Religión en Libertad

La fuerza de la fe: Ana Cuenca

Un testimonio de amor y esperanza en medio del sufrimiento

Ana Cuenca (Foto: Cesión de Javier García, 'Ongaku')

Ana Cuenca (Foto: Cesión de Javier García, 'Ongaku')

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En un mundo donde el sufrimiento y la desesperanza pueden parecer abrumadores, Ana Cuenca es un faro de luz y esperanza. A sus 33 años, esta joven miembro del Camino Neocatecumenal ha vivido una experiencia que la ha llevado a descubrir el verdadero significado de la fe y el amor de Dios. 

En esta entrevista, Ana comparte su historia de lucha y superación, y nos muestra cómo la oración y la confianza en Dios pueden transformar incluso las situaciones más difíciles. Su testimonio es un mensaje de esperanza para todos aquellos que están pasando por pruebas similares, y nos recuerda que con Dios todo es posible.

- Ana, ¿cómo fue el proceso de llegar a entender que "si tienes al Señor, lo tienes todo" en medio del sufrimiento y la lucha que experimentaste después de la enfermedad a los 16 años?

-No fue algo mágico, de la noche a la mañana, sino que fue un proceso gradual en el que fui entendiendo mi historia, esta se fue iluminando con ayuda del Señor. 

»Al principio de la enfermedad tuve depresión porque no entendía nada, pero poco a poco el Señor me fue demostrando que con Él todo se puede, que si yo me dejaba, Él me iba a dar las fuerzas para afrontar todo lo que fuera viniendo y que fuera de Dios no hay nada que pueda llenarme.

-¿Cómo ha sido para ti la experiencia de sentir la intercesión de la Virgen María en momentos clave de tu vida, y cómo ha influido en tu relación con ella?

-La Virgen María siempre ha sido para mí una madre que me ha cuidado muchísimo, si yo estoy aquí hoy en día es porque ella ha preservado mi vida. 

»Cuando estaba en medio de la depresión, nada tenía sentido y quería acabar con todo, pero cuando no podía más, estando en la habitación de mi hermano, alcé la vista y me encontré con un icono de la Virgen y pensé: "Delante de mamá no puedo hacerlo" y dejé mi intento de acabar con todo.

»También cuando entro a quirófano o a pruebas complicadas, veo que la Virgen me acompaña; siento que ella me da la mano y que no estoy sola a pesar de que mi madre terrenal se haya quedado a las puertas del sitio donde yo esté. La Virgen es quien se “cuela” en todos esos sitios en los que mi familia y amigos no pueden acompañarme y me cuida y me da paz.

»Para mí, la Virgen es una madre que está en todas partes y me cuida siempre. Tengo muy presente el rezo del rosario porque me ayuda mucho y además, yo siempre digo que una madre es una madre y que cuando quieras pedir algo, acudas a la Virgen porque una madre no puede negarse ante las peticiones de sus hijos.

Virgen de los Desamparados (

Virgen de los Desamparados ("Geperudeta"), patrona de Valencia

-En tu testimonio, mencionas que "sin oración no puedo nada". ¿Cómo ha cambiado tu vida de oración desde que la enfermedad te llevó a una lucha con el Señor, y qué papel juega la oración en tu día a día?

-Antes de estar enferma, mi vida de oración se reducía a rezar por la noche, rezar laudes los domingos en familia, ir a misa, rezar en situaciones especiales y poco más. Pero justo cuatro meses antes de estar enferma hice el Camino de Santiago y allí descubrí la importancia de la oración, y más concretamente del Rosario.

»Mientras caminábamos, sucedía algo muy curioso: cuando rezábamos el Rosario, el camino se volvía llano, de asfalto y fácil, y cuando dejábamos de rezar, se tornaba cuesta arriba y pedregoso, por lo que me pasé prácticamente todo el camino rezando el Rosario; era algo muy curioso, pero que siempre funcionaba. 

»En ese momento no lo supe, lo comprendí un tiempo después, pero Dios quiso mostrarme que sin oración la vida se hace muy cuesta arriba. El camino (la vida) es para todos igual, no cambia, pero con la oración puedes vivirla de otra manera y se hace llevadera.

»Hoy en día, sin la oración, mi vida no tiene ningún sentido, gracias a la enfermedad, tengo mucho tiempo para rezar, además de que puedo vivir en un ofrecimiento constante. Mi día empieza con los laudes porque sin oración veo que es imposible vivir todo esto.

»Después, a lo largo del día tengo momentos de oración personal, de rezar el Rosario, de rezo de alguna liturgia de las horas, de leer el Evangelio…

Ana Cuenca con amigos (Foto: Ana Cuenca)

Ana Cuenca con amigos (Foto: Ana Cuenca)

-¿Cómo has encontrado la fuerza para sentirte "tremendamente amada" a pesar de la humillación que a veces implica depender de otros, y qué mensaje les darías a aquellos que se sienten de la misma manera?

-Este sentirme tremendamente amada, además de sentirlo en todos los detalles que Dios tiene en el día a día conmigo, tiene su origen en un momento muy concreto de hospital. Yo tengo las venas muy mal y cuando tengo ingresos largos, todavía es más difícil canalizar venas. 

»Entonces, una noche, en uno de esos ingresos, era imposible encontrarme una vena donde poner la vía, por lo que se vinieron las tres enfermeras que estaban esa noche a mi habitación. Yo estaba con los brazos en cruz y las piernas estiradas mientras ellas buscaban un lugar donde pincharme. 

»De pronto, no sé por qué me acordé de Jesús, quien había estado en la misma posición mientras le clavaban los clavos, y rompí a llorar. Las enfermeras intentaban tranquilizarme, pero yo les dije que no era porque tuviera miedo. Mis lágrimas eran porque en ese momento había caído en el tremendo amor que Dios me tenía para que su propio hijo se dejara clavar en la cruz por mí, mientras yo me lamentaba por unas simples agujitas. 

»Desde entonces el Señor me regala tener presente este momento y saber que soy muy, muy querida por Él.

Ana Cuenca y su familia (Foto:  Ana Cuenca)

Ana Cuenca y su familia (Foto:  Ana Cuenca)

-¿Qué significa para ti ser un instrumento del Señor para llevar su amor a los demás, y cómo te ha cambiado esta conciencia de ser elegida para esta misión?

-Dios actúa a través de las personas; Él no hace grandes “trucos” para hacerse presente, sino que nos utiliza a nosotros mismos para llevar su amor a los demás

»Yo siempre había querido ser familia misionera para darle a conocer, pero veo que a través de la enfermedad mi conciencia de esto ha cambiado y se me ha hecho más presente que cada uno de nosotros tiene que poner su granito de arena en esta tarea. 

»Dios no nos pide grandes cosas, sino simplemente que seamos testimonio de su amor en medio de este mundo, y en mi caso concreto es mediante la enfermedad. Dios me pide que los demás se cuestionen por medio de mi modo de vivir. 

»Creo que se trata de llevar esperanza y demostrar que con Él la vida se puede llevar de otra manera. Los hospitales son lugares muy tristes y donde se viven situaciones muy difíciles, y mi tarea es llevar allí su esperanza, hacer que los médicos y las enfermeras se planteen qué hay diferente en mi vida para poder vivir de esta manera en medio del sufrimiento. 

»Simplemente la sonrisa y el agradecimiento con que vivo todo ya les hace interrogarse, porque muchas enfermeras y médicos me lo han dicho. Y cuando me piden razones de por qué lo vivo así, no dudo en hablarles de mi fe, ya que nunca sabes quién puede necesitar una palabra de aliento o si esa conversación puede cambiar la vida de una persona.

Ana Cuenca y amigos (Foto: Cesión de Javier García, 'Ongaku')

Ana Cuenca y amigos (Foto: Cesión de Javier García, 'Ongaku')

-En tu llamada a los jóvenes, les invitas a "abrir las puertas al Señor" y a no tener miedo. ¿Qué consejos les darías a los jóvenes que están luchando con la fe o que se sienten alejados de Dios?

-Que no tengan miedo de lo que el Señor les pueda pedir, que se abran a Él sin restricciones porque Dios no te roba la vida sino que te la da. Cristo no vale la pena, vale la vida entera.

-¿Cómo has encontrado la felicidad en medio del sufrimiento, y qué mensaje de esperanza les darías a aquellos que están pasando por pruebas similares?

»Abriéndome a su gracia y dejando que Él me utilice para lo que quiera. Cuando te abres a Dios, Él te regala vivir en el agradecimiento y ser feliz y entonces vives de otra manera.

»A los que pasan por algo similar les diría que no tengan miedo de nada porque si tienen a Dios con ellos, todo puede vivirse, y que incluso lo peor que podemos vivir humanamente, que es la muerte, con Él es un regalo porque es pasar a la vida eterna, que es para lo que todos estamos hechos. 

»La enfermedad no tiene la última palabra; Dios cuida de nosotros y, como un padre que es, nunca nos abandona en el sufrimiento. 

Ana Cuenca (Foto: Cesión de Javier García, 'Ongaku')

Ana Cuenca (Foto: Cesión de Javier García, 'Ongaku')

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