Religión en Libertad

El abrazo invisible de Dios en la UCI: la historia del padre Rafa

En los pasillos de la UCI, donde la vida y la muerte se rozan a cada instante, el capellán del hospital se convierte en un abrazo silencioso que sostiene el corazón de los padres y devuelve calma en medio del miedo y la incertidumbre, mostrando cómo la fe y la presencia espiritual acompañan, sostienen y dan esperanza cuando todo parece tambalearse.

El abrazo silencioso

El abrazo silenciosoFoto de Marcel Fagin en

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Permítanme que hoy les cuente una historia muy personal, no para colocar en primer plano el dolor de una madre, sino para rendir homenaje a los sacerdotes, a los capellanes de hospital y a esa labor callada que realizan en los pasillos donde la vida y la muerte se cruzan sin pedir permiso, y donde ellos se convierten en un sostén invisible que solo se aprecia cuando el alma se agrieta.

Cuando nació mi hija María, el mundo perdió el orden habitual y me vi, de pronto, dentro de la UCI neonatal como quien entra sin querer en la parte más honda del dolor humano. Allí todo era una mezcla de luz fría, monitores que respiraban por ella y un silencio que, a ratos, pesaba como una losa. Yo no podía salir del hospital porque me aterraba la idea de alejarme un solo paso y que, en ese instante, pasara algo irreversible. El miedo se agarró a mí con una fuerza casi física, como si quisiera instalarse para quedarse a vivir en mi pecho.

En medio de esa frontera entre la esperanza y el pánico apareció el padre Rafa, con la naturalidad de quien llega donde es necesario sin hacer ruido y sin pretender brillar. Él no traía recetas ni discursos de consuelo enlatado, sino una presencia tan humana y tan llena de Dios que parecía abrir un hueco para que entrara aire limpio en una habitación donde la angustia lo cubría todo como un barniz invisible. El padre Rafa se convirtió en un faro discreto, una luz que no deslumbraba, pero que tampoco se apagaba nunca.

Hubo un instante en el que, literalmente, se me doblaron las piernas y tuve que apoyarme en la pared, intentando no caer derrotada por un cansancio que ya no era del cuerpo, sino del alma. Fue entonces cuando lo vi caminar hacia mí, despacio, sin prisa, como si supiera que justo ese era el segundo exacto en el que yo me estaba desmoronando. Se colocó a mi lado con esa serenidad que solo tiene quien conoce bien el sufrimiento ajeno, y susurró: “Ahora eres madre de verdad, porque tu oración no sale de tus labios: sale de tus entrañas, y de tu miedo, y de tu amor”. Entendí que ser madre también es aprender a vivir con el corazón fuera del cuerpo y ofrecerlo una y otra vez sin garantías.

El padre Rafa jamás me prometió un final feliz, porque sabía que la fe no es una anestesia que adormece la realidad, sino una forma de sostenerla sin romperse. Él me preparaba, con una delicadeza firme, para esos finales que ninguna madre quiere imaginar, pero que existen al acecho en cada pasillo de un hospital. Mientras yo temblaba, él me recordaba que Dios no se ausenta cuando la tierra tiembla, sino que se acerca más; y que cada lágrima mía por mi hija era una oración más pura que cualquier palabra decorada de solemnidad.

Mientras los médicos luchaban por estabilizar el cuerpo pequeñísimo de María, fue el padre Rafa quien sostuvo el mío, que empezaba a vaciarse por dentro. Muchas veces, su sola presencia me permitió volver a entrar en la UCI sin derrumbarme, porque comprendí que un capellán de hospital no es solo un sacerdote: es un guardián de almas cansadas, un testigo del misterio en los lugares donde la vida y la muerte conversan a diario sin protocolos ni avisos.

Ellos caminan por corredores donde la fe debe ser más fuerte que la estadística, y llevan consigo una llama pequeña pero obstinada, una lámpara humana que se enciende para los que están solos, para los que ya no entienden nada, para los que solo pueden pedir fuerzas para aguantar un minuto más. Y, a veces, ese minuto es una eternidad que cambia un destino.

Nunca olvidaré lo que el padre Rafa hizo por mí, porque en esos días en los que todo era incertidumbre él se convirtió en puente entre mi fragilidad y la ternura de Dios. Descubrí que la fe auténtica no se improvisa, no se estudia, no se presume; la fe verdadera se vive a ras de suelo, entre cables, llantos, manos temblorosas y miradas que buscan un milagro. A veces, el milagro no es que el dolor desaparezca, sino que llegue alguien que lo sostenga contigo hasta que puedas respirar otra vez.

Por eso sé que la misión de los capellanes de hospital es una de las tareas más invisibles y, a la vez, más necesarias de nuestro tiempo. Sin grandes gestos sostienen vidas que se quiebran en silencio, y yo soy testigo de que su presencia cambia historias que parecían perdidas y devuelve luz a quienes ya caminaban a oscuras.

Porque, si algo aprendí en ese hospital, es que el sufrimiento desnuda a cada uno y revela lo que queda cuando ya no queda nada. Allí descubrí que la fe no es una teoría, sino un fuego que otros mantienen encendido cuando a ti se te apaga entre lágrimas y miedo. Comprendí que un capellán no es un visitante espiritual: es un compañero de batalla, alguien que entra contigo en las sombras sin pedir explicaciones y sin esperar aplausos. Entendí que Dios a veces no baja del cielo con truenos ni con ángeles, sino que llega con rostro humano, con paso tranquilo y con nombre propio, y para mí, ese día, llegó con la voz serena del padre Rafa.

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