usted escribe que a nuestro mundo le falta inteligencia del presente: se está obsesionado con la idea de que todo lo que sucede es una repetición del pasado y se intenta prevenir la repetición de ciertos hechos trágicos. ¿No cree que la rehabilitación de la categoría de hecho podría ayudar al mundo a concebir de nuevo la idea de que la novedad, tanto positiva como negativa, es posible?
-Sin duda alguna, pero el hecho es, precisamente, que la novedad puede también tener un rostro espantoso, puede ser catastrófica. No todos los acontecimientos pertenecen a la categoría del milagro. Sencillamente, es muy difícil pensar en el presente en los términos que le son propios.

»Paul Valéry decía que «el presente es aquello que no ha ocurrido nunca hasta ese momento». Es necesario aprender las lecciones de la historia, pero es un riesgo rebajar, en nombre de las lecciones que proceden de la historia, lo que es desconocido a lo que ya se conoce. Hoy estamos sucumbiendo a esta tentación y creo que ha llegado el momento de despertarnos de esta especie de egocentrismo ideológico.

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)

[Alain Finkielkraut tomó posesión el pasado jueves 10 de abril de la silla 21 de la Academia Francesa. A pesar de la polémica que había desatado su nombre, Finkielkraut fue elegido desde la primera vuelta por 16 votos de los 28 miembros de la célebre institución. El escritor y ensayista francés se convierte así en “inmortal” con la misión de velar por el buen uso del idioma francés].

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