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Orar con San José a los santos

Orar con San José a los santos

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Querido San José: 

Comenzamos el Adviento, es el primer miércoles de diciembre y de este tiempo litúrgico que nos prepara al Nacimiento de tu Hijo y al mismo tiempo nos ayuda a acercarnos más a ti para preparar, con tu ayuda, el corazón para las grandes fiestas de Navidad. Es algo tan grande la Navidad, querido San José… Pero qué te voy a decir a ti, que la vives en primera persona unido a tu esposa María. Lo que pasa que como no tenemos tus palabras en el evangelio y estás casi siempre escondido, la mirada y el corazón se nos van a tu Hijo y a María… 

Bueno, San José, no era mi intención adelantarme al momento de la Navidad, por eso voy ahora al tema que quería compartir contigo después de tanta alegría acumulada a lo largo de la semana pasada. Por diversos motivos que se han ido enlazando unos con otros al final he tenido la suerte de estar muy unido a varios santos, beatos y venerables. No es cuestión de escribir la crónica de mis vivencias porque la conoces bien, has estado muy pendiente de mí y no sólo eso, he tenido encuentros muy singulares contigo. Vamos a lo que me importa de verdad y ha llenado mi corazón día a día según discurría la semana. 

Todo comienza con las Beatas María Sagrario de San Luis Gonzaga y Ana de Jesús. Las dos están unidas en la fundación de carmelitas descalzas de Madrid en la calle General Aranaz. Rezar ante el sepulcro de la primera y el cuadro de la segunda abre la puerta a momentos de mucha intimidad: 

“Querida Madre Sagrario, otra vez estoy a tu lado, aquí en tu casa, con tus hijas. Es una alegría celebrar la santa misa junto a tu sepulcro, compartir un rato en el locutorio con tus hijas y luego quedarme a solas contigo y con tu Esposo escondido en el sagrario. No sabes lo que me ayuda venir a rezar ante tu cuerpo martirizado. Siempre me animas, me das alguna luz, me llenas de alegría para seguir caminando en el Carmelo Descalzo paso a paso. Sabes que no me olvido de esos jóvenes que viven o estudian en Madrid y llevo en el corazón. Les digo muchas veces que vengan a visitar tu sepulcro y rezar para presentarte todo lo que arde en su interior y de paso conocen a la comunidad de carmelitas descalzas para que recen por ellos. Les cuesta venir porque viven por otras zonas de la ciudad, pero el día que vengan seguro que repiten. No los dejes Madre Sagrario. Y con ellos te presento a los farmacéuticos, y entre ellos, para no variar, a los que todavía no lo son porque están estudiando la misma carrera que tú antes de dejar tu farmacia familiar y tomar el hábito carmelitano. A esto añado… El tiempo pasa y quiero rezar también a la Beata Ana de Jesús. Déjame que ahora la mire a ella en su cuadro y con esta imagen me acerque a ella…”. 

“Querida Beata Ana de Jesús, ¡muchas felicidades en tu día de nacimiento y en el que la Iglesia, y sobre todo tu Orden, nuestra Orden, te honra con la memoria litúrgica! Ha sido un auténtico regalo celebrar la eucaristía en este día en tu casa; esa casa que tanto soñó nuestra querida Madre Teresa de Jesús y que al final dicho sueño lo haces realidad fundando esta casa en Madrid. No sólo fundas este monasterio, sino unos cuantos más por España, Francia y Bélgica. Te soy sincero, es la primera vez que tengo un encuentro directo contigo. Siempre has estado algo lejana para mí. También es verdad que al no estar beatificada hasta el año pasado era distinta la relación contigo. Tengo que confesarte eso, que no sentía esa cercanía que sí vivo con otras de las primeras hijas de nuestra gran santa, Teresa de Jesús. A partir de ahora te voy a tener más presente en mi vida. Sé que vas a estar pendiente de mis aventuras por los lugares de España donde hay alguna causa de la Orden para difundir o cuando haya que sortear problemas para que un proceso avance. Te lo pido de manera especial a ti, que tantos años y también algunos siglos has tenido que esperar para ser introducida en la lista de “santos” del Carmelo Descalzo…”. 

Ese mismo día por la tarde, tras un viaje en tren, vuelvo a un lugar muy añorado. Al día siguiente, querido San José, me encuentro contigo en tu capilla y altar. Me lleno de alegría porque además es miércoles. Contemplo tu imagen y rezo unos momentos antes de empezar la oración de la mañana en el monasterio fundado por la Venerable Madre María Antonia de Jesús. Con ella estoy a solas nada más terminar el trabajo para el que he venido a Santiago. Junto a su sepulcro en el claustro recuerdo tantos momentos vividos con sus hijas:

 “¡Cuánto ha cambiado todo desde la última vez que estuve en tu casa! Cuando me iba me costaba despedirme porque era la última vez que veía el monasterio con tus hijas. A los pocos meses dejaban la fundación y venían otros religiosos a tomar el relevo en la casa, los carmelitas contemplativos. Con ellos estoy ahora y puedo vivir dentro de la clausura. Antes sólo entraba para cosas muy puntuales sobre tu causa. Me cuesta vivir estos momentos querida Madre María Antonia. Han sido más de 10 años de unión con tus hijas que con gran cariño han sabido transmitirme el amor a tu persona. ¿Quién me iba a decir que la siguiente vez que vendría a tu casa era porque tenía que gestionar algunos asuntos de tu causa como colaborador del Postulador General de Roma? Es un regalo totalmente inesperado y además no pedido. Todo llega sin prepararlo. Se ve que era el momento. Como tu causa, ¡ya eres Venerable! ¡Qué bien lo pasamos el día que se proclamó en esta iglesia tu nombramiento de Venerable! Ahora a orar con fe presentando intenciones para que llegue el milagro que te lleve hacia al beatificación. De fondo no se me va de la cabeza lo vivido con tus hijas cada verano cuando venía para confesar en la catedral y poco a poco entraba en la comunidad y en el proceso de tu causa. Sigue a mi lado en esta tarea querida Madre María Antonia…”. 

Ya por la tarde, en cuanto puedo, visito el sepulcro de alguien que convive en el lugar y en el tiempo contigo, querido San José, el Apóstol Santiago: 

“¡Gracias! ¡Muchas gracias Apóstol Santiago por estar a tu lado otra vez! Sabes muy bien lo que suponen para mí estos momentos de intimidad aquí en tu cripta junto a tu sepulcro ahora que no hay tanto barullo de gente como en verano. La última vez también fue por estas fechas y es de agradecer el silencio que reina en este lugar donde tantos y tantos peregrinos y turistas pasan durante gran parte del año. Me callo y dejo en el aire algo que la otra vez también me hacía acercarme a ti de manera algo singular. Es para preguntarte si conociste a San José. Seguro que de palabra por parte de su Hijo sí, pero no sé si alguna vez, antes de comenzar la vida pública de Jesús te lo cruzarías por algún camino. Eso lo sabremos cuando llegue el momento. Me ayuda ir hasta Tierra Santa y buscarte por aquellos lugares que son los mismos que los que contempla mi querido San José y a los que guía en sus primeros pasos a su Hijo. Rezar así, con el cuerpo en Compostela pero con el corazón en tu tierra, en la tierra de Jesús y de José, cambia por completo el modo de orar. Aquí sí que saco todas las intenciones y personas; es una larga letanía de peticiones que termina con no pocas acciones de gracias. Todo brota de lo profundo del corazón porque es algo tan grande rezar ante el sepulcro de alguien que ve, escucha y sigue hasta la muerte al Hijo de San José…”. 

Por si fuera poco, querido San José, al día siguiente tenía una invitación para hablar del Beato Daniel de la Sagrada Pasión y celebrar la misa en la parroquia donde es bautizado, en Santa María de Pontevedra. Voy con Carlos, compañero de clase en el curso de “Las causas de los santos”. Vivo momentos muy especiales con el párroco y los fieles que acuden. Lo que no me esperaba era encontrarme con otros dos “santos”, con la Hermana Lucía y Juan de Navarrete. La casa de Pontevedra donde tu esposa habla a Sor Lucía con mucho amor sobre la reparación de su Inmaculado Corazón me abre la puerta a orar unos breves momentos. Doy gracias por esta visita que me hace revisar mi relación con tu esposa. Así analizo si realmente vivo abierto a ese mensaje que recibe esta carmelita descalza tan conocida por todos y que ojalá llegue pronto el milagro que nos conceda la tan anhelada beatificación. A esta visita le sigue después el hallazgo inesperado del sepulcro de un destacado franciscano nacido en Navarrete (pueblo cercano a Logroño) y que muere en olor de santidad en estas tierras y la devoción popular lo canoniza. Sus restos descansan en la iglesia de los franciscanos. Allí rezo unos momentos por mi tierra riojana mientras no dejo de dar gracias por tanta sorpresa en este día. 

Llega el encuentro con el Beato Daniel. En el tiempo disponible entre la charla y la misa me quedo en oración en su capilla donde hay un cuadro y un estandarte para las procesiones. Hablo de corazón a corazón pidiéndole por algo que llevo siempre conmigo: las vocaciones sacerdotales y religiosas: 

“No me planteaba para nada, querido Daniel, que cuando nos encontramos en septiembre en Toledo, donde tus restos, junto a los demás mártires de la comunidad que se custodian en el altar de nuestro convento, que al poco tiempo iba a tener la dicha de visitar tu ciudad, tu parroquia, la calle donde naces, las plazas por las que jugarías de niño,… Además me llega la noticia, la víspera antes de venir aquí, del recuerdo cuando eras soldado y pedías la llave de la iglesia de las carmelitas descalzas de Compostela para rezar. Ahí, querido Daniel, poco a poco, tu corazón cambia para dar el paso a ser carmelita descalzo. No conocías a los frailes, no entraba en tus planes ser religioso, y de pronto, todo se trastoca, cuando en el silencio de la oración surge una duda en tu interior: ¿tengo que dejar el ejército y tomar el hábito de la Virgen del Carmen? Te das cuenta que eso te pide Dios, y la Virgen y quizá también San José. Para ti quedan esos momentos en el convento carmelitano de Compostela. Querido Daniel, sabes que hay muchos chicos que cumplidos los 20 años, al igual que tú, se plantean la vocación sacerdotal o religiosa. Encuentran muchos obstáculos y barreras para responder a esa llamada. Lo más sorprendente a veces es que los primeros que se oponen son los familiares. Eso lo vives tú en primera persona. Ayuda a tantos jóvenes indecisos que no saben si tienen que hacer como tú o fundar una familia, o que no se sienten con fuerza para dar el paso y decir en su casa que pase lo que pase ellos quieren ser curas o frailes…”. 

Por si fuera poco, querido San José, al día siguiente el Carmelo Descalzo pone la mirada en Duruelo, en ese lugar donde San Juan de la Cruz funda el primer convento de carmelitas descalzos el 28 de noviembre de 1568. Me voy al altar de mi santo padre Juan de la Cruz en la iglesia del monasterio compostelano. Le miro y me mira. Hago silencio interior y me callo. No hablo ni le digo nada. Me voy en oración hasta Duruelo. Tras un largo silencio no me resisto y abro mi corazón al primer carmelita descalzo para pedirle por toda la Orden, para que la guíe e ilumine de modo especial ahora que muy pronto recordamos su 300º aniversario de canonización y su primer centenario de doctorado. En ese momento tan intenso giro la cabeza y te miro a ti, querido San José, hago esa oración contigo y con él. Es algo tan especial, tan personal para poner por escrito… Todo queda en lo secreto contigo; como tanto procuro en esos días que terminan con esa oración antes de volver a Zaragoza. ¡Gracias querido San José por estar conmigo al rezar a los santos!

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