'Mi música inspira a abrir el corazón a Dios' (Rubén de Lis)
Transformando vidas con propósito

"Con mi música quiero guiar a las personas para encontrarse con Dios" (Rubén de Lis)
Rubén de Lis, un músico gallego que vive en Galicia, España, y divide su tiempo entre Brasil y Estados Unidos, no busca convencer, sino conmover. Con su guitarra y creatividad inagotable, convierte la fe en una experiencia viva, hecha de sonidos, silencios y emociones. Su manera de evangelizar es a través de la vibración que despierta en quien le escucha, fusionando flamenco, bossa nova, blues, pop y jazz en una sola oración musical.
En el escenario, Rubén crea un universo completo con su guitarra y pedal loop, grabando, mezclando y recreando en tiempo real una atmósfera donde lo humano y lo divino se rozan. "Dios también trabaja por capas", dice, "hasta que todo cobra sentido". Más que un concierto, propone un encuentro, un espacio donde la fe se respira sin etiquetas y Cristo se deja sentir como conciencia viva, sencilla y cercana.
En esta entrevista, Rubén abre su historia, su proceso interior y su sueño de una Iglesia más en salida y más humana.
-La loop station nace de una necesidad y de una intuición. Durante años viajé solo con mi guitarra, sin banda, y entendí que si quería crear una experiencia completa tenía que convertir la guitarra en un pequeño universo. Empecé jugando, probando ritmos con el cuerpo, capas, silencios… y de repente la música empezó a respirar sola. Pero, más allá de lo técnico, hay algo espiritual ahí: la loop me recuerda que Dios también trabaja por capas en nuestra vida. Primero una base, luego otra, a veces algo se repite… hasta que todo cobra sentido. No busco impresionar, busco crear un espacio donde la gente se encuentre consigo misma y con Dios, sin darse cuenta.
-Yo no pienso en géneros cuando compongo. Pienso en emociones. El flamenco me conecta con la herida, la bossa con la ternura, el blues con el dolor honesto, el jazz con la libertad, el pop con lo cotidiano y el rock con la fuerza de levantarse. La vida no es de un solo estilo, y la fe tampoco. Mi mensaje es simple: Dios habla en muchos idiomas, y todos caben cuando hay verdad. La diversidad musical es un reflejo de una Iglesia más amplia, más humana, menos rígida… más parecida a Jesús.
-La música baja las defensas. Antes de que alguien piense “esto es religioso”, ya está sintiendo algo. Y ahí pasa lo importante. Yo no evangelizo dando respuestas, evangelizo haciendo preguntas. En mis conciertos no intento convencer a nadie; creo espacios donde el corazón se abre. Y cuando el corazón se abre, Cristo entra solo. Jesús no forzaba puertas, encendía conciencias. La música no explica a Dios, lo sugiere, lo evoca, lo despierta.
-Brasil me desarmó… y eso fue un regalo. Ahí la fe se canta, se baila, se vive en la calle. No es perfecta, pero es viva. La Iglesia en Brasil no tiene miedo de mancharse los pies, de salir, de mezclarse. Musicalmente me enseñó el valor del ritmo del corazón, no del metrónomo. Espiritualmente, me recordó que la alegría también es un lenguaje de Dios. Aquí entendí que evangelizar no es atraer gente al templo, sino llevar a Dios donde ya está la gente.
-Hablar el lenguaje de los jóvenes no es usar su jerga. Es entender sus heridas, sus silencios, su ansiedad, su hambre de sentido. Los jóvenes no buscan sermones, buscan coherencia. No quieren que les hables de Dios, quieren saber cómo sobrevives tú con Dios en medio del caos. En mi música y en mi ministerio hablo de emociones reales, de caídas, de adicciones, de dudas… porque ahí es donde Cristo se hace creíble.
-Dios no solo habla en canciones “religiosas”. Muchas canciones seculares hablan de amor, de pérdida, de búsqueda… y eso ya es terreno sagrado. Una canción de Ed Sheeran o Pablo Alborán puede ser una puerta preciosa para hablar de Dios, porque conecta con la experiencia real de la gente. Jesús usaba parábolas cotidianas; hoy las parábolas también suenan en la radio. El beneficio es claro: la fe deja de ser un idioma extraño y se convierte en algo cercano, respirable, posible.
-Mi sueño no es crecer en números, sino en profundidad. Quiero seguir creando espacios donde música, terapia, espiritualidad y vida real se encuentren. Conciertos-testimonio, proyectos con jóvenes, con familias, con personas rotas que no se sienten parte de nada. También quiero formar a otros artistas, mostrarles que se puede vivir la fe sin perder creatividad, y que se puede ser moderno sin perder el alma. Mi proyecto no es “hacer cosas para Dios”, es vivir tan despierto que Dios se note… incluso cuando no se le nombra.