Religión en Libertad

Marcos Pou: un “sí” que sigue encendiendo vidas

Seminarista barcelonés muerto diez días después de entrar en el seminario.

Alfonso Calavia Arespacochaga, profesor y amigo de Marcos Pou en Comunión y Liberación, autor del libro-testimonio.

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El 23 de febrero de 2015, cientos de personas abarrotaron la iglesia de la Bonanova en Barcelona para despedir a Marcos Pou, seminarista de 23 años muerto en accidente de tráfico diez días después de ingresar en el Seminario Conciliar, tras licenciarse en Física.

Alfonso Calavia Arespacochaga, un amigo suyo que pertenece también al movimiento de Comunión y Liberación y es el autor de "No hay amor más grande. La vida de Marcos Pou" (Ediciones Encuentro, 2 de marzo), rescata en este libro sus diarios, cartas y testimonios para responder a Giussani: «¿Creéis que el mundo necesita algo distinto del testimonio de esa intensidad inconcebible de vida?». Así muestra cómo la fe abraza estudio, amistad, misión y dolor, invitando a descubrir que Cristo hace real para lo que fuimos creados.

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-¿Cómo describe el momento clave en el colegio Abat Oliba donde Marcos descubrió que la fe no era mera moralidad, sino un atractivo humano total?

-El momento esencial no fue un fogonazo sentimental, sino encontrarse con profesores distintos, que decían y hacían cosas distintas; le atrajo mucho esa diferencia. Marcos Pou venía de probar la lógica de encajar, gustar, moverse en el ambiente de la imagen y la fiesta y, aunque por fuera parecía suficiente, por dentro no era así: deseaba algo más, una felicidad que no fuera pasajera. Entonces aparecieron en el nuevo colegio personas concretas —profesores y amigos— que vivían con una libertad y una alegría que le llamaron mucho la atención; le ayudaron a tomarse en serio sus preguntas. Para ellos la fe tenía que ver con toda la vida, desde el estudio hasta la amistad. 

»En el libro se cuenta un ejemplo muy claro: la relación con un profesor, nacida en clase y prolongada en conversaciones sobre cine y música, acabó llevándole a leer a Giacomo Leopardi; ahí Marcos se reconoció en esa idea de un deseo inmenso que no se sacia con cosas efímeras. Y lo importante es que la relación con aquel profesor le abrió la relación con todos sus amigos, a una forma nueva de estar con otros y de mirar la vida. Aquello le hizo preguntarse de dónde nacía esa forma de vivir... y empezó a pasar tiempo con esa nueva gente. Ahí estaba ocurriendo algo que merecía la pena seguir.

-En el libro, ¿qué rol jugó el viaje a Calcuta en 2011 en el despertar de su pasión misionera?

-El viaje a Calcuta en 2011 fue un momento importante que hizo crecer en él la disponibilidad misionera: antes incluso de salir, aparece en Marcos la pregunta seria de si el Señor podía pedirle quedarse, como si intuyera que allí no iba solo a ver o a hacer cosas, sino a dejarse conducir por un plan que no era el suyo; en este sentido, es especialmente bonita la conversación que tiene con su madre mientras hace la maleta antes de irse. Ya en Calcuta, el papel decisivo lo juegan dos experiencias concretas: la primera, el contacto con una pobreza que no es estadística, sino rostro, mirada, grito, que rompe cualquier romanticismo y le obliga a mirar de frente qué significa que una vida importe; la segunda, el descubrimiento de la obra de las Misioneras de la Caridad —fundadas por Madre Teresa de Calcuta— como un oasis de belleza y ternura en medio del abandono: su trabajo diario (por ejemplo, en la casa de enfermos de tuberculosis a las afueras, limpiando y cuidando cuerpos muy deteriorados) le enseña que la misión es entregar la vida sostenido por el Señor. 

»Y hay un episodio muy elocuente: el encuentro con un hombre (rescatado tiempo atrás por las hermanas) que cuida a los enfermos con una delicadeza impresionante y explica que lo hace porque antes lo hicieron con él; a Marcos se le queda grabada esa lógica de una misericordia que se transmite y genera una vida nueva.

-¿Qué testimonios de amigos destacan en el libro sobre cómo Marcos integraba la fe en lo cotidiano, como proponer Laudes antes de estudiar o tocar la guitarra en cenas?

-En el libro aparecen muchas situaciones que muestran que Marcos no añadía la fe a la vida como si fuese una pegatina: la vivía de manera unitaria, sin compartimentos. Empezó a vivir como había visto en sus profesores del colegio, con la alegría de descubrir que la fe tenía que ver con todo. Por ejemplo, en unas prácticas nocturnas de Astronomía (porque estudiaba Física en Barcelona), un amigo se quedó impactado al ver que Marcos, mientras trabajaba, estaba en diálogo con Dios: le sorprendía esa unidad entre estudio, asombro y oración. Y cuando se iba a estudiar con los amigos de Comunión y Liberación algunos fines de semana, se veía lo mismo: cada uno estudiaba lo suyo, pero se cuidaban el silencio y el horario, y era natural terminar yendo a misa como parte del mismo camino con el que afrontaban los libros. Marcos insistía: si estar juntos no ayudaba a estudiar de verdad, era perder el tiempo. En esta línea es impresionante el testimonio de su amigo Javi: contaba que un domingo iban tarde a misa y, aunque “no pasaba nada”, Marcos le propuso rezar Laudes en voz alta mientras él conducía la moto; también que, antes de dormir, se arrodillaba ante una imagen de la Virgen para rezar tres Avemarías por lo que llevaba en el corazón, y luego escribía en su diario como diálogo con el Señor para reconocer lo que Él había hecho durante el día. Y esa misma fe encarnada se transparentaba en la amistad. 

»En el capítulo correspondiente aparecen ejemplos preciosos de su relación con Jordi e Igna, y del grupo de WhatsApp que compartían —“Lord Hooligans”—, donde se ve esa mezcla tan suya de profundidad y alegría: después de un día duro o de un desánimo, se ayudaban a volver a la memoria de Dios y acababan desbordados de gratitud. Algo parecido pasaba en lo más cotidiano: en una cena más bien gris se sentó con los que solían quedarse al margen para que nadie se sintiera fuera; después acabaron cantando en un parque y alguien le escribió reconociendo en su modo de estar una ternura que no era “suya”. Por eso la guitarra y el canto no fueron un adorno: se empeñaba —aunque le costara— en preparar cantos con sus amigos, porque la belleza era esencial; incluso en un viaje de estudio propuso cerrar cada día escuchando una pieza musical “bella y tranquila”, para vivirlo todo más agradecidos y abiertos al Misterio. 

»En el fondo, el libro está repleto de escenas así: ponen rostro a lo que Marcos escribía en sus diarios. Es decir, lo que él vivía, los demás lo percibían en los frutos —en su modo de estar, de mirar, de acompañar—, aunque muchos no llegaran a imaginar del todo la intensidad de su relación con Cristo.

-Marcos escribía sobre la conciencia que tenía de su propio límite y de llegar a preferir a veces su ego a Cristo; ¿cómo lo afrontaba y cómo esto puede inspirar a los jóvenes de hoy?

-“El dolor como posibilidad de retomar la relación con el Señor": en el título del capítulo 10 ya se ve el corazón de la cuestión. Para Marcos, el dolor —y con él el propio límite— fue una ocasión para volver a Cristo. Por eso miraba de frente esa experiencia de preferirse a sí mismo antes que a Él, sin maquillarla ni “gestionarla” por su cuenta, sino poniéndola en relación con el Señor. Le dolía, pero no lo vivía como un escándalo que le separara; lo leía como una llamada a volver a lo esencial y a recomenzar. Su respuesta era concreta: pedir perdón, confesarse, volver a la oración y dejarse acompañar. Por ejemplo, cuando el cansancio o una noche mala le hacían más vulnerable y le costaba sostener los gestos de siempre, no se encerraba: lo ponía por escrito, lo compartía con un amigo y lo convertía en súplica, pidiendo vivirlo unido a Cristo. Y esto enlaza con lo que hemos dicho antes: igual que cuidaba el estudio, el rezo de Laudes, la misa o el diario para que todo fuese relación con el Señor, también en la caída se apoyaba en la compañía y en los gestos que propone la Iglesia para no quedarse atrapado en el ego. En el dolor físico aprendió especialmente que el límite podía convertirse en súplica, en ofrecimiento. 

»A los jóvenes de hoy les puede ayudar porque muestra dos cosas muy liberadoras: que la vida cristiana no empieza cuando eres perfecto y que la fragilidad no tiene por qué hundirte; puede ser el lugar donde Cristo se hace más real y donde se aprende a volver a empezar sin desesperar.

-Apenas diez días antes de su accidente, Marcos ingresó en el Seminario Conciliar de Barcelona tras graduarse en Física; ¿qué conversaciones o mensajes finales revelan la radicalidad de ese "sí"
incondicional al Señor?

-Diez días antes de morir, Marcos entró en el seminario de Barcelona. En las conversaciones y en los mensajes de esos días, se ve que su “sí” fue sobre todo una entrega confiada al Señor. Preparó la entrada cuidando hasta los detalles de la habitación —como el cuadro de "La vocación de san Mateo"—, llevando lo necesario con una sobriedad muy suya y viviendo el paso como el inicio de una vida en la que quería aprenderlo todo de nuevo: la casa, los horarios, la convivencia, la oración. Al mismo tiempo, vivió con ternura la conversación en casa: hubo lágrimas y un dolor muy humano, el de la separación, no porque su familia estuviera en contra de su decisión, sino porque le querían; él no lo negó ni lo tapó, pero lo confió todo a Otro. Ya dentro, escribió la primera noche con una mezcla de vértigo y alegría, como quien descubre que su vida no le pertenece y, precisamente por eso, se vuelve más verdadera. Esa novedad se le hizo concreta en gestos sencillos del seminario —la convivencia, la caridad— que él leía como el lugar privilegiado donde el Señor le estaba educando. 

»En un correo a un amigo, insistía en que Cristo era real y valía la pena darle toda la vida, y que esa radicalidad se jugaba también en lo pequeño —vencer la pereza, obedecer en lo concreto, aprender lo que hiciera falta—. En mensajes cotidianos,, siguió leyendo todo como ocasión de reconocer al Señor: la convivencia y también las dificultades o el dolor, sin vivirlo como un “me he equivocado”, sino como un caminar instante a instante; y en uno de esos mensajes finales lo dijo con palabras muy sencillas: que lo importante era “responder” donde uno estaba, y que, en el fondo, “todo es gracia”.

-Como amigo cercano en Comunión y Liberación, ¿cómo obtuvo la confianza de la familia y amigos para reunir diarios, correos y testimonios, y qué criterio usó para seleccionar fragmentos que muestren su "humanidad grande”?

-Creo que la confianza vino, ante todo, de una evidencia compartida: la gracia concedida a Marcos la habíamos visto todos, su familia y sus amigos. Cuando en la vida de alguien sucede algo grande, es relativamente fácil reconocerlo... y también intuir que merece ser contado. Desde ahí, mi papel no fue “construir” un relato, sino ponerme al servicio: pedir permiso, escuchar, respetar los tiempos y, sobre todo, dejar claro desde el principio que el libro quería hacerle hablar a él. En el prefacio cuento que, gracias a esa confianza, pudimos acceder a un material enorme —diarios manuscritos, cartas, mensajes, correos, grabaciones y testimonios— que había sido cuidadosamente conservado y que se trabajó con la delicadeza que exigía. Dentro de todo, tuvo un peso especial "Mi historia", un texto escrito por el propio Marcos como memoria agradecida de lo que Dios había ido haciendo en su vida. Y sí, el criterio de selección fue exigente.

»En primer lugar, a nivel intelectual, porque no fue fácil ordenar todo el material y decidir el hilo narrativo; pero también —y diría que todavía más— humanamente, porque para escribir sobre la vida de una persona como Marcos, yo mismo tenía que tomarme en serio la experiencia cristiana que vivo: solo viviendo en el presente de Cristo podía empezar a comprender —aunque fuese de lejos— la hondura de lo que Marcos vivía. Y aun así, muchas cosas siguen siendo un gran misterio. De hecho, aunque yo era amigo suyo, al leer sus diarios descubrí muchos aspectos que no podía ni imaginar: se veía en vida su relación intensa con el Señor, pero había más; y creo que precisamente porque yo también he probado ese “más”, pude reconocerlo sin reducirlo y hablar de ello con respeto. 

»Vuelvo a agradecer de corazón a la familia y a la "Asociación Amigos de Marcos Pou" la lectura y corrección del manuscrito: su mirada fue fundamental para afinar el texto y acercarme con verdad a la vida de Marcos. Varios miembros de la Asociación han hecho un trabajo impresionante, absolutamente esencial para que este libro pudiera existir: la recopilación paciente de textos y testimonios de amigos, la transcripción de audios, la ordenación y revisión de los escritos de Marcos y toda la labor de corrección y puesta en claro del material, que permitió que yo pudiera trabajar con fidelidad y con libertad sobre una base muy cuidada.

-Con el auge de la "Asociación Amigos de Marcos Pou", el documental "El sí de Marcos" y este libro póstumo, ¿qué espera que provoque en los lectores, especialmente en un mundo que duda de
la intensidad cristiana?

-Lo que yo deseo no es provocar un “fuego artificial”: algo que impresione un rato y luego deje al lector desanimado al compararse (“Yo nunca podré ser así”). Quiero más bien lo contrario: que se entienda que lo que pasó en la vida de Marcos no son cenizas, sino una experiencia que se puede revivir hoy, en la Iglesia, allí donde Cristo sigue saliendo al encuentro de la gente. Que se puede recorrer el camino que Marcos hizo con sus amigos. Por eso, al final del prefacio cuento un episodio que me sucedió dando clase. Estábamos trabajando los grandes textos de la literatura y una alumna se quedó sorprendida. Dijo, más o menos: “Lo que cuentan estos libros no se ha quedado en sus páginas. Esto se puede vivir hoy”. Y puso ejemplos muy concretos: la intensidad de vida del Don Quijote de la Mancha, la certeza de la vida eterna de Jorge Manrique o el amor del Cid por doña Jimena. Entonces entendió que lo importante no era una admiración paralizante, sino una pregunta viva y una posibilidad concreta. Y ahí apareció en su presentación la frase decisiva: “Las puertas están abiertas de par en par”, dijo delante de sus compañeros. Esa chica había encontrado en el colegio un grupo de profesores cristianos en los que veía que todo eso que contaban los grandes libros era posible hoy. 

»Si algo quiero que este libro provoque es justamente eso: que un lector se atreva a creer que esa intensidad nace de una vida tocada por Cristo. Que se puede acercar con sencillez y mirar su propia historia sin miedo. Y pienso que Marcos será el primero en alegrarse de haber sido instrumento para que otros descubran que el cristianismo no es una idea bonita, sino una historia de amor a la que todavía hoy se puede pertenecer. «¿Creéis vosotros que el mundo necesita algo distinto del testimonio, de la luz o del calor de esa intensidad absolutamente inconcebible de vida, de esa redención de la nada, de la mezquindad, de la contradicción, de la muerte?», pregunta Luigi Giussani, fundador del movimiento de Comunión y Liberación. «Cristo es Dios porque ha vencido a la muerte». La vida de Marcos Pou ha sido —y sigue siendo— para muchos una respuesta concreta a estas palabras. Ojalá que este libro acerque a muchos la vida de Marcos y su amor por el Señor.

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