Religión en Libertad

Palafox, la primera globalización y Jefferson: nadie va a conquistar a los chinos

Eric‑Clifford Graf redescubre a Palafox en "La conquista de la China" como clave para pensar hoy libertad y fe.

Eric‑Clifford Graf, editor de la nueva edición de

Eric‑Clifford Graf, editor de la nueva edición de "La conquista de la China" de Juan de Palafox y Mendoza (Bookman, 2026).

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La nueva edición de "La conquista de la China" (Bookman, 2026) devuelve a primer plano a Juan de Palafox y Mendoza, hijo natural convertido en obispo, virrey de Nueva España y beato, que reformó Puebla, defendió a los indígenas y dejó una obra inmensa de gobierno y de pluma. 

En este libro, escrito a mediados del siglo XVII, entre Nueva España y El Burgo de Osma, Palafox mira desde su experiencia americana hacia la caída de la dinastía Ming y la conquista manchú, y convierte aquella “primera globalización” hispana en un laboratorio para pensar el hundimiento de los imperios, la economía, la misión y la libertad. 

Su editor, el hispanista Eric‑Clifford Graf, sostiene que estamos ante una novela ejemplar “a lo divino”, eslabón entre Cervantes y el liberalismo moderno, que ayudó a formar a Jefferson y sigue interpelando hoy sobre evangelización, ritos religiosos, mujeres, constituciones, raza, poder político y belleza cristiana.

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-Palafox presenta la caída de los Ming como una crisis mundial, un laboratorio del hundimiento de los imperios. ¿Qué le interesó de esa lectura “global” que hace La conquista de la China?

-Me interesaron las sintonías que lleva esa meditación de Palafox sobre la primera globalización, la hispana si somos sinceros, y la segunda, la actual. Luego, la influencia que tuvo en Jefferson, el fundador intelectual de EE. UU. Esa influencia me parece cada vez más contundente. Ah, y también me parece fascinante la teoría monetaria que se articula en el libro (que también parece haber influido en Jefferson).

-Palafox escribe como obispo y como estadista, no solo como narrador. ¿Cómo se nota en el libro que habla un gobernante cristiano preocupado por el destino de los pueblos?

-Creo que la religiosidad de Palafox se ve de manera indirecta por todas partes. Su preocupación por las mujeres tártaras y chinas se hace eco de la situación de la mujer en México y Europa. Y, como tuvo mano en la edición de las cartas de santa Teresa, no son separables su preocupación por las mujeres y su relación con el misticismo español. Por otra parte, hay señales más directas: se identifica con Ezequiel, cita a san Jerónimo, expresa respeto por los jesuitas e incluso tiene un calco moral muy interesante sobre Maquiavelo, con quien también se identifica en parte.

-Palafox se mete de lleno en la controversia de los ritos religiosos y en la evangelización. ¿Qué huella de ese debate sobre cómo anunciar a Cristo se percibe en esta obra?

-Como señalé en la respuesta anterior, expresa respeto por los jesuitas en la conquista de la China, casi como si dijera que “en la frontera sí que son unos valientes, aunque hay unos corruptos ya en México aprovechándose de sus privilegios impositivos”, etc. O, si somos más atrevidos, incluso parece que hay algo de “mea culpa” aquí. Pues hay remordimiento también respecto a Escalona, a los portugueses e incluso a los negros. Por cierto, la mayor lección teológica está en el inicio del capítulo XVI, donde nos habla de la abstinencia como una especie de meditación sobre el derecho natural (a lo Grocio).

-Palafox ve a todo el mundo capaz de acoger el Evangelio y también la libertad. ¿Qué nos dice hoy esa esperanza sobre la evangelización y la libertad religiosa?

-Quizás la mejor manera de pensar en este asunto es considerar la ironía del título. Desde luego que nadie va a conquistar a los chinos. Mejor dicho: solo los chinos van a conquistar a los chinos. De hecho, el narrador ironiza sobre la situación cuando dialoga con un chino cristiano. Es un capítulo fascinante, sobre todo en el contexto de la evangelización.

-Este libro está “entre la historia y la política”: crónica y reflexión sobre poder, justicia y tiranía. ¿Es también, ante todo, una novela?

-Discrepo: esta obra es una novela en el sentido muy técnico cervantino, novela ejemplar y repleta de alusiones abiertas a Don Quijote de la Mancha. Abordo el tema en el ensayo que he escrito al final de la obra, página 242. Una manera de pensar en el libro sería como una novela “a lo divino”. Si no me acuerdo mal, hacia finales del siglo XVI ya hubo versiones “a lo divino” de la obra de Garcilaso. Pues Palafox hace algo parecido con Cervantes. Hace más, claro, pues escribe su propia novela, pero también es claro que le da más toques religiosos y políticos, como era de esperar.

-Usted presenta a Palafox como puente entre la escolástica y los liberales modernos. ¿Dónde se ve mejor esa nueva manera de pensar economía, libertad y poder?

-Ese salto del escolasticismo hacia el liberalismo —y, viceversa, la temática escolástica que les interesaba a los liberales— se ve, por ejemplo, en todo el énfasis en la economía que predomina en el libro. La descripción de las recesiones en las repúblicas portuarias de Oriente, la lección final sobre el valor subjetivo en torno a los sombreros de los chinos, la meditación sobre la política impositiva del nuevo emperador, etc. De hecho, el real de a ocho representa una fe (Rousseau), la civilización contra la barbarie (Jefferson) y, por ende, llega a tener casi el papel de personaje metafísico (Palafox). Otro ejemplo: esa imagen del real de a ocho que emerge de la de la pareja imperial en el bosque, en el segundo capítulo.

-Muchos conocen a Palafox solo como beato y reformador. ¿Por qué esta novela es una “puerta privilegiada” a su alma sacerdotal y a su pensamiento político?

-Vuelvo a lo de la novela. La ventaja de la novela es precisamente su incertidumbre y su superávit de temática. A nivel teórico, la novela permite más experimentación ideológica y más creatividad artística. Apuleyo la describe como “el arte de saltar” o algo así. Cervantes la describe como una mesa de trucos en la plaza de la república. Kundera la define como una máquina de pensamiento. Pues las contradicciones del narrador de "La conquista de la China", sus meditaciones sobre el comercio, la teología, la sexualidad, la igualdad, etc., las alusiones que Palafox hace a sí mismo (“trompeta bastarda”, Aragón vs. Castilla, etc.), incluso un posible gesto alegórico hacia Olivares: todo eso hace de este libro un texto único y provocador en cuanto al pensamiento político del beato. Solo agregaría que hay algo de “puerta privilegiada” también en la belleza de la obra. Muy Concilio de Trento eso, si lo pensamos bien: “No infravaloremos la hermosura”. Digamos también que confío en la estética y la moral de la aristocracia francesa en torno a 1785, esa aristocracia que recomendó a Jefferson que leyera "La conquista de la China".

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