El salterio de Lutrell de la colección de la Biblioteca Británica, realizado hacia 1325 (ver arriba), podría constituir una de las más tempranas representaciones del apóstol colgado a una cruz decussata. Pero el menologío de San Basilio del s. X, el tímpano de San Andrés de Vercelli (Piamonte) del s. XII, o una vidriera de la catedral de Bourges del s. XIII, todavía representan al hermano del príncipe de los apóstoles crucificado sobre una cruz latina. Y hasta Caravaggio (n.h.1573-m.1610), después de que los pintores del barroco (Ribera, Murillo, Rubens) ya hubieran aceptado la innovación de buena gana, representa en 1607 a San Andrés atado de manos al travesaño horizontal de una cruz latina (Museo de Arte de Cleveland, ver abajo).
La cruz decussata, por otro lado, no sólo está vinculada a la tradición de San Andrés, sino con antigüedad similar o hasta mayor, también a la de otros mártires como, notablemente, Santa Eulalia (pinche aquí si desea profundizar en el tema).
Crucifixión de San Andrés. Caravaggio (1607).
Una versión muy ajustada a lo que relatan los Hechos de Andrés
en la que no hay cruz decussata.
Por lo que se refiere a la forma en la que muere San Andrés, existe un libro del género apócrifo, el Libro de los Hechos de Andrés, que describe pormenorizadamente el martirio del hermano de Pedro. Es su verdugo el procónsul Egeates, y relata: “Y ordenó que lo azotaran con siete látigos. Luego, lo entregó para que lo crucificaran, ordenando a los verdugos que no le quebraran las articulaciones para, según se creía, castigarlo todavía más.” (HchAnd. 51). Aclara el mismo libro que a Andrés “solamente le ataron los pies y las axilas, sin clavarle ni las manos ni los pies, y sin quebrarle las articulaciones. Pues tal era la orden que los soldados habían recibido del procónsul [Egeates], que pretendía atormentarle dejándolo colgado para que durante la noche fuera devorado por los perros.” (HchAnd. 54). Según el mismo libro, Andrés permanecerá vivo en la cruz cuatro largos días, durante los cuales, aunque vigilado por los soldados, estará continuamente acompañado por sus seguidores, hasta dos mil según nos informa el texto (veinte mil según De la Vorágine), a los que impartirá desde la cruz jugosos sermones. De hecho, el libro relata un ambiente de sedición, en el que llega un momento en el que la turba se rebela contra el cónsul y hasta consigue que éste se presente ante la cruz del atormentado Andrés para ordenar su liberación. Sin embargo, el propio apóstol disuade al gobernador de su propósito, y justo cuando está exponiendo sus argumentos contrarios a su propia liberación, expira. Todo lo cual habría ocurrido un 30 de noviembre del año 60, por lo tanto, durante el mandato del Emperador Nerón, de triste recuerdo para la memoria cristiana.
Dicho todo lo cual, no quiero terminar sin felicitar a cuantos andreses se acerquen a leer estas líneas, a todos los cuales deseo una onomástica muy alegre y divertida en la compañía de quienes más estimen.
©L.A.
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