En el país de la muerte
El atroz estado actual de la sociedad neerlandesa se percibe en su escalofriante visión sobre la eutanasia y el suicidio asistido.

La inyección letal para quitarse de enmedio acabando con el sufrimiento o la soledad se ha normalizado en los Países Bajos.
Los orígenes de la ideología parten del libre examen de Lutero (antecámara del subjetivismo moderno) y de la predestinación de Calvino, precursor primero de la subordinación de lo real al axioma que ya viene dado de antemano.
Llegaban malos tiempos para la verdad, que tenía que postrarse ante el arrogante gnosticismo de los nuevos dogmáticos. Esta es la razón por la cual la ideología es una curiosa aleación de subjetivismo y de predestinación filosófica de la realidad a las doctrinas particularistas, por inverosímiles que sean. Es (propiamente dicho) antifilosofía. A estas alturas, afirmar que las ideologías, con todas sus innovaciones, tienen su genealogía en el protestantismo es mucho más que una elucubración, es una hipótesis respaldada por consumaciones palmarias.
Durante una charla con la profesora de Bioética Elisa García Bravo, con una larga trayectoria en Países Bajos, recibí un testimonio de primera mano sobre el atroz estado actual de la sociedad neerlandesa, en la que reina eso que se ha venido en llamar “la cultura de la muerte”. La profesora me dio una explicación detallada acerca de la mentalidad de aquellas gentes y su escalofriante visión sobre la eutanasia. Poniéndome en contexto, me decía que las constantes sociales de aquel país son el individualismo y la soledad de los muchos. Y a colación me comentaba que en las costumbres de la vieja Holanda la eutanasia está tan consolidada como los tulipanes. Su nivel de aceptación es sumamente democrático. Se trata de una de esos asuntos que van pasando a mejor vida en el debate público por tratarse de un “asunto superado".
El crimen eutanásico ya no se cuestiona en aquel país. No hay día que algún lugareño no pida su propia pena capital, o, en su defecto, se lance a la vía del tren en el país de la muerte. Allí la eutanasia puede ser solicitada hasta incluso por los mayores de 12 años sin consentimiento paterno siempre que cumplan los presupuestos de padecimiento establecidos para la concesión. Maldita es la libertad malaventurada y bendecida por quien no tiene autoridad para bendecir y solo potestad para reglar.
En una nación como Países Bajos, bandera de la guadaña eutanásica, el autocadalso tiene la consideración popular de estatuto sagrado para el sujeto que lo solicite. Para los condenados a cualquier tipo de padecimiento físico o psicológico, la vida se torna insoportable en una sociedad que abomina del dolor como presagio de calamidad en vez de signo de purificación.
¿No les resulta familiar todo esto? Es el derecho subjetivo a la muerte en una tierra abonada por la teología del subjetivismo y la predestinación. Allá donde no se admite el Purgatorio, la dicotomía entre el Cielo y el Infierno es signo de angustia existencial; el que de antemano no está salvado está condenado. El sufrimiento sin Purgatorio carece de sentido, ha de ser purgado. Para los condenados, solo cabe el beneficio de la piedad sicaria, remozada con la engañifa sentimental de la “muerte digna".
Elisa García Bravo me aseguraba que está muy extendido entre los neerlandeses (hasta en las altas esferas del mundo académico) la idea de que la naturaleza está corrompida y los hombres no pueden cambiar ni su destino ni su conducta moral. La conciencia de servo arbitrio en la sesera de los neerlandeses ateos y creyentes es total. De esto se sigue que si los hombres no pueden cambiar su destino ni su comportamiento, el sufrimiento es indigno, inaceptable, o cuanto menos carece de sentido.
Los neerlandeses solo han encontrado una salida al extravío de la naturaleza: interferir mecánicamente en sus leyes y deshacer su entramado con las ´bondades´ de la eutanasia. La ley y la tecnociencia serán la única válvula de escape para decir adiós a las penurias y huir del infierno terrenal.
A los abogados del diablo poco les importa que el harakiri asistido dependa tanto de la voluntad manifestada en el consentimiento viciado, dolorido y maltrecho como del paripé pericial de los matasanos. Se conforman con la aceptación popular de la eutanasia como sacrificio rendido en el altar de las democracias. Un consenso obtenido desde el aislamiento social que ha fraguado una sociedad individualista en la que, para arrostrar el sufrimiento, la costumbre es o lanzarse a la vía del tren, o implorar a un sicario del Estado que te borre del mapa cuando la muerte ya no tiene un fin y simplemente es el final.
Como el estruendo de lanzarse a las vías del tren en oleadas es oprobio nacional, la eutanasia es una pátina perfecta mientras que lanzarse hacia un tren en marcha no alcance la categoría positiva de deporte de riesgo. La eutanasia es una protesta intolerante contra el dolor y un velo para tapar el fracaso en masa de toda una civilización reformada en una teología para oligofrénicos.
Se dice que la tasa de suicidios en Países Bajos está por encima de la media europea, y eso que las peticiones de suicidio asistido aprobadas no se incluyen en el cómputo y quintuplican las cifras oficiales. Cuando la muerte es un ritual contra el dolor ¿qué mejor que silenciarla en el recetario de un matasanos? Pero eso no es todo: me aseguraba doña Elisa que ante la avalancha burocrática de solicitantes del suicido, múltiples casos de defunción por eutanasia quedaban contabilizados como muerte natural.
Papel fundamental el que juega la piedad sicaria del Estado en todo esto. Ese dios de muertos en el que todo está dentro y nada queda fuera. Ese Estado neutral ante la vida y predispuesto hacia la muerte para colmar la desesperación del subjetivismo y el sentimentalismo moral de los desnortados neerlandeses, reacios a compadecer y acompañar al prójimo en su sufrimiento.
Mientras la fe, la esperanza y la caridad compadecen el sufrimiento y comparten los yugos terrenales haciéndolos llevaderos, el subjetivismo y el sentimentalismo los lapidan a toda costa con las leyes blanqueadoras de sepulcros suicidas.
La primera eutanasia fue la de las almas. Los entendidos en los gajes de la muerte la llamaron Reforma.