La belleza como tercera vía hacia la verdad y el bien

Hans Urs von Balthasar y Joseph Ratzinger (más tarde Papa Benedicto XVI) fueron dos influyentes teólogos católicos: el primero suizo y el segundo alemán
La tercera vía
Durante siglos, la teología cristiana se apoyó en dos grandes caminos que conducen a Dios: la vía veritatis, que asciende desde la razón hasta la verdad; y la vía bonitatis, que reconoce a Dios a través del bien vivido, de la justicia, de la santidad y de la virtud. Pero en nuestro tiempo estas dos vías se han debilitado: la verdad ha sido reducida a opinión y sospecha; el bien, a sentimiento subjetivo o imposición moral. Así, el espíritu moderno —agotado por discursos contrapuestos, fatigado por la multiplicación de opiniones, desorientado por la pérdida de criterios— ya casi no se mueve por demostraciones lógicas ni por exhortaciones éticas.
Y es precisamente aquí donde emerge la tercera vía: la vía pulchritudinis, la vía de la belleza. No es una alternativa a la verdad o al bien, ni una vía menor: es el lugar en el que ambas recuperan su perfil originario. La belleza reabre -en un mundo desatento- lo que la razón no logra convencer y lo que la moral no consigue impulsar. Es la vía que despierta la atención, que suscita el deseo, que desarma la resistencia interior, que devuelve al corazón su capacidad de asombro y, con ella, la disponibilidad para la verdad y para el bien. La belleza llega antes que el juicio, antes que el concepto, antes incluso que la voluntad. La belleza hiere para salvar. Y esta herida, lejos de disminuir la libertad, la libera.
Qué nos muestra Balthasar
Hans Urs von Balthasar vio antes que nadie la urgencia de esta vía para nuestra época. Denunció que el cristianismo moderno había olvidado la belleza y, con ello, había desatendido la puerta de entrada más humana y más divina a la revelación. Su gran intuición fue la siguiente: Cristo es la Belleza de Dios en forma humana, el esplendor del amor trinitario hecho figura concreta. Cristo no es bello porque sea agradable, sino porque es totalmente transparente al amor. En Él, interior y exterior coinciden hasta el extremo; en Él, la gloria divina se deja ver en forma humana. Y esta forma —su vida entregada, su obediencia, su compasión, su mansedumbre, su cruz— es la forma del amor perfecto. La belleza de Cristo no es estética superficial: es la verdad del amor manifestada en la figura de un hombre que se da hasta el final.
Por eso, para Balthasar, la belleza no es adorno ni decorado (lejos de cualquier esteticismo), sino la manifestación luminosa de la verdad y del bien. Cuando la belleza se retira, la verdad se puede volver fría y el bien se puede volver obligación; cuando vuelve la belleza, la verdad se vuelve más amable y el bien se vuelve más deseable. La belleza es la condición para que la verdad y el bien vuelvan a ser reconocidos como lo que son.
Qué hereda Ratzinger
Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), profundamente deudor del magisterio estético de Balthasar, lleva esta intuición a su máxima claridad pastoral. Con una sencillez que no disminuye la profundidad, afirma que “la verdadera apología del cristianismo es la belleza que ha generado”. No solo los argumentos, no solo las polémicas, no solo los razonamientos, sino también la belleza: la belleza de la liturgia, la belleza del arte cristiano, la belleza de la santidad, la belleza de la caridad vivida, la belleza de un pueblo que ama a Dios. La belleza es decisiva porque toca el corazón por vía directa: abre un espacio de silencio y disponibilidad donde la verdad puede aparecer sin ser rechazada. Ratzinger lo sabe bien: en un mundo cansado de discursos, el único argumento que permanece es la belleza que deja ver la presencia de Dios.
Una pedagogía del ser
La vía de la belleza, entonces, no es simplemente una estrategia pastoral: es una pedagogía del ser. En ella se cumple la dinámica que Agustín vivió: la hermosura suscita deseo, el deseo abre la inteligencia, la inteligencia reconoce la verdad, y la verdad conduce al bien. La belleza no sustituye a la verdad ni al bien: los despierta. La belleza podría ser su puerta natural.
Así entendida, la belleza no es un ornamento de lo verdadero: es el modo en que lo verdadero se muestra. No es un premio del bien: es el modo en que el bien se hace amable. La belleza es la epifanía de la verdad y del bien, su forma luminosa, su manifestación más inmediata. La belleza, en definitiva, es la primera palabra de Dios al corazón humano, y por eso será en estos tiempos la vía privilegiada hacia Él.
Cuando la belleza de Cristo —la forma del amor entregado— toca el corazón, vuelve a surgir en nosotros la confesión de san Agustín: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”. Pero ahora esa frase no es lamento, sino comienzo. Esperanza.