«Si el cristianismo fuera solo moralismo, yo habría abandonado la fe»
Rod Dreher habla de la Misa como entrada en la eternidad, del sufrimiento que ha roto su familia, de los abusos en la Iglesia y de por qué ve urgente construir “arcas” dentro del catolicismo para que la fe sobreviva en un mundo desencantado.

Rod Dreher, autor de "Vivir en el asombro", en una de sus recientes intervenciones públicas sobre fe, sufrimiento y reencantamiento del mundo.
Rod Dreher se hizo mundialmente conocido por "La opción benedictina" y "Vivir sin mentiras", dos libros de combate cultural que han marcado a miles de cristianos inquietos. Pero en su nuevo título, "Vivir en el asombro" (Encuentro), el escritor norteamericano se sitúa en otro lugar: ya no solo como analista de la crisis de Occidente, sino como testigo de un Dios vivo que actúa en medio del sufrimiento, de los escándalos e incluso de la tibieza eclesial.
En esta amplia conversación, Dreher habla sin reservas de la Misa como una hora “fuera del tiempo”, de la crisis que ha destrozado a su propia familia, de los abusos y la cobardía dentro de la Iglesia, de la liberación de una mujer poseída y de por qué, si el cristianismo se redujera a normas y estrategias, él mismo habría abandonado la fe hace tiempo.

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-Creo que se detendrían a pensar que lo que van a recibir en la Eucaristía es el mayor milagro. Se darían cuenta de que, cuando están en misa, son sacados del tiempo y, durante una hora, quedan conectados con la eternidad: no solo con el cielo, sino con todas las generaciones de cristianos que les precedieron y con las que vendrán después. Comprenderían también que en la Misa están rodeados de ángeles, invisiblemente alabando al Señor.
»Te cuento una historia real. Cuando mi hijo Lucas era pequeño, nosotros todavía éramos católicos y asistíamos a misa. Estaba muy inquieto y le dije a mi mujer que lo sacaría al vestíbulo. Era una parroquia moderna, con un muro de cristal, de modo que podíamos ver la misa desde allí. Lucas tendría unos dos años y estaba empezando a hablar. Lo tenía en brazos, intentando calmarlo. En un momento dado arqueó la espalda, miró hacia el altar, estiró el brazo y señaló: «¡Ángel!». Y de nuevo: «¡Ángel!». En aquella iglesia no había imágenes de ángeles. Creo de verdad que vio un ángel en la Misa. A veces recuerdo esto cuando estoy en la liturgia.
«En la Misa somos sacados del tiempo: durante una hora estamos ante la eternidad, rodeados de ángeles.»
»Como probablemente sabes, llevo veinte años siendo cristiano ortodoxo. Recibimos la Eucaristía del cáliz, como pan empapado en vino. Procuro recordarme, al acercarme al cáliz, que el poder real presente en esa copa es mayor que todas las estrellas del universo. Y que es algo personal: es el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, que murió por mí. Esa conciencia lo cambia todo.
-Lo tengo claro: que Dios permite el sufrimiento. Mi hermana murió en 2011, con 42 años, de un cáncer de pulmón. Nunca fumó. Mi mujer y yo decidimos mudarnos con nuestros hijos a mi pueblo natal, una pequeña localidad de Luisiana, para estar más cerca de mi familia. Queríamos ayudar a mi cuñado viudo con sus dos hijas menores y también a mis padres mayores. Al llegar, descubrí un secreto estremecedor: en realidad mi familia no nos quería allí.
»Siempre habían sido muy cariñosos, pero, tras irme a la universidad y luego dedicarme al periodismo en la Costa Este, habían alimentado en secreto un resentimiento hacia mí. Me consideraban desleal por marcharme y «convertirme en otra persona». Ahora que habíamos vuelto, se negaban a perdonarme este «pecado».
»Fue un choque terrible. Caí enfermo de mononucleosis, causada por el estrés intenso de ese rechazo. Es raro contraer mononucleosis a los cuarenta, pero eso me ocurrió. Estuve enfermo cuatro años y los médicos llegaron a decir que quizá nunca me recuperaría. La ansiedad que todo esto generó en mi esposa terminó destruyendo nuestro matrimonio. Me pidió el divorcio en 2022, cuando yo estaba en Europa unos meses con una beca. Nunca habíamos hablado de divorcio. Se lo dijo primero a nuestros hijos antes que a mí.
»Esto ha destruido los vínculos familiares. Mi hijo mayor, Matt, y yo nos mudamos a Europa porque sus hermanos se negaban a hablarnos. El dolor en el corazón de un padre es difícil de expresar. Yo lo hice todo bien, y aun así ocurrió. Del mismo modo, mi hermana hizo todo bien y también murió joven. En cierto modo, creo que mi familia de Luisiana me castigaba inconscientemente por ser el hijo que seguía vivo. Pensaban que yo lo había hecho todo mal, a pesar de tener éxito como escritor. Y, sin embargo, la hermana que lo hizo todo bien —la que se quedó en el pueblo y formó allí a su familia— fue la que murió.
»Nunca le he preguntado a Dios por qué permitió que me pasara esto. Hay muchas personas que son mejores cristianas que yo y han sufrido más. Lo único que he hecho ha sido pedirle al Señor la gracia de aceptar estas cruces y de ser purificado por ellas. Mi sentido místico —mi fe absoluta en que Dios es real y sufre conmigo, con todos nosotros— me ha sostenido en este valle oscuro. Si el cristianismo fuera solo moralismo, lo habría abandonado. Pero sé, lo sé profundamente, que el Espíritu Santo está presente en todas partes y lo llena todo. Y por eso mi sufrimiento tiene sentido.
»Esto no hace que duela menos, pero sí significa que el dolor puede ser redentor. Me ha vuelto mucho más misericordioso con los demás. Pensaba que tenía una familia casi perfecta antes de volver a mi pueblo en 2011. La verdad es que nadie sale de este mundo sin sufrir. La cuestión es: ¿cómo recibimos ese sufrimiento? ¿Solo como una maldición? ¿O como una ocasión de purificación, de hacernos más santos? Yo he elegido —y elijo cada día— esta segunda opción porque sé que Dios es real y porque puedo sentir su presencia.
Nota
-Puedo decir lo que me ocurrió a mí. Llegué a Cristo ya adulto, con 26 años, cuando fui recibido en la Iglesia católica. Era un católico muy creyente, como la mayoría de los conversos, y además muy fiel al Magisterio. Estaba convencido de que, mientras tuviera bien asentadas en la mente las doctrinas y dogmas de la fe católica, mi fe podría resistirlo todo.
»No fue así. En 2001 empecé a escribir sobre los escándalos de abusos sexuales en la Iglesia. Tenía la falsa seguridad de que mi certeza intelectual me haría invulnerable. No me hacía ilusiones sobre la perfección de la Iglesia institucional —ninguna lo es—, pero no había previsto la profundidad del mal y de las mentiras que iba a encontrar.
»La fe se convirtió en una carga terrible para mi mujer y para mí, especialmente porque teníamos hijos. La Misa era uno de los peores momentos de la semana, porque los sacerdotes y buena parte de la comunidad preferían no ver el sufrimiento de las víctimas ni exigir arrepentimiento y reforma. Mantener su propia tranquilidad les parecía más importante. Yo no lo soportaba.
»El punto de ruptura llegó cuando, por casualidad, descubrimos que un sacerdote conservador que nos gustaba y en el que empezábamos a confiar era en realidad un mentiroso que había sido suspendido por su obispo en otro lugar, tras ser formalmente acusado de abusos sexuales a un adolescente. No debía estar en el ministerio en ninguna parte, pero había ocultado la verdad a nuestro obispo. Cuando le conté a mi esposa quién era realmente el padre Chris, se desplomó en el suelo del salón, llorando y golpeando el suelo con el puño: «¡Ya no podremos confiar en ellos nunca más!».
»Y, efectivamente, no pudimos. Nos convertimos en zombis espirituales. Un día decidimos empezar a asistir a una parroquia ortodoxa. No pensábamos convertirnos ni podíamos comulgar, pero necesitábamos adorar a Dios en un ambiente santo, en presencia eucarística, sin miedo ni ansiedad. (La Iglesia católica enseña que los ortodoxos tienen sacerdocio y sacramentos válidos). Como católicos, nos sentíamos culpables, pero también experimentamos un gran alivio.
»Aferrarme a mi fe católica entonces era como tratar de sostener a mano desnuda una sartén de hierro ardiendo al fuego. Llega un momento en que el dolor es tan intenso que sueltas. Siempre imaginé que estaría dispuesto a morir por la Iglesia; nunca imaginé que estuviera muriendo espiritualmente por culpa de la Iglesia.
»Al final, mi mujer, que también era conversa al catolicismo, me dijo que quería hacerse ortodoxa. Tenía que decidir. Leí libros que defendían la primacía papal y me parecían convincentes. Luego leí autores ortodoxos y también me parecían convincentes. No sabía quién tenía razón.
»Un día, en la oración, entendí que, si alguien se salva, no es por una proposición doctrinal, sino por una relación que transforma la vida con la Verdad hecha carne: Jesucristo. En la oración le dije al Señor que, por mi propia ruptura interior y por la ruptura de la Iglesia católica en aquel tiempo y lugar, yo ya no podía encontrarlo allí. (Para que quede claro: creo que Jesús está realmente presente en el sacramento católico; el problema era que mi miedo, mi ira y mi pérdida total de confianza en la jerarquía se habían convertido en una barrera infranqueable). Le dije a Jesús que me haría ortodoxo porque lo necesitaba desesperadamente y le pedí perdón si estaba cometiendo un error. Me hice ortodoxo con mi familia y nunca he mirado atrás.
«Durante años hice un ídolo de la institución; Dios rompió mi orgullo intelectual a través del sufrimiento.»
»Pero me convertí en un tipo muy distinto de cristiano. Como católico, era intelectualmente arrogante. No fue culpa de la Iglesia católica; fue culpa mía. De verdad pensaba que teníamos la mejor Iglesia porque teníamos los mejores argumentos y a la gente más inteligente. Hoy me avergüenzo del hombre que era entonces. El Señor me concedió una «severa misericordia» al destrozar mi orgullo intelectual. Como ortodoxo, por supuesto que respeto a los sacerdotes y a los obispos, pero ya no los coloco en el pedestal donde los tenía antes.
»Además, me he dedicado a profundizar en la oración y en la práctica de la conversión. Como católico estaba muy centrado en la política intraeclesial: quiénes eran los buenos y los malos obispos, qué había dicho el Papa, por qué el Papa no arreglaba tal cosa… Como ortodoxo no lo he hecho, no porque la Iglesia ortodoxa no tenga problemas, sino porque sé qué tentación supone para mí. No quiero parecerme a los católicos con los que solía ir a Misa y que se negaban a ver el mal de los abusos para mantener su paz interior. Si veo el mal en mi Iglesia, hablaré; pero mi enfoque personal de la fe ahora es muy distinto. Y ya no miro a católicos y protestantes con superioridad, como hacía antes con los no católicos. Solo veo hermanos y hermanas en Cristo, pecadores como yo que intentan llegar a Dios.
»Perdón por la historia tan larga, pero el punto es este: ser católico no consiste en dominar las doctrinas y ser un cristiano correcto, obediente y dócil. Ser católico consiste en hacerse santo, en buscar la santidad en todo y vivir cada día una conversión más profunda.
»Durante los años del escándalo, vi a obispos y sacerdotes —conservadores a los que yo admiraba— comportarse como cobardes o peor. Y vi a algunos sacerdotes progresistas, a los que yo despreciaba, comportarse con verdadera integridad. Comprendí que la línea entre el bien y el mal en la Iglesia no pasa entre «liberales» y «conservadores», sino por el centro de cada corazón humano. Y así es también en la vida.
»Por eso aconsejaría a mis hermanos católicos que no miren a la Iglesia visible, a la institución y sus clérigos, como un fin, sino como un medio —herido, pero real— hacia el único fin verdadero: la unión transformante con Jesucristo. Si tienes un sacerdote bueno y santo, ¡es una bendición! Si no lo tienes, eso no impide que sigas buscando la santidad por la oración, la confesión, los sacramentos y las obras de amor. En mi caso, había convertido a la institución católica en un ídolo. Ese fue mi error, y he aprendido de él.
»Tuve amigos católicos tan indignados como yo por los escándalos que no perdieron la fe porque nunca idolatraron a la jerarquía. En cambio, algunos vivían su fe en una ira constante contra la Iglesia por sus fallos. Ese tampoco es el camino. En algún momento uno tiene que aprender a vivir como católico sin autoengaños —sin cerrar los ojos ante la injusticia—, pero también sin dejar que la ira justa lo consuma. Es difícil, pero todo lo que merece la pena lo es.
-Sí. Una amiga que estaba poseída por demonios fue liberada tras años de oración de sacerdotes. Es la amiga neoyorquina a la que llamo «Emma» en mi libro. Era una católica muy fiel, pero quedó poseída porque sus abuelos, en Italia, practicaban el ocultismo y trajeron una maldición sobre la familia. Emma fue examinada por un psiquiatra que trabajaba para la archidiócesis de Nueva York. Dijo que no había explicación natural para lo que le sucedía y la aprobó para un exorcismo ritual.
»Por alguna razón, la archidiócesis retrasó ese rito durante años. Mientras tanto, el sacerdote que la ayudaba podía hacer todo salvo el exorcismo ritual. Con el tiempo, a través de ese sacerdote, el Señor expulsó a los demonios de Emma. No sé quién era ese cura ni cómo es su vida espiritual. Puede ser un santo o un mediocre, como la mayoría de nosotros. Pero, gracias al poder sacramental de su sacerdocio —como sacerdote de una Iglesia gravemente herida—, el Espíritu Santo triunfó sobre el diablo.
»Tengo varios amigos exorcistas y las historias que me cuentan me recuerdan que, a pesar de los pecados institucionales de la Iglesia —también de la ortodoxa; uno de esos exorcistas es ortodoxo—, el Señor sigue actuando a través de sus sacerdotes, a menudo de manera dramática.
-No conozco bien el mundo católico español, así que me cuesta decirlo con certeza. Pero, por lo poco que sé del catolicismo europeo en general, me parece que hay muchísima inercia institucional. Me pregunto si los obispos viven realmente en el asombro o si ven su misión solo como gestionar un declive. ¿A alguien le importa de verdad lo que dicen sobre migración u otros temas? Las jerarquías europeas parecen atrapadas en la mentalidad de la generación del 68.
»Sin embargo, cuando estuve en París el verano pasado para cubrir la peregrinación anual de tres días a Chartres, vi esperanza. Vi a 20.000 jóvenes católicos —edad media: 19 años— preparándose para caminar tres días hasta Chartres, rezando, cantando himnos y acampando por el camino. Entrevisté a muchos al inicio y al final, y todos decían más o menos lo mismo: «La generación de nuestros padres no nos ha dado nada. Buscamos sentido, propósito, trascendencia, comunidad… y, sobre todo, a Dios». No parecían solo felices, sino llenos de una auténtica alegría.
»Eso me recordó que no tenemos que esperar a que la renovación venga desde arriba. De hecho, probablemente no vendrá de ahí, sino desde abajo. Cuando estuve en Valencia, conocí a un joven sacerdote discreto, pero fiel, el padre Ballester. Su obispo lo envió a una parroquia diminuta de un pueblo cercano, donde solo iban unas pocas ancianas. Me dijo que había leído La opción benedictina y decidió hacer todo lo posible por buscar a Dios allí donde Dios lo había puesto.
»Ahora la parroquia está viva. Conocí a un estudiante de 19 años de su parroquia, Jorge, que está verdaderamente «en llamas» con el Espíritu Santo. Me contó que tenía 15 años cuando conoció al padre Ballester. No había sido educado en la fe hasta que empezó a ir a misa allí. Hoy está entusiasmado con la fe. Pasé un día con el padre Ballester y también yo pude sentir la fuerza de un sacerdote humilde que ama profundamente al Señor. Y percibí la fuerza del entusiasmo de Jorge. Ahí es donde comenzará la renovación. Que los obispos hagan lo que quieran; la peregrinación continúa.
-Ante todo, la oración diaria. No tiene por qué ser larga, pero hay que ser fiel. Y no solo oraciones mecánicas, sino hablar con Dios como si estuviera justo a tu lado, porque lo está. Reza mientras caminas por la calle o conduces. Hay que practicar la presencia de Dios. Él está realmente con nosotros siempre, pero nos cuesta percibirlo.
»En el libro cito a una antropóloga de la Universidad de Stanford que descubrió que las personas con más control sobre su atención perciben con más facilidad la presencia de Dios. Es una buena razón para pasar menos tiempo delante del ordenador o del teléfono, que están diseñados para fragmentar nuestra atención.
-En realidad, tienes razón: está en el centro de todo. No empecé pensando en escribir una trilogía sobre cómo vivir como cristiano en un mundo poscristiano, pero eso es lo que ha ocurrido.
»En la tradición ortodoxa usamos la palabra theosis para describir la meta de la vida cristiana: el camino por el que uno se va llenando poco a poco del Espíritu Santo y es transformado. La Divina Comedia de Dante es un poema sobre la theosis, así que no es un concepto ajeno a Occidente. Todos los cristianos estamos llamados no solo a conocer a Dios con la mente, sino a conocerlo con el corazón y en el cuerpo. Ser cristiano no consiste simplemente en cumplir normas, sino, en última instancia, en experimentar al Espíritu Santo. Vivir esa experiencia cada día: eso es el reencantamiento.
-"La opción benedictina" lleva casi diez años en las librerías y sigo encontrando gente que cree que estoy diciendo a los cristianos que huyan, que se escondan en las montañas. Es muy frustrante. En el primer capítulo digo claramente que no hay escapatoria. Si alguien está llamado a ser trapense o carmelita de clausura, debe seguir esa llamada. Pero casi todos estamos llamados a vivir en medio del mundo.
»Si queremos vivir fielmente en este mundo, tenemos que tomar cierta distancia para profundizar en la fe, ser más disciplinados en la vida espiritual y fortalecer nuestros lazos con una comunidad cristiana. Lo ideal sería que la parroquia fuera ese lugar, pero todos sabemos que, para muchos, no lo es.
»No me disculpo porque "La opción benedictina" parezca demasiado «militante». Cuando la casa está en llamas, uno no dice: «Perdón si te he asustado gritando: “¡Fuego, corre!”». Y, para los cristianos, nuestra casa está claramente ardiendo. Ver el mundo como es, y el estado real de la fe en Occidente —sobre todo en Europa—, debería inquietarnos. Pero esa inquietud no sirve de nada si no nos mueve a actuar. No podemos quedarnos paralizados mientras la fe desaparece. Tenemos que actuar.
»Uso a menudo esta otra imagen: estamos ahí de pie cuando empieza a llover, y vemos a nuestro vecino Noé construyendo un arca. Nos parece un loco: «Noé, la lluvia parará pronto, ¿por qué pierdes el tiempo construyendo un barco?». Al final nos damos cuenta de que vendrá un diluvio, pero confiamos en que alguien vendrá a salvarnos. Nadie viene. De repente es demasiado tarde para construir un arca y nos ahogamos.
»Ahí estamos hoy con la fe. El diluvio está aquí, pero aún hay tiempo para construir barcas que nos permitan elevarnos por encima de las aguas y sobrevivir hasta que bajen. Si esperamos a que los obispos nos salven, puede que esperemos en vano. San Benito de Nursia no era obispo, pero las arcas que levantó con su Regla se alzaron por toda Europa y mantuvieron viva la fe durante siglos de crisis. Creo que Dios nos pide a todos que ayudemos a construir estas arcas dentro de la Iglesia. Benedicto XVI dijo que hoy los cristianos tenemos que ser «minorías creativas» en este mundo poscristiano. Solo así sobreviviremos a lo que viene y podremos reevangelizar Occidente.
»Pero no tenemos todo el tiempo que querríamos. Debemos ponernos manos a la obra y trabajar con la eternidad en mente. Los hombres que empezaron las grandes catedrales medievales sabían que no vivirían para verlas terminadas. Las construían para el Dios eterno y para sus hijos y nietos. Nosotros tenemos que vivir así. Si queremos que nuestros descendientes encuentren todavía una Iglesia capaz de mostrarles el camino de la salvación dentro de muchas décadas o siglos, tenemos que actuar hoy.
»Sí, actuamos por deber, pero sobre todo actuamos por amor: amor a Dios, amor a nuestros hijos y nietos, y a los descendientes que aún no han nacido, y amor a nuestros vecinos. Yo quiero que todos experimenten el asombro de conocer la vida en Cristo.
«Nuestra casa espiritual está en llamas: aún estamos a tiempo de construir arcas dentro de la Iglesia, pero no podemos seguir esperando a que otros lo hagan por nosotros.»