Pablo Cervera: el «Relato del peregrino» es una escuela de discernimiento para la vida cristiana
El sacerdote, editor y traductor presenta la nueva edición de "Ignatius. Relato del peregrino" y explica la vigencia de san Ignacio ante la confusión de hoy.

Pablo Cervera, sacerdote madrileño y director de Magnificat en español desde 2003, especialista en san Ignacio y en el "Relato del peregrino".
Pablo Cervera Barranco (Madrid, 1963), sacerdote de la archidiócesis de Madrid, doctor en Teología por la Gregoriana y licenciado en Filosofía por el Angelicum, lleva décadas dedicado al apostolado del libro. Director en España de la revista mensual de oración Magnificat desde 2003 y responsable o coordinador de numerosas colecciones de espiritualidad y patrística, ha traducido y editado a autores como Cantalamessa, Spidlik, Rupnik, Hugo Rahner o las Obras completas de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI en la BAC.
Entre sus trabajos destacan también sus ediciones y estudios sobre san Ignacio de Loyola, en particular "El peregrino de Loyola. La “Autobiografía” de san Ignacio, escuela de discernimiento espiritual" (BAC, 2021) y la actualización al español moderno del "Relato del peregrino" (Bookman, 2021). Ahora presenta en Tulibrería "Ignatius. Relato del peregrino. San Ignacio de Loyola", una nueva edición en español actual enriquecida con grabados de Rubens, que considera «una escuela para la vida cristiana, una escuela de discernimiento». En esta entrevista explica cómo la experiencia ignaciana ayuda hoy a no dejarse arrastrar por las modas y la confusión, qué criterio ha seguido para actualizar el lenguaje del siglo XVI y por qué la belleza material del libro forma parte también de la evangelización.

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-Siempre he sido un apasionado de los libros. Ya con 14 años, sabiendo que iba a ser sacerdote, comencé a formar mi biblioteca. Con los años, tras los estudios en Toledo y en Roma, llegó a ser tan voluminosa que mi padre me dijo: «O tú o los libros», y tuve que sacar todos los libros de mi casa y llevarlos al trastero de mi abuela. De joven colaboré en una feria del libro del Retiro y luego, en el seminario, fui encargado de la librería. Con ayuda de bienhechores traté de formar pequeñas, buenas y sustanciales bibliotecas para cada seminarista, que hasta hoy me lo agradecen.
Además, con espíritu apostólico, envié varios millones de pesetas en libros, a un seminario en Chile donde un sacerdote navarro, amigo mío, desempeñaba su tarea de formador y profesor.
De todo esto se puede deducir que siempre tuve muy presente lo que antes se llamaba el apostolado de la prensa o el apostolado del libro.
Otro tema ha sido la traducción y edición de libros que se ha multiplicado, sobre todo, con ocasión de mi enfermedad de espalda, que me hace estar sin poder realizar ministerios apostólicos de otro tipo. Así que, aprovechando los talentos que Dios me ha dado de conocimiento de cinco lenguas, llevo más de 30 años traduciendo y divulgando, lo que creo que son grandes libros de la literatura católica. Un criterio que siempre ha presidido mi actividad es que. si un libro me hacía bien a mí, también lo podía hacer a otros, y de ahí surgieron todas las traducciones de las obras del P. Cantalamessa, del padre Rupnik, del cardenal Spidlik, Hugo Rahner, Joseph Ratzinger, Benedicto XVI… que son los autores en que más tiempo me he ocupado.
-En mi horizonte siempre está el bien espiritual de la persona que lee un libro. Hoy se lee poco, pero el que lee, consigue tener un poso de conocimiento y reflexión que alimenta su vida espiritual. Algunos libros han surgido a caballo con la publicación de la revista Magnificat que dirijo desde hace 23 años. Suelo encargar algunas series de artículos para que después se conviertan en pequeños o grandes libros. Ahí está el volumen magnífico de la oración de los santos, de más de 700 páginas, en el que han colaborado autores muy destacados, poniendo de relieve, en cada santo, el aspecto de su oración y la enseñanza sobre la oración. Otros han sido del cardenal Vanhoye, el P. Iglesias…
A veces se han desarrollado colecciones que me ofrecían algunas editoriales y que yo iba alimentando con el paso del tiempo: en la Editorial San Pablo, la BAC Editorial Monte Carmelo, la editorial Edibesa, Ciudad Nueva…
Siempre he tratado de realizar dos tipos de vuelo: uno de altura, libros de envergadura, teológica, espiritual y patrística (Jean Galot, Edouard Glotin, Klemens Stock, James O'Connor, Gustave Thibon, obras completas de Joseph Ratzinger —5 volúmenes en la BAC— san Ambrosio, Rufino de Aquileya); y vuelo rasante, libros sencillos para el pueblo de Dios (piedad, textos de santos…). La temática del Corazón de Cristo ha ocupado miles de horas de mi trabajo.
Últimamente, llevo años dedicado con intensidad a publicar obras del que fuera gran maestro de vida espiritual, el P. Luis M.ª Mendizábal, SJ.
-La primera vez que traduje la autobiografía de San Ignacio al castellano de hoy, la publiqué en Editorial Monte Carmelo. Con el tiempo fui mejorándola y profundizando ese texto tan bello, que expliqué frase a frase en una de mis obras preferidas, "El peregrino de Loyola. La "Autobiografía de san Ignacio de Loyola, escuela de discernimiento espiritual", publicada en la BAC, fruto de 40 años de lecturas ignacianas.
Hay muchos proyectos que se cocinan en el comedor del colegio donde vivo. Surgen proyectos, propuestas… y Miguel Ángel Blázquez tuvo que ver con el proyecto de este libro que traemos. Acariciaba hacer ediciones limitadas y numeradas de algunas grandes obras de la historia de la humanidad. Fue entonces cuando le ofrecí rehacer esa edición que me había acompañado durante años, pero sugiriéndole que la enriqueciera con la inserción de los grabados de Pedro Pablo Rubens, que el pintor había dibujado, siguiendo todo el itinerario de la vida del santo de Loyola.
Aquella edición numerada, creo que eran 33 en números romanos y 600 en números árabes, llegó, ante todo, al papa Francisco, con el número uno romano, y luego a otros obispos y cardenales y jesuitas amigos míos, además de mis hermanos y familiares, por supuesto. Lo regalé ampliamente porque siempre he creído que la autobiografía de San Ignacio es una escuela para la vida cristiana, es una escuela de discernimiento. No se trata tanto de una cronología de datos biográficos. Los primeros jesuitas (Nadal y Luis Gonçalves da Câmara) pidieron a san Ignacio que les relatara cómo Dios le había ido llevando a lo largo de su vida. Este es el mensaje que tiene también para el elector de hoy: cómo Dios puede irnos llevando desde las enseñanzas sabias que se transmiten en el "Relato del peregrino".
-Como digo, el relato del peregrino es una enseñanza de cómo Dios fue llevando a san Ignacio a lo largo de su vida. El santo deja caer muchos elementos de discernimiento. A veces se equivocó en sus decisiones, y aprendió de ello; otras lo vio claro.
En medio del mundo que vivimos, de bombardeo constante de noticias, imágenes y de confusión, creo que lo que más tiene que enseñarnos a todos san Ignacio es a discernir para no dejarnos llevar por vientos de modas, de doctrinas, de confusión en definitiva.
La lectura vale para todos. Inicialmente estuvo dirigida a los jesuitas, pero el potencial de enseñanza es maravilloso para todo tipo de personas que quieran abordar con fruto la lectura de este breve libro.
-Siempre me ha gustado mucho la literatura del siglo XVI, nuestro siglo de oro, especialmente los autores espirituales: san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, san Juan de Ávila (cuyas obras traduzco también, desde hace años, al castellano de hoy). He sido consciente de que no son libros al alcance de todos, porque la lectura no es fácil.
En mis años de seminario, había leído alguna traducción al castellano de hoy de Martí Ballester ("El Cántico espiritual", La llama de amor viva, ambos de san Juan de la Cruz) y recuerdo que me hizo mucho bien. Después fui al texto original y me enriquecí más todavía. El criterio de la actualización es el texto al que desde los 14 años me he dedicado a leer a fondo: san Ignacio en todos sus escritos. Constituciones, Cartas, Diario espiritual, Ejercicios espirituales; leer, estudiar y empaparme, como por ósmosis, con el personaje. Esto es lo que me ha permitido comprender el texto de la Autobiografía y, además, traducir algunos vocablos incomprensibles para el hombre de hoy; igualmente, y sobre todo, articular mejor la frase que en san Ignacio normalmente es muy dura (hipérbaton, lugar del verbo…), porque él no era un gran conocedor del castellano. Hay una actualización en la parte literaria y, en algunos casos, una facilitación de la comprensión espiritual del texto, pero siempre con la máxima fidelidad al santo, aunque eso no signifique literalidad.
-Yo creo que nos presentaría, como por otra parte lo hace en todos sus escritos, la imagen de un hombre nuevo. De su mundanidad y sus crisis, experimentó cómo la gracia de Cristo, en su conversión, le hizo descubrir una humanidad nueva.
La humanidad de muerte que vivimos, la cultura de la muerte, las ideologías antihumanas que nos amenazan, solo pueden tener solución desde el misterio de Cristo, que, como dice el Vaticano II «revela al hombre el misterio del hombre y su vocación». Esto es lo que San Ignacio de Loyola vivió y experimentó desde sus días de Loyola hasta Manresa y París… y hasta el final de sus días.
Es lo que, en definitiva, hizo descubrir a sus primeros compañeros, algunos de los cuales, como san Francisco Javier, destacaban por una inteligencia aguda y buscaban medrar dentro de la Iglesia. San Ignacio le rescató de esa situación con aquella frase famosa: «¿De qué te sirve ganar el mundo entero, si pierdes tu alma?». Allí ganó un santo y también a otros que estaban en el colegio de Santa Bárbara: san Pedro Fabro y otros que, sin ser santos, sirvieron profundamente a la Iglesia, por ejemplo, el P. Laínez y el P. Salmerón, que contribuyeron con su saber teológico en las sesiones del Concilio de Trento.
-No da igual un libro que otro. Cuando Miguel Ángel Blázquez hizo la edición limitada del "Relato del peregrino", no fue un impresor más haciendo libros, sino un artesano del libro. Basta ver la portada que tiene relieve: hizo que el emblema de la Compañía de Jesús fuera en relieve en el centro de la portada.
Ya eso tiene un atractivo inmenso para el que ve y toca el libro. Pero si a eso se añaden los dibujos de Rubens sobre la vida de San Ignacio, entonces la belleza inunda el libro. No siempre es fácil combinar impresión y belleza por los costes que esto implica, pero cuando se puede hacer, es de agradecer al editor.
Supone una gozada tener una obra de artesanía en las propias manos. El que lea este libro podrá combinar la lectura de texto con la visión de esos maravillosos dibujos del gran artista.