Religión en Libertad

Decoro: el arte de ser vista sin ser un escaparate

Vestirse con decoro no es censura: es elegir qué mostrar, cuándo y cómo, recordando que tu valor no depende de tu cuerpo

Mujer con decoro

Mujer con decoroFoto de Ali Pazani en

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Pocas cosas generan hoy tanta incomodidad como hablar del decoro al vestir sin pedir perdón antes. Es un asunto que parece exigir una declaración preventiva de inocencia: aclarar que una no pertenece a ninguna secta ultraconservadora, que no suspira por el regreso del corsé ni pretende dictar normas universales desde una superioridad moral imaginaria. Así que empecemos por ahí. No soy una mojigata, no vivo en una burbuja ética ni me anima la nostalgia de un pasado que probablemente nunca existió. Simplemente creo —cada vez con mayor claridad— que el decoro tiene mucho más que ver con la dignidad que con la censura.

Vivimos en una época curiosa, por no decir paradójica. Nunca se ha hablado tanto de empoderamiento femenino y, al mismo tiempo, nunca se ha insistido tanto en mostrar el cuerpo de la mujer como principal argumento de valor. Se nos repite que exhibir es liberar, que enseñar es afirmar, que cuanto menos se oculta más auténtica es una. Y, sin embargo, hay algo profundamente contradictorio en esta pedagogía del desnudamiento permanente. Cuando todo se muestra, cuando el cuerpo se convierte en carta de presentación constante, lo que desaparece no es la represión, sino el misterio. Y sin misterio no hay encuentro; hay consumo.

El decoro no entiende de razas, edades, tallas ni condiciones sociales. Tampoco de marcas ni de precios. Una mujer puede ir impecablemente vestida con ropa barata y profundamente despersonalizada con prendas carísimas. Porque el decoro no es una categoría estética, sino antropológica. Tiene que ver con cómo una se comprende a sí misma y con el mensaje que lanza al mundo sin necesidad de pronunciar palabra.

Nunca he llevado bikini. Tampoco minifalda ni escotes pronunciados. No porque alguien me lo prohibiera, ni porque considere esas prendas intrínsecamente problemáticas, sino porque, sencillamente, no me han hecho falta. Y eso no me ha convertido en menos libre, ni menos mujer, ni menos deseable. Al contrario. Me ha dado una forma particular de seguridad: la que no depende de miradas ajenas ni de validaciones externas, la que no se negocia cada mañana frente al espejo.

La hipersexualización contemporánea tiene algo de trampa bien envuelta. Se presenta como elección individual, pero opera como presión colectiva. Hay que mostrarse, hay que gustar, hay que ser visible. El cuerpo femenino vuelve a ocupar el centro del escenario, aunque no siempre como sujeto, sino como escaparate. Cambian los discursos, pero el mecanismo es antiguo: el valor sigue midiéndose, con demasiada frecuencia, en términos de impacto visual.

Hablar de decoro hoy suena casi indecente. Porque el decoro introduce una palabra que nuestra cultura prefiere evitar: límite. Y el límite se confunde automáticamente con opresión. Sin embargo, cualquier noción adulta de libertad sabe que los límites no siempre empobrecen; a veces ordenan, a veces protegen. El decoro no consiste en esconderse por miedo, sino en elegir qué mostrar y cuándo, sin sentirse obligada a enseñar para existir.

No se trata de volver atrás ni de juzgar a nadie. Se trata, más bien, de recuperar una pregunta esencial que rara vez nos hacemos en voz alta: ¿me visto para expresarme o para ser mirada? ¿Desde la libertad o desde una exigencia silenciosa de encajar? El decoro, entendido con inteligencia, no reduce a la mujer; la centra. La devuelve al lugar desde el que puede mirarse a sí misma con respeto, sin necesidad de exhibirse para ser confirmada.

Quizá, en un mundo saturado de cuerpos disponibles y miradas voraces, la verdadera elegancia consista en no estar siempre a la intemperie. Vestirse con decoro es, en el fondo, una forma serena de recordarle al mundo —y a una misma— que una persona es siempre más que su cuerpo, y que su valor no se mide por la cantidad de piel que muestra, sino por la conciencia con la que habita lo que es.

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