Jueves, 01 de octubre de 2020

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¿Gracia o Verdad?

por Kairós Blog

Desde hace algún tiempo hay un texto bíblico que me persigue de alguna manera y que está teniendo para mí un eco especial en estos momentos de pandemia que nos toca vivir. Estoy plenamente convencido de que la Iglesia post pandemia está llamada a mostrar un rostro nuevo desde un modelo de Iglesia más acorde al Corazón de Dios.

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.” (Jn 1,14-17)

Permíteme mostrarte cómo estos versículos del primer capítulo del Evangelio de Juan nos dan una pauta que es determinante para descubrir el modelo de Iglesia que Cristo pensó y puso en marcha con su pasión, muerte y resurrección; especialmente en aquel primer Pentecostés cristiano que nos relatan los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles.

La Encarnación es el gran misterio de amor de todo un Dios que se hace carne para habitar entre nosotros. ¿Qué subraya el evangelista san Juan en su prólogo acerca de esto? Que Jesucristo es el Verbo de Dios lleno de gracia y de verdad. Esto tiene una importancia mayor de la que jamás hayamos podido sospechar, ya que tan solo tres versículos después vuelve a destacar la misma idea:

“Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.” (Jn 1,17)

¿Por qué es tan importante para el evangelista poner de relieve que Jesucristo nos trae la gracia y la verdad? Porque de esto va a depender el modelo de Iglesia y la identidad de los que la integran. Jesús afirmó que no venía a abolir la ley que se dio por medio de Moisés, pero que era necesario darle plenitud y sentido; por eso debían entrar en escena la gracia y la verdad.

A veces corremos el riesgo de pensar que consiste en un equilibrio entre la gracia y la verdad, como si de una balanza se tratara. Pero no se trata de un equilibrio que debemos hacer entre una y otra sino de la plenitud y la totalidad de ambas. Porque esto es lo que nos ha traído Jesucristo, la plenitud de la gracia y la plenitud de la verdad.

Si observamos, por ejemplo, la escena de la mujer adúltera enseguida comprendemos que Jesús no está tratando de hacer un equilibrio entre la gracia y la verdad. Hay una plenitud de ambas, ya que Jesús no condena a esta mujer y tampoco le esconde la verdad del pecado que ha cometido.

El modelo de Iglesia que tenemos hoy no expresa, en términos generales, esta plenitud de la gracia y de la verdad que Cristo pensó y quiso para ella. En una parte del modelo actual de Iglesia sale perdiendo la gracia y en otra parte sale perdiendo la verdad. Esto es debido a que se busca el equilibrio y no la plenitud. Cuando tenemos muchos convencidos y pocos convertidos porque aprendimos el cómo y olvidamos el porqué, sale perdiendo la gracia. Cuando entendemos que todo es gracia únicamente y que lo importante es que la Iglesia se mueva con el mundo, sale perdiendo la verdad.

En ambos casos, seguimos atados a un modelo de Iglesia que ya no sirve para su propósito original. Se nos ha olvidado que la Iglesia nació como un movimiento para ir a todos los rincones de la tierra y llevar la Buena Noticia del Evangelio. La palabra griega que utiliza el Nuevo Testamento para expresar el tipo de Iglesia que Jesús quiso fundar es ekklesía (cf. Mt 16,18).

Esta palabra griega no era de uso religioso, ya que se refería a la principal asamblea o reunión de los ciudadanos en la democracia ateniense de la Grecia clásica, desde varios siglos antes de Jesucristo. El problema que tenemos hoy es que la mayoría de los creyentes entiende que la Iglesia se refiere a un edificio, institución o estructura. Sin embargo, su sentido original y el deseo del Maestro iban enfocados a las personas y no a las estructuras o edificios.

La ekklesía, según el Corazón de Dios, debía ser la asamblea o la reunión de los que se han encontrado con Jesucristo, organizados para salir a compartir con el mundo entero el amor de Dios que salva y sana. El problema de la Iglesia es que, una vez que se legalizó, se organizó y se institucionalizó para tener menos de movimiento y más de establecimiento y estructura.

Hoy ya no pensamos en la Iglesia como un movimiento, un mover de Dios que impulsa a las personas a salir de sí mismas para ir al mundo. Un movimiento que se reúne en base a una misma identidad y una misión única. Necesitamos preguntarnos con urgencia a nosotros mismos:

  • ¿nos estamos moviendo o solo nos estamos reuniendo?
  • ¿estamos haciendo una diferencia en el mundo o solo nos dedicamos a los que ya son miembros de nuestro club?
  • ¿estamos organizados alrededor de una misión o alrededor de un edificio o unas prácticas religiosas?

Cuando nos aferramos más a la manera de hacer las cosas que a las almas de tantas personas que se sienten perdidas, algo grave está fallando. Cuando estamos más seguros en nuestro modelo de Iglesia que en la misión hacia la que todo debe ir enfocado, algo grave está fallando. Cuando seguimos condicionando la misión a la estructura actual en vez de condicionar todo, incluidas nuestras estructuras caducas y nuestros planes de supervivencia, a la misión de Jesucristo, algo grave está fallando.

Las disputas continuas de Jesús con los fariseos, los representantes oficiales del sistema religioso, sacaron a la luz una evidencia de gran calado: el sábado estaba hecho para la gente y no al revés. Es decir, para Jesús las personas siempre son lo primero. El modelo de Iglesia como ekklesía en cuanto a su identidad y a su misión es una asamblea de personas que se reúnen como un movimiento, alrededor de una misión que supone alcanzar el mundo entero con el Evangelio.

Todo esto no significa que no pueda haber organización o cierta estructura, pero siempre que se enfoque correctamente hacia la consecución de la misión. Si nos quedamos en las formas y olvidamos su razón de ser, nos acabaremos muriendo en nuestras propias seguridades y estructuras. No se trata de movernos por movernos sino de comprender que aquello que no tiene movimiento termina sin vida y estéril.

Este momento histórico que nos toca vivir es una gran oportunidad para que el modelo de la Iglesia post pandemia ofrezca al mundo un rostro nuevo. Una Iglesia que vuelva a ser un movimiento de dentro hacia fuera para mover el mundo, por medio de pequeñas comunidades de discípulos misioneros que han descubierto una vocación que es apremiante, rompedora y verdaderamente profética.

La misión que tenemos por delante tiene que ser obra de hombres y mujeres entusiasmados y apasionados por Jesucristo, desprendidos del mundo, libres de toda consideración humana, arrebatados por el Espíritu Santo, movidos por amor a Dios y a los hermanos, dispuestos a dar la vida por estar en movimiento y llevar así la Gran Noticia del Evangelio a todos.

¡No tengamos miedo y abramos definitivamente las puertas al Señor!

 

Fuente: kairosblog.evangelizacion.es

 

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