Religión en Libertad

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Querido Teófilo,

Hemos tratado estos días de vivir los acontecimientos de la Semana Santa. Para los cristianos no son solo noticia histórica -aun siéndolo-, sino son, sobre todo, la causa y el fundamento de nuestra fe. Y ahora empezamos a vivir, a disfrutar, de la alegría pascual.

Es la Pascua de Resurrección. La Pascua florida. Por cuarenta días, hasta que Él asciende al cielo, o mejor, hasta los cincuenta, hasta que Él nos envía al Espíritu en Pentecostés, la Iglesia está alegre: ¡Ha resucitado! Durante todo ese tiempo, la liturgia de la Misa debe cantar, por dos veces, el Aleluya. Con una no llega.

Además, durante los siete días siguientes, el eco constante del “primer día” resuena en la liturgia. Es tan grande lo que ha sucedido que se necesitan siete -lo que equivale a decir siempre-, para referir ese Hecho que llena la Historia y envuelve nuestra particular historia, la tuya y la mía, que es Suya y debemos hacer que sea de todos, pues el Padre “no quiere que ninguno se pierda” (Mt 18, 14).

Los cuatro Evangelios se esfuerzan por relatar las apariciones de ese día: a la Magdalena (Jn 20,11); a Pedro (Lc 20,34); a los de Emaús (Lc 24,13 ss.) ...por fin, al caer la tarde, a los discípulos reunidos en el Cenáculo (Jn 20,19 ss.).

Además, nosotros sabemos -con más certeza que si lo hubiesen narrado los cuatro evangelistas-, que esa mañana de gozo y carreras, de asombro y consuelo, se apareció a primerísima hora y sin testigos, a su Santísima Madre. No podría ser de otra forma. Ella siempre conservó ese encuentro en lo más íntimo de su corazón.

Pero, aun siendo emocionantes todas las apariciones del primer día, a mí me conmueve, especialmente, la postrera. Esa que Juan califica como, “la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos” (Jn 21,14). Los versículos del último capítulo del Evangelio de San Juan -Jn 21,1 a 25- relatan el hecho con todo detalle.

Cuenta Juan que estaban juntos Simón Pedro y Tomás, Natanael y los Zebedeo y otros dos discípulos.

Yo te propongo, querido Teófilo, que seamos tú y yo esos dos discípulos innominados. Así, podremos seguir la escena de cerca. Mejor aún, podremos vivirla como protagonistas.

Simón nos dice:” Voy a pescar” ...y los demás, al instante, decimos:” vamos también nosotros contigo”.

Cómo no recordar aquí las palabras del Señor a Pedro, después de la primera pesca milagrosa: “No temas, en adelante serás pescador de hombres” (Mt 5, 10). Cómo no recordar también, el primado de Pedro concedido por Cristo después de la confesión en Cesárea de Filipos (Cfr. Mt 16, 18 y 19).

Pedro, antes pescador y ahora pontífice, va a faenar. Se encamina a realizar su tarea material, santificando el trabajo y, al tiempo, se dispone a cumplir con su misión espiritual, evangelizando a los hombres.

Bregamos toda la noche. Fue una noche larga y oscura, esforzada y solidaria. Trabajamos codo con codo...pero sin fruto.” No cogieron nada “(Jn 21,4). “Señor, ¡qué cansados estamos!”.

Sin fuerzas, regresamos a tierra. Sin Ti, Señor, todo es baldío. Nada es igual que cuando venías con nosotros. Debes ser Tú quien venga en la barca y quien diga cuando deben echarse las redes.

Es ya el alba. Está para clarear el día y la noche se rompe. Y nosotros, rotos también, con las redes vacías, queremos reposo y miramos la orilla.

A lo lejos divisamos un hombre, que desde la arena nos dice:” Muchachos tenéis algo que comer”. Nosotros nos miramos las manos: no tenemos nada, sólo el deseo de compartir. A Él… eso sólo le basta. Por ello nos dice: “Echad la red a la derecha y hallaréis”.

En las empresas divinas, y también en las humanas, que importante es que sea Él quien nos diga hacia dónde debemos echar nuestras redes. Para saberlo sólo tenemos que oírlo. Y para oírlo, las más de las veces, ni siquiera tenemos que preguntarlo.

Cómo allí, en la orilla del mar de Galilea, el Señor se adelanta. Ve nuestra necesidad y se apresura a remediarla. No hace falta pedirlo. Sólo es necesario estar dispuesto a escucharlo. El Señor nos habla en el silencio de la oración. Después...basta confiar en su Palabra.

Y, lo que era imprevisible, lo que iba contra todo pronóstico -era de día y debe pescarse de noche; estábamos cerca de la playa y ahí no hay peces...- se hace granada realidad. “No podían arrastrar la red por la multitud de peces “.

Ahora, de nuevo, nuestra labor se vuelve fecunda. Con Él todo se transforma.

Uno de los nuestros lo reconoce. Es el discípulo amado. Sin duda, también, es el discípulo amante. Es el amor que descubre al Amor.

Y Juan dice: “Es el Señor”. Y Pedro, corazón vehemente, se arroja al mar y gana a nado la orilla. Era tanto su ardor, que no pudo esperar a los otros. Cuando llegan todos, el Señor había preparado unas brasas. Sobre ellas, un pez. Para acompañarlo, un sabroso pan crujiente y recién horneado. Y Cristo prepara el desayuno a los suyos. Señor: ¡Tú cocinero!

Y cogemos los peces, esos que pescamos obedeciendo al Maestro, y se los acercamos a Él. Los asó y nos dijo:” Venid y comed “. Tomó el pan y un trozo de pescado y nos lo fue repartiendo. ¡El Señor sirviendo a sus siervos!

Cómo no recordar sus palabras, después del lavatorio de pies en la Última Cena, cuando nos dijo: “Vosotros me llamáis Señor y Maestro y decís bien pues lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, también vosotros os debéis lavar los pies unos a otros ... No es el siervo mayor que su señor... si estas cosas entendéis, dichosos vosotros si las ponéis por obra” (Jn 13,13 a 17).

Ese desayuno puede quedar, para siempre, grabado en la memoria. Cuando algo te turbe, cuando cunda el desánimo, cuando arrecie la dificultad de la vida o cuando el miedo te haga su presa... trasládate allí, y disponte a compartir mesa y viandas con los otros discípulos. Y mira a Pedro y a Juan… y también a Tomás que, como tú y como yo, un día dudó, pero después creyó para siempre.

Todos juntos, cansados, después de una noche de brega; disipados los miedos al verle a Él; cubiertas las necesidades con el pan y el pescado; iluminados por la luz de la amanecida que anuncia una nueva jornada; arropados por su amorosa presencia que, aunque no se ve, se siente muy cerca; y, por fin, confiados por su compañía constante “todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20), nada puede quitarte la paz. Allí, junto a ellos y con Él, siempre recobrarás la calma.

Tuyo. ¡Que Dios te guarde!

Federico Fernández de Buján

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