Viernes, 22 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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Llorando por ti

por Sólo Dios basta

Termina el triduo y la fiesta de Santa Teresa de Jesús en Alcalá de Henares. En la misa de la mañana del día grande, el 15 de octubre, me apoyo en el evangelio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana (Juan 4) para recordar la importancia que tiene este relato de la Biblia en la vida y obra de la Santa de Ávila. Desde niña contempla en casa de sus padres un cuadro que recoge con todo detalle y en gran tamaño este mismo hecho. Dicho cuadro se encuentra en la actualidad en el museo del monasterio de La Encarnación de Ávila. Esta escena la hace vida en su interior y la transmite en sus escritos y en su modo de oración. Nos quedamos ahí. En el cuadro que Santa Teresa de Jesús ve, apropia y lleva a la oración desde su tierna infancia. Eso le queda marcado para siempre.

Ahora vamos a otro momento del día, no es el inicio como la misa matinal, sino el culmen de la jornada. Como “postre” a esta gran solemnidad, las carmelitas descalzas del monasterio de “La Imagen” de Alcalá donde me encuentro, me dejan después de la cena un folleto con fotos de un Cristo flagelado del que me han hablado en el recreo de la tarde. Lo tienen en la parte interna de la clausura. Me dicen que es a tamaño natural, mide 1,80 m y su autor, Luis Álvarez Duarte, ha fallecido hace poco. Es una obra maestra sin duda alguna. Por decirlo de otra manera, es algo así como el Gregorio Fernández del siglo XX.

Voy pasando las páginas, son todo fotos de diversas tomas de esta imagen imponente. Las veo con atención, las saboreo con calma y me fijo en la finura de cada pormenor. Llega el momento en que una me marca y no quiero pasar página. Es la que recoge el rostro de Cristo azotado. Sólo se ve la cara con la boca entreabierta, la barba que la envuelve, el cabello que encuadra la mirada y los ojos dolorosos. Y lo que me hace pararme en esta foto es algo muy importante: ¡Está llorando! Dos lágrimas caen sobre el semblante sufriente de Nuestro Señor. Y aún queda más. Otras dos gotas, esta vez de sangre, brotan de una herida que tiene en la mejilla. Gotas gruesas, bien marcadas, vivas, de agua y de sangre.

Hay mucho dolor. Lo tiene. Se ve con todo el realismo que muestra la escultura. Lo dice la imagen sola. No hace falta más que mirarle y todo lo que sufrimos será poco en comparación con lo que Cristo padece en su Pasión. Eso mismo que nos recomienda la Madre Teresa con asiduidad. Bueno, lo dice cuando escribe a sus monjas, pero hoy nos lo repite a todos. Ella se refiere a mirar al Crucificado, pero ahora estamos ante el Flagelado. Mirar a Cristo en la columna o en la cruz es acoger un amor inmenso con el que todo se sana y del que recibimos una fuerza para seguir en camino de un modo que no puede ser mejor. De la mano de Nuestro Redentor.

Es el día de Santa Teresa. Empezar con un cuadro y terminar con una talla. Lo importante es orar, caminar con Cristo que va a buscar agua al pozo y se encuentra con la samaritana o es azotado antes de llevarlo a la crucifixión. Esto es abrirnos a la Humanidad de Cristo que tanto remarca la Santa de Castilla en sus escritos. Acercarnos a Cristo hombre para llenarnos de su amor, de su sed, de su vida cotidiana que nos conduce al Padre. Es un camino precioso, lleno de gracia. Leer los libros de la Madre Teresa de Jesús es caminar al lado de Cristo hombre.

Y seguimos dando pasos. Vamos a mirar a Cristo; vamos a tomar como guía a Santa Teresa; vamos a dejarnos llenar de un amor divino que se hace carne por puro amor a los hombres. Esto se puede hacer con superficialidad y quedarnos como estamos o con intensidad de vida para trasformar nuestro corazón como la Santa de Ávila cuando se encuentra con un Cristo muy llagado. Aquí está en juego nuestra vida de oración. Dejemos, al modo de la mística doctora, que Dios hable al corazón de aquel que tiene sed. Estemos atentos a lo que nos deja escrito en lo más profundo de nuestro ser.

Marchemos con alegría, unidos a Santa Teresa, a buscar agua con la samaritana o a acompañar a Cristo mientras recibe el castigo atroz atado a la columna. Vamos a dejarnos tocar por un Corazón Sagrado. Vamos a dar gracias a Dios por habernos puesto en el camino a una mujer, a una santa, a una escritora y a una mística que ha llevado el nombre de Jesús allí donde han llegado sus libros, sus hijos los frailes o sus hijas las monjas. Y si unimos todo, nos encontramos con lo que sucede el día de la fiesta de Santa Teresa en Alcalá de Henares: sus hijas celebran la fiesta, sus libros son citados en la homilía de la misa y uno de sus hijos se deja mirar por ese Cristo muy llagado que está llorando por tus pecados y por los míos. Cristo llora, sus lágrimas riegan su faz y su sangre lava los pecados de la humanidad.

Miremos a Cristo. Tiene sed, va al pozo a buscar agua, se encuentra con la samaritana y habla con ella. También cuando se encuentra en los inicios de la Pasión tiene sed y ¿qué pasa? Que no puede ir al pozo a por agua, y aguarda a que se la lleves tú cuando te acerques a su lado en tu vida de oración y contemples esta escena. Mientras te espera, ¿cómo? De un modo muy singular: recibe latigazos, sangra y llora. Golpes sobre su carne, sangre derramada y agua que brota. Así está Cristo: llorando por mí y llorando por ti.

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