Miércoles, 30 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

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Amar desde la otra orilla

 

         Hace unos días me contaba Concepción[1] cómo ha pasado las Navidades en su residencia. Acaba de entrar en el año en que va a cumplir los 102. No ve nada y se encuentra del todo imposibilitada. Se lo tienen que hacer todo. A veces se pasa las horas muertas, sentada en la cama o en la silla de ruedas, hasta que alguien se compadece y la mueve un poco o la lleva a la capilla o al comedor. Mientras me hablaba este día se la veía radiante. Fui a visitarla con una amiga, que es médico, y no daba crédito a lo que veía y oía.
 
         Uno de los temas de su conversación fue describirnos cómo se lo pasa en el comedor. En cada una de las mesas comen cuatro personas. En la suya hay un matrimonio bastante joven que se ha acogido a la residencia por culpa de una diabetes aguda que padece. Ella está en silla de ruedas y él casi ciego, a pesar de que ninguno de los dos llega a los sesenta años. El otro comensal es Joaquín, un señor de poco más de cincuenta al cual, por culpa también de la diabetes, le han tenido que amputar las dos piernas. Según Concepción son personas amargadas por su enfermedad.
 
         “Yo trato de animarles, nos decía, pero tienen un problema: que no creen en Dios. Sin el Señor –continuaba- no se pueden vivir estas cosas. Tienen el alma más destrozada que el cuerpo. No obstante, yo les hablo de Dios y de lo que significa la fe para mí pero, a veces, me mandan callar con mucha violencia. Entonces, hago como que estoy enfadada, y no se pronuncia una sola palabra durante toda la comida. En una ocasión estuvimos dos días sin decir ni mu. Al tercero, el que no tiene piernas me dijo: “Concepción, dinos algo”. Yo, que lo estaba deseando, le respondí: “Si queréis os canto algún villancico que he sacado estos días”. Estaban tan aburridos y tristes que los tres me dijeron que sí. Comencé a cantar y, al poco tiempo, se animaron los de otras mesas y durante un rato lo pasamos en grande. Cantan muy mal porque son muy viejos pero, de todos modos, hubo algo de navidad y de calor entre nosotros”.
         “Ellos -seguía contándonos- no me entienden. A veces hasta les da rabia verme feliz y no soportan que llame a Dios “Mi Amado”.
 
- Éste no es un lugar para sentirse feliz -me dijo un día uno.
- Pues yo me siento muy feliz porque tengo a mi Amado siempre conmigo -le contesté.
- Pero, ¿quién es y dónde está tu amado, desgraciada?¿Quién te va a querer a ti si no tienes un centímetro de carne sana?
- ¿Sabes dónde está mi Amado?-le repliqué con fuerza. Más allá de mi carne enferma y vieja, más allá del sufrimiento y más allá de la muerte. Ahí hay un lugar donde uno puede amarse a sí mismo, a la vejez, a esta residencia, a la comida tan mala que nos dan, a todo. Entérese de que ya en este mundo existe la resurrección. Desde ese lugar yo puedo amarte a ti porque tú sí que eres un desgraciado y un amargado. Por eso te hablo tanto de Dios, porque no resisto que no te hayas enterado de nada. Seguiré rezando por ti para que, aunque pierdas esos ojos de carne por el glaucoma, el Señor te dé otros ojos interiores. Yo estoy ciega pero lo veo todo y soy feliz.
 
 
         Hay un texto en San Pablo que a Concepción le encanta, y me ha pedido muchas veces hablar de él. Es uno de los más profundos, y expresa maravillosamente esa experiencia de Concepción que podríamos llamar “vivencia de la otra orilla”. Dice Pablo: Por tanto, así como los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Cristo de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, están de por vida sometidos a esclavitud[2]. Tengo una amiga que sabe por experiencia que la fe en Cristo le da poder para vencer situaciones penosas. Ya lo tiene experimentado. Sin embargo, con el tema del tabaco no puede. Fuma a ocultas del médico porque ya le han puesto un by pass en una pierna. Si deja de fumar nota muy pronto mejoría. Pero no puede porque se siente morir. Su carne lo siente así y el demonio se lo agudiza: “Si dejas de fumar te mueres”. Por miedo a esta muerte su debilidad se pone de acuerdo con el demonio, que no quiere que deje de fumar. De este modo, el demonio se hace dueño y señor de esta muerte por la que ella no quiere pasar, utilizándola como instrumento de dominio. La consecuencia es que la mujer sigue fumando, se siente esclava de por vida y se hace cada vez más daño.
 
Lo mismo sucede en el tema del pecado en general. Si dejamos de pecar, si entregamos nuestros pecados a Cristo, nos morimos. Es como si dejáramos de ser nosotros mismos. Estamos en una cueva, atados de pies y manos, pero es nuestra cueva. Si acepto los defectos de mi marido, me muero. El miedo que brota de ahí hace al diablo señor de nuestra vida. Nos rodea con un cerco de miedo que no podemos saltar porque nos morimos. Preferimos ser esclavos toda la vida antes que ceder. Sólo Cristo puede romper este cerco y pasarnos a la otra orilla. Se trata de una liberación, de un rescate. Ahora bien, para eso tenemos que ser muy iluminados por la gracia y dejarla actuar en nosotros.
 
Los contertulios de Concepción no saben que necesitan ese rescate y ésa es su peor desgracia. El diablo, señor de esta orilla, se encarga de velar sus mentes y las de todos nosotros. Él utiliza el pecado para que nos sintamos señores de nosotros mismos y de nuestra felicidad. Es el “seréis como dioses” del principio. Pero es una falsa sensación porque la vida, a la larga, nos destroza. Los amigos de Concepción no son señores de nada. Son unos pobres, víctimas de un terrible engaño. El diablo les tiene tan encerrados en el cerco de la muerte que ni siquiera se enteran de que ya se ha pagado un rescate por ellos. El pecado de ser sí mismos se les ha metido tan dentro en el inconsciente que huyen de todo rescate y salvación. Rechazan la gracia y al Espíritu Santo.
 
Incluso con la gracia y sabiendo que ya estamos salvados nos cuesta un mundo saltar ese cerco, pues para hacerlo tenemos que aceptar la muerte a nuestro propio señorío. Cada nueva muerte que tenemos que afrontar es un morir. A mi hermana, destrozada por la quimio, cada vez que le aumentaban la dosis se le hacía imposible afrontar lo que ella llamaba “nuevos miedos”. Sólo con una gracia poderosa de Cristo se pueden afrontar estas situaciones. Él es el único que nos puede liberar de ese secuestro pero, para eso, tendríamos que renunciar a nuestro propio inconsciente de salvación tan configurado por el pecado original. De ahí que el miedo a la muerte de nuestro propio yo sea la baza del demonio porque el morir nos aterra. Ese miedo a la muerte hace al diablo señor de la muerte y a nosotros esclavos de por vida. 
        
Los comensales de Concepción se amargan por su dura situación, y con razón. El no aceptar a Jesucristo les condena a estar de por vida sometidos a un poder maléfico e invencible. No lo saben o no lo quieren saber. Sólo Jesucristo podría darles algo más allá de su situación. La palabra redención significa ser librado de ese cerco en el que están secuestrados. Para que su redención sucediera necesitarían aceptar a Jesucristo y su impotencia, para salir de su realidad enferma y ciega. Ahora bien, aceptar dicha impotencia y entregársela a Jesucristo lleva consigo morir a ti mismo, a tus soluciones, a tu esfuerzo, a tu capacidad de ser feliz por ti mismo. Esta muerte, incluso con la gracia, nos da muchísimo miedo.
 
         Ser cristiano significa dejarse sepultar con Cristo en esta muerte de la que se sale resucitado, superando el cerco y entrando en la otra orilla, como Concepción. Pero, ¿quién se cree esto? Sólo para entenderlo es necesaria ya una gran iluminación. Dichosos los que se dejan iluminar. Ser cristiano es una tarea gratuita que tú no puedes hacer. El Señor te la regala, pero le tienes que dejar hacer, lo mismo que en una operación quirúrgica. No es fácil; requiere una conversión. Yo no voy al médico porque seguro que me encuentra algo y me pone un régimen, haciéndome cambiar de vida. Prefiero seguir en mis costumbres, aunque me sienta mal. Ya sé que es un engaño, pero no me gusta morir a mí mismo. Queramos o no queramos, formamos parte del mundo, el cual, como dice San Juan[3], está sometido al poder del Maligno. En la otra orilla sólo entran los que se dejan iluminar y van naciendo de Dios, liberándose así del poder del Mal.
 
         En una residencia de ancianos, como la de Concepción, a los que viven sólo de esta orilla sabemos bien lo que les acaece: la enfermedad les amarga, el vacío los corroe, ven a los demás como enemigos. Se angustian porque sus hijos no vienen a verles ni les llaman por teléfono. Viven crispados y resentidos, sin poder replicar, aplastados por la vejez, sintiendo que no son nadie y están de sobra. A veces no quieren ser así pero la agresividad les domina, responden mal, se hacen duros y no tienen corazón para nadie. Viven para defenderse, para que no les agredan ni les hagan daño. El filósofo Sartre decía que “el infierno son los otros” y, en esta orilla, dominada por el diablo, tiene bastante razón.
 
*****
 
         Para entrar en la otra orilla se requiere renunciar a ésta y, como dice el ritual, a sus poderes y seducciones. Gracia para ello tenemos todos suficiente, porque Dios quiere que todos los hombres se salven, pero la fe para creérnoslo se encuentra con muchos obstáculos. Hoy día el demonio se ha aliado con la razón humana, a la que ha prostituido y así, ésta, en vez de ser un instrumento de salvación, da a luz un racionalismo que impide superar el cerco de esclavitud. Este tema ya tiene una historia de siglos. La rebeldía, la soberbia, el seréis como dioses se ha colocado en la razón humana. En la sociedad española de hoy padecemos esta enfermedad a tope. Multitud de personas, apoyados en un triste pero soberbio laicismo, se alimentan de antireligión, muchos de ellos por pura inercia y gregarismo, sin ser capaces de hilar y de formular la más mínima crítica al ambiente en el que se ven inmersos y les está matando.
 
          Por otra parte, el demonio reviste siempre sus obras de luz y de oropel, las llena de fantasía y modernismo, que impiden ver el cerco de muerte en el que se hunden sus adeptos. La tarea no le resulta difícil porque con ello halaga la vanidad y el sensualismo humano, inyecta sensación de libertad y fortaleza, el yo se embelesa en sus propias creaciones y se propaga una cultura que diviniza la gran trivialidad. Sin embargo, es una cultura de muerte porque engendra corazones de piedra, serviles y aborregados, que se van hundiendo con el paso de los años en una fosa de nada. Ante este tipo de gente a uno no le brota el desprecio, que sería lo suyo, sino una gran compasión de la buena que procede de Jesucristo, que ha muerto por todos. A Concepción le pasa esto último ante sus contertulios, víctimas analfabetas de este maleficio.
 
         Lo bueno que tiene este gran contraste es que los que pasan a la otra orilla son más conscientes de este hecho y de pertenecer por tanto a un pueblo de redimidos y salvados. Fueron necesarios Egipto y el Faraón para que el pueblo rescatado de las aguas se viera en la otra orilla, fue necesario el endurecimiento de los judíos para que naciera un pueblo de Dios nuevo entre los gentiles en tiempo de Pablo. La apostasía de mucha gente hoy en día es necesaria para que se vea con más nitidez el perfil del pueblo que el Espíritu está haciendo emerger como contrapunto al racionalismo ateo actual. Cuál sea el juicio de Dios sobre estos hechos y las personas implicadas no lo sabemos. Por lo que a mí toca estoy muy contento de hallarme en el lado de los que no quieren salvarse por sí mismos sino que aceptan a Jesús como salvador. Si nos fijamos bien siempre es el tema de Cristo y de su gratuidad. Él no juzga a nadie, pero unos se estrellan contra él y, a otros, los pasa a la otra orilla.
 
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Nadie piense que Dios quiere que los hombres se separen en dos bandos para premiar a unos y castigar a los otros. Ésa es una forma de pensar demasiado humana. Él siempre busca el bien de todos. Si Dios quiere que la Iglesia hoy sea aquilatada y purificada por la increencia y el laicismo reinante, busca sólo el bien de la humanidad y el progreso de la historia. La cruz hace crecer la historia. Hoy son millones de españoles los que en su trabajo y en otros ambientes se sienten agredidos en sus creencias. Es posible que España haya dejado de ser católica aunque aquí topamos con una realidad difícil de enjuiciar. Lo que sí es cierto es que los que apuestan hoy día por Jesucristo, pase lo que pase, parecen minoría.

 
         Pues bien, esto no es preocupante. El “resto” es el que siempre ha llevado la historia hacia delante. Lo importante es la calidad de ese resto. Yo considero a la Renovación parte de ese resto. La conciencia de pertenecer a un pueblo en renovación, de ser portadores de un mensaje profético, de poder amar a todos desde la otra orilla, es fundamental para los planes de Dios. Y todo esto desde la pobreza, para que nadie se confunda y, a su debido tiempo, todo el mundo atribuya la obra a Dios. La pobreza de estos elegidos que constituyen el resto incluye la conciencia clara de que nadie puede atribuirse mérito alguno. Es Dios el que lleva la historia y sólo Él posee el juicio final sobre ella.
 
         Para mí Concepción es una elegida que forma parte de un resto restísimo. Ella no sólo ha superado los defectos de sus contertulios sino la oscuridad e inoperancia de su ser ateo. Son gente tan desarraigada que sólo sirve para santificar a otros. La fortaleza, la ilusión, las ganas de vivir de Concepción, me hicieron emocionarme ante el amor que ella les mostraba. Le iba la vida en ello. Amaba a esta gente no sólo en la dimensión de la cruz sino de la gloria. Amar en la dimensión de la cruz es soportar y cargar con los defectos de los demás, amar en la dimensión de la gloria es trasmitir resurrección. Por amor a su Amado les amaba a ellos con todo su ser. La suprema entrega consiste en amar a esta gente más allá de tu muerte en el amor con que Jesucristo les sigue amando y muriendo por ellos. Me decía: “Amo a Zapatero y a todos los que persiguen a la Iglesia, porque si nosotros no los amamos, ¿cómo se van a salvar? Su juicio le pertenece a Dios. Yo no les juzgo porque Jesucristo los ama tal como son, sin esperar a que se hagan buenos para hacerlo. La desgracia es que no se enteran, pero eso no es asunto mío, aunque hago lo posible para que se les abran los ojos”.
 
         Este amor es el que construye la comunidad cristiana. Ésta sólo es posible cuando sus miembros se aman por encima de los defectos y fragilidades de cada cual. La carne avivada por el racionalismo hace difícil que se logre la comunión. Hoy todo el mundo cree tener razón. Sin embargo, hay que morir a ella, a la razón, para poder amar desde la otra orilla no sólo a los de la comunidad sino a todo ser humano. Desde la lógica y, tal vez, desde la química, Concepción no tendría por qué amar a gente tan distinta de ella, pero si fuera así, ya no sería Jesucristo el que amaría desde su corazón. Lo mismo nos ocurriría en cualquier convivencia, incluso entre cristianos. Desde lo razonable no puedo ver a muchos como santos de mi devoción. Ahora bien, Jesucristo no se identifica ni con la razón, ni con la lógica, ni con la química, ni con lo razonable; de ser así nunca le hubieran crucificado.
 
         Los signos que autentifican la comunidad cristiana son el amor y la unidad en el Espíritu. Ambos son vivencias de otra orilla, que brotan al ser vencidos el pecado y el egoísmo por la muerte al propio yo. Cuando la resurrección de Jesucristo logra unir así a personas de distinta índole se dan estos signos. Un signo es algo que llama la atención por no ser corriente. Para mí la Renovación carismática, compuesta por gente pecadora y muy del montón, ha sido signo de la resurrección de Cristo. Otros, sin embargo, se han ahogado en la sinrazón y el absurdo de tal comunidad. Yo, en cambio, pese a todo, he sentido en ella mucho amor desde la otra orilla, un amor que planea sobre nuestros defectos personales de los cuales, a veces, nos es dado reírnos. Descubrir y formar parte de una comunidad reunida por la fuerza del Espíritu es la prueba más fehaciente de que Cristo ha resucitado y sigue vivo.
 
Nota: Pocos días después de escribir este artículo, día de Jueves santo, murió Concepción Andreu. Su muerte fue una preciosidad que reseñaremos en otra parte. Uno de los que más la  acompañó en sus días finales fue Joaquín, el contertulio de la silla de ruedas.
 
 
[1] Concepción Andreu nació en 1906. Ya ha sido mencionada varias veces en estas páginas.
[2] Hebreos, 2, 14-16
[3]  Cfr.1 Jn  5, 18-21
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