Sábado, 07 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Cantar desde la otra orilla


         Desde hace un tiempo venimos hablando de “la otra orilla” en el grupo de Fray Escoba de Móstoles. No es ningún lugar concreto. Es una forma de cantar, de alabar, de regocijarse. Es un estado del alma. Se llega a ella cuando has vivido una gran experiencia de salvación, como los hebreos al verse liberados de los egipcios en la otra orilla del Mar Rojo, o la de los redimidos del Apocalipsis después de haber triunfado de la Bestia y del Dragón.
 
         Todo comenzó hace unos años dando un retiro a un grupo bastante numeroso de jóvenes cerca de Santander. Los encargados de la música eran evangélicos. Me sentí muy cercano a ellos, a sus cantos y a sus expresiones. Lo mismo le sucedió a las personas que viajaron conmigo al norte. El atractivo fue mutuo de modo que, en los descansos y en las comidas, siempre estábamos juntos y compartíamos sin cesar. Los evangélicos son protestantes carismáticos por lo que conectábamos con ellos en muchas cosas. Era la primera vez en mi vida que tenía ocasión de compartir tanto tiempo con un grupo así. Eran tres chicos y cuatro chicas. Al despedirnos nos llevábamos como regalo, además de la amistad, nosotros su música y ellos nuestra predicación. Según nos contaban, en sus asambleas no hay buena predicación.
        
         A partir de ahí comenzamos a interesarnos por la música evangélica y lo que hemos descubierto es más de lo que imaginábamos. Tienen verdaderos tesoros, tanto en inglés como en español, que han hecho nuestras delicias. Lo que más me gusta de ellos es que la mayoría de sus letras son en segunda persona, en un diálogo penetrante de tú a tú con Jesucristo. Muchos de estos cánticos evangélicos tienen solera de siglos y proceden de situaciones trágicas vividas desde la fe en círculos de esclavos y gentes de color. En los antros de la esclavitud y la pobreza, el Espíritu obró maravillas y suscitó avivamientos o revivals cuya influencia perdura entre nosotros.
 
         Hay una canción, que antes se cantaba en Maranatha, en la que se sintetiza esta presencia del Espíritu entre ellos. Se titula “Amazing grace” y su unción ha traspasado siglos y fronteras. Esta famosa canción apareció hacia la segunda mitad del siglo XVIII. El autor de la letra[1], un tal John Newton, fue tratante de esclavos y tras su conversión se hizo pastor anglicano. Es muy popular en el mundo anglosajón. La versión más común se conoce bajo el nombre de “New Britain”. Sus acordes han acompañado a las imágenes más  impactantes de los últimos tiempos, como el atentado del 11-S. Su mensaje de esperanza levantó el espíritu de desolación sembrado por el terrible atentado, al ser entonada por los equipos de rescate en memoria de los caídos en el desastre. Este momento histórico confirió a esta melodía su rango de cauce universal de paz y esperanza, pero su inspiración profunda trasciende cualquier hecho histórico, arraigando en  el cántico de los salvados desde la otra orilla en el Apocalipsis.
 
         ¿Por qué es un cántico de la otra orilla? Porque lo cantan los salvados o, mejor, los que tienen una experiencia de salvación que les ha llevado a la otra orilla. Dice una de las leyendas que el negrero tratante de esclavos se convirtió después de una gran tormenta, en la que rezó por primera vez después de muchos años, viendo imposible la salvación del barco. Salvado el barco y estando ensimismado en cubierta, oyó que salía de las bodegas donde estaban hacinados los esclavos un murmullo que él no entendía. Los pobres negros tarareaban una música ininteligible, en lenguas, provocada por el Espíritu en corazones probablemente aún no cristianos pero muy pobres. La melodía era la del “Amazing grace”, al que después el propio negrero le puso la letra en inglés. La leyenda ha visto en este hecho una experiencia del Espíritu en la que todos se sintieron salvados sin que cambiara en nada su situación sociológica. La gracia no viene directamente a cambiar estructuras sociales sino corazones, en los que derrama un amor que después podrá cambiarlas.
 
         De aquí arranca una tradición de experiencias de salvación que perdura entre los protestantes hasta nuestro siglo y de la que está también impregnada la corriente carismática. Entre los cantos de evangélicos más renovados llaman la atención los que emplean como letra las grandes alabanzas del Apocalipsis. Después de escucharlos mucho tiempo, brotó en nosotros la sensación de que los cantan desde la otra orilla, es decir, como gente salvada, con experiencia de haber sido salvados. De ellos emerge una unción y un atractivo que pertenecen al más allá de la historia. La mayoría de estas alabanzas van dirigidas al Cordero que, con su resurrección, ha vencido no sólo la muerte sino el maleficio de una historia marcada por la gran tribulación. El cristiano lavará su ropa en la sangre del Cordero, vivirá la encarnación y la realidad hasta el fondo, pero su fe en la resurrección ha vencido ese maleficio y puede entonar ya un cántico de victoria no sólo en la esperanza sino en un anticipo sabroso que se expresa en la alabanza.
        
         Yo pienso que la Renovación carismática está capacitada y debe tender con todas sus fuerzas a cantar en la otra orilla. La fuerte experiencia del Espíritu que existe entre sus gentes facilita esta gran vivencia, que podría hacer de nuestro catolicismo chato y no salvado algo más vivo, fecundo y apetecible. Tal vez este quehacer sea una parte del ministerio profético de la Renovación. ¿Para qué se nos ha dado, si no, el don de la alabanza y, sobre todo, el don de lenguas? ¿Hay debajo de estos dones una experiencia de salvación?¿No será en lenguas el cántico de los redimidos? Por otra parte, está claro que nadie debe tener miedo, pues esta dimensión profética no nos hará caer en alienación o escapismo, no nos separará de la realidad, porque se hace desde la gran tribulación, desde una experiencia real de la vida que, eso sí, debe ser transida e impregnada de más escatología y esperanza.
 
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         El capítulo 15 del Apocalipsis, superando con creces al “Amazing grace” porque es palabra de Dios, nos da también una prueba de cómo, en esta tierra, es posible cantar como si estuviéramos ya en la otra orilla. Dice: Luego vi como un mar de cristal, mezclado de fuego, y a los que habían triunfado de la bestia y de su imagen y de la cifra de su nombre, de pie, junto al mar de cristal, llevando las cítaras de Dios. Y cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero diciendo:
 
Grandes y maravillosas son tus obras
Señor, Dios todopoderoso,
justos y verdaderos tus caminos
¡Oh Rey de las naciones!
¿Quién no temerá, Señor, y no glorificará tu nombre?
Porque sólo tú eres santo
y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti,
porque han quedado de manifiesto tus justos designios.
 
Confieso que la mención del canto de Moisés me incomodaba un poco. Me decía a mí mismo: ¿por qué Juan habrá traído a colación esa antigualla, por muy bella que sea, del cántico de Moisés? No le encontraba sitio adecuado en medio de un cántico de los ya redimidos por la sangre del Cordero. Pero, un día, una amiga me habló de un vídeo que a ella le volvía loca, de un rabino[2], profesor en Jerusalén, que me ha dado la clave para entender algo más de lo que yo alcanzaba. Me di cuenta de que Juan sabía mucho mejor que yo lo que se traía entre manos.
        
         El tema es que el rabino interpreta el cántico de Moisés como cántico de la otra orilla, de la orilla de los salvados de Egipto y, además, nos da una visión tan escatológica del paso del Mar Rojo que proyecta aquella victoria, obra exclusivamente de Dios, sobre todos los hechos salvíficos obrados por Dios y que concluyen en la otra orilla definitiva que es la resurrección final. No cita al Apocalipsis ni parece contar para nada con Jesucristo; lo que dice es una visión judía de lo que el Antiguo Testamento insinúa sobre la resurrección. Comienza diciendo: “Uno de los principales fundamentos de las creencias judías en lo referente a la venida del Mesías y del mundo venidero es la resurrección de los muertos. Vendrá un tiempo, como dice Maimónides, cuando la voluntad de Dios lo dicte, en que los muertos serán devueltos a la vida. La Biblia no nos revela explícitamente la creencia en la resurrección. Constituye un gran misterio la falta de afirmación explícita de esta gran verdad”.
        
         “En la Torá[3], sigue el Rabino, encontramos en el capítulo 15 del Éxodo el bello cántico de Moisés cuando, con el paso portentoso del Mar Rojo, el pueblo fue liberado de la esclavitud y llevado a una tierra de salvación. Este cántico está escrito con una gran delicadeza y belleza. Lo más impresionante de él es que, aunque fue cantado con ocasión de la victoria sobre Egipto, trasciende los hechos históricos que narra. En efecto el cántico comienza con unas palabras en hebreo: âz yâshiyr-mosheh, que están invariablemente traducidas en todas las Biblias como: “Entonces Moisés y el pueblo de Israel cantaron”. Sin embargo, esta traducción es incorrecta porque en el hebreo original todo está narrado en futuro. El hebreo original dice literalmente: “Moisés cantará”, “Moisés y el pueblo de Israel cantarán[4]”.
        
         “Lo que expresa este futuro, según el Talmud, es una prueba de la creencia judía en la resurrección. Cada mañana, el judío piadoso, al recitar sus oraciones, renueva y se apropia del futuro expresado en este cántico. La tradición sugiere que este canto debe ser recitado con gran regocijo y gran alegría, porque los que canten con alegría este canto en esta vida están mereciendo por anticipado el volverlo a cantar en la otra vida, en la resurrección. El cántico de Moisés alaba el inmenso poder de Dios que nos salva de todos los males y que culminará en el despliegue final de su poder, resucitándonos”.
        
         Al escuchar lo que el rabino dice en el vídeo entiendo por qué Juan unió los dos cantos: el de Moisés y el del Cordero. A mí también me dan ganas de cantarlos con gran regocijo y ambos, que en realidad son uno solo, nos trasportan a la otra orilla. El que canta en el Espíritu, aunque su carne esté sometida aún al peso de la tribulación, ya canta la victoria final desde la otra orilla. El Espíritu Santo es poderoso para otorgarnos un anticipo semejante de la gloria eterna, de ese cántico poderoso de los que han vencido por la sangre del Cordero.
        
         El Rabino mencionado habla de la experiencia profética colectiva que se dio en el pueblo de Israel. Al ver el enorme milagro y el gran poder de Dios frente al mar Rojo, el pueblo experimentó el poder de Dios con una intensidad sobrehumana, como en éxtasis. Todos compartieron una gran luz, una revelación profética. Supieron que lo que habían presenciado, lo que habían saboreado -esa gran manifestación del Señor que les había traído a la otra orilla del Mar Rojo- no era más que una pequeña muestra de lo que se revelaría al final de los tiempos, en la resurrección final. Sólo un flash, un pequeño anticipo. Su canto iba más allá de un acontecimiento puntual, por importante que fuera; cantaban a esa Fuerza que habían experimentado en un momento histórico pero que les trascendía inundándolos con el gozo de la resurrección final. El pueblo judío tuvo ahí una experiencia palpable de la otra orilla.
 
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         Ha sido una gran alegría el encuentro con este video del profesor judío. Es una confirmación de lo que veníamos intuyendo al escuchar ciertas canciones y que nosotros resumíamos en esta frase: “parece que cantan desde la otra orilla”. Desde entonces nos habita el anhelo de que no sólo nosotros sino toda la Renovación carismática experimente ese éxtasis, esa intensidad sobrenatural que te hace penetrar en el territorio de los salvados aunque estés en plena lucha de este mundo.
 
         Juan XXIII, hablándonos de ecumenismo, nos decía que debemos fijarnos más en lo que nos une que en lo que nos separa. Las experiencias mencionadas y la que se da en la Renovación carismática nos demuestran que el Espíritu Santo no actúa según las diferencias y divisiones que nosotros nos hemos creado. Está en todo y en todos. Ciertamente, no da lo mismo estar en un sitio que en otro. Ahora bien, debemos de creer que él lima aristas y que nos irá conduciendo hacia la unidad que no puede darse en otro sitio que en la experiencia mutua de salvación, con la que se canta en la otra orilla el cántico del Cordero. Si no salimos de la orilla de acá nunca nos uniremos; al contrario, agrandaremos las divisiones.  
        
         La Renovación carismática católica está capacitada para disfrutar de la otra orilla. Lo prueba: el excepcional don de alabanza y lenguas que ha recibido. La palabra que une las dos experiencias anteriores y la nuestra es la alabanza que brota después de un hecho y una gran experiencia de salvación. El don de reconocer la obra de Dios y responder con alabanza lleva en sí una enorme carga profética que nos impele a trascender cada acto de la vida, cada momento salvífico, no parándonos en la pequeña anécdota histórica sino engendrando un canto nuevo frente a cualquier mar que parezca impedirlo. El Señor abrirá delante de nosotros ese mar proceloso que parece separarnos de la salvación, esa tribulación que anega nuestra esperanza, para trasformarlo en un mar de cristal, trasparente, ribeteado del fuego del Espíritu, donde los redimidos entonan el canto de la salvación. Todo ello es obra del Espíritu, y el que se deje conducir por ese Espíritu cantará ya en esta vida ese cántico nuevo que le coloca en la otra orilla.
 
         La Renovación carismática católica es, pues, un pueblo creado para cantar y alabar desde la otra orilla. Un pueblo ya salvado y con experiencia de salvación. Antes de que nosotros nos hayamos hecho conscientes de este don el Señor ya lo había previsto. Lo prueba: nuestra canción más emblemática, que es el “Alabaré”. No se sabe de dónde viene ni quién ni cuándo fue compuesta. En los congresos internacionales siempre la he oído cantar en español. Es la canción más profética que uno pueda imaginarse. Nos describe nuestra realidad, aquello para lo que hemos sido elegidos: somos un pueblo de salvados. Alabamos al Señor porque Juan nos vio entre el número de los redimidos alabando al Señor, es decir, nos vio a nosotros cantando aquí, pero ya desde la otra orilla. Por eso continúa diciendo: “Todos unidos, alegres cantamos...”. La hemos cantado muchas veces sin enterarnos. El Señor sí lo sabía cuando nos llamó a la Renovación. Es importante concienciarnos de que se refiere a nosotros y sentirnos, al cantarla, un pueblo ya salvado.
 
         En ocasiones, al visitar un grupo carismático, notas si está o no cerca de la otra orilla. A veces hay grupos en los que la alabanza no trasciende, no sale de la tribulación. La gente ora y alaba, pero desde sí mismos, desde sus problemas. Apelan a Dios para que les libre de sus males, de sus impotencias, imperfecciones, enfermedades o pecados. No salen de sí mismos. Sin darse cuenta se hacen el centro de la oración y cada vez se hunden más en esta orilla. En realidad su oración es de pura petición aunque le apliquen formulas de alabanza que se trasforman en algo falso ya que la alabanza por definición nos saca de nosotros mismos. Escuchando esta oración predomina la sensación de que no la realiza un pueblo de salvados.
        
         Cuando un pueblo carismático menciona con frecuencia sus pecados, su pequeñez, sus incapacidades, es que no ha disfrutado todavía del gozo de la salvación. Cuando resuenan la culpabilidad, las heridas, el resquemor de la vida; cuando se regodea en su pobreza, en su humildad e insignificancia, es que no cree suficientemente en la sangre del Cordero. Hay ciertos lenguajes piadosos, engolados y afectados, que aprisionan el gozo en su resentimiento. Suele tratarse de gente activa y servicial que lo da todo por los demás, menos la vida, el protagonismo y el amor propio. No han entregado casi nada. La falta de trasparencia les impide integrarse en un mar de cristal.
        
         Pese a lo dicho, la Renovación culminará su misión profética. Lo que nace de Dios no vuelve de vacío sin fecundar la tierra. Siempre habrá grupos en los que resuenen verdaderos cantos de salvación. Aunque sean menos los grupos, cada vez será mayor la resonancia. No cabe duda que el Espíritu Santo llevará a la culminación la experiencia carismática. No importan todas las deficiencias, siempre quedará un resto a disposición del Espíritu. Este resto se sentirá salvado porque lo ha entregado todo. Sobre todo ha entregado su pecado, su santidad, su justificación y sus obras. Su corazón, libre de sí mismo, está crucificado con Cristo en la cruz y liberado en la resurrección. Este pueblo de liberados cantará ya desde la otra orilla en un mar de cristal y de trasparencia.
        
         Evidentemente, el único canto que podrá entonar será el de Moisés y el del Cordero. Ha lavado su ropa no en los propios méritos y justificaciones sino en la sangre del Cordero degollado. No cantará con su propia voz, no empleará sus vocablos, no compondrá la melodía; le será dado todo, porque a Dios le gusta escucharse a sí mismo en la voz de los que han dejado su historia en sus manos. A éstos, Dios, por medio del Cordero, les ha dado cítaras divinas, llevando las cítaras de Dios... y el Santuario se llenó del humo de la gloria de Dios y de su poder (Ap 15, 8).
 
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         La otra orilla es un tema del poder de Dios. De cara a nosotros es la culminación del don de fortaleza, que sucede cuando el hombre, por el poder de Dios, hace cosas muy superiores a sí mismo. Crea en nosotros una actitud de alma que se expresa mediante la alegría y la exultación. La alegría, el gozo, la alabanza y, sobre todo, la jubilatio en lenguas, exteriorizan la intensidad sobrehumana, como en éxtasis, del poder de Dios. Así se dio en el Mar Rojo, en el cántico de María, en los cantos de los salvados del Apocalipsis y en otros cantos de la Biblia. Así se dio en el “Amazing grace” y en la alabanza carismática.
        
         Basta, sin embargo, el gozo profundo de sentirse amado y salvado por Dios para que se pueda entrar en la felicidad de la otra orilla. Lo que sí es claro es que es algo que pertenece a los pobres, es decir, aquellos a los que se les ha revelado su impotencia e incapacidad. Nadie pasa a la otra orilla, nadie se libra del poder del faraón, nadie supera el poder del dragón y de la bestia si intenta hacer algo por sí mismo. Para entrar, pues, en la experiencia de la otra orilla es necesario sentirse salvados. Tener experiencia de haber sido salvados gratuitamente. El que trate de ganar el cielo y merecer la salvación está lejos de este objetivo. Nuestra salvación ya se ha realizado en la cruz y, aunque haya que actualizarla continuamente mediante la oración y el deseo, hay una confianza diferencial que eleva la calidad de nuestra cercanía y relación con Dios pasando de esclavos a hijos.
        
         En algún momento tiene que haber un corte o una ruptura o, dicho en positivo, una efusión del Espíritu Santo. Así sucede en las experiencias de las que hemos hablado. El paso del Mar Rojo, es decir, el bautismo en el Espíritu es el paso por las aguas donde muere el hombre viejo y es despojado de sus esclavitudes. El que ha recibido ese bautismo, como sucede en la Renovación carismática, pasa a la otra orilla. Ahora bien, este paso no es teológico, conceptual o mágico sino vivencial. Los conceptos no cambian la vida; la vivencia, en cambio, te convierte en criatura nueva. Este “bautismo” no es una redundancia; por las razones que sean, el bautismo sacramental que recibimos de pequeños a la mayoría de la gente no les pasa a la otra orilla.
        
         El mayor enemigo de esta fe y confianza es nuestra propia conciencia moral. Ésta nos denunciará siempre, nos argüirá de falta de limpieza, nos hará ver toda nuestra malicia y miseria humana. Si le hacemos caso, impedimos la acción de Dios, no le permitimos ser bueno y espléndido, con lo cual nunca entraremos en su amor, que es gratuito, y no le dejaremos expresarse con su poder, que es el único que nos pasa a la otra orilla. Debemos anteponer la Palabra de Dios a nuestra propia conciencia cuando ya has entregado todo deseo de vivir del pecado. Si los israelitas se hubieran mirado a sí mismos, dada su debilidad frente a la potencia del ejército egipcio, se hubieran bloqueado y no se hubieran dejado salvar con una acción imposible pero real.
        
         Para disfrutar de la experiencia de la otra orilla no es necesario salirse de la encarnación pero sí del pecado. Vivir de éste y de su poder es lo más contrario a la vivencia de la otra orilla porque la fuerza del pecado no es salvadora. Ni el placer ni la heroína ni ningún alucinógeno nos hacen penetrar en la otra orilla, más bien nos hunden en la miseria de ésta. Debemos entregarlo y no vivir más de él, aunque nuestra debilidad siga siendo manifiesta. El pecado entregado, no buscado ni deseado, se trasforma en encarnación y en cruz, a la vez que nos libera de caer en el iluminismo y alumbramiento. Sin ello la experiencia de la otra orilla sería peligrosa.
        
         Al contrario, como dice Pablo, los que tienen experiencia de tal gracia se glorían, incluso en la tribulación, ya que ésta engendra perseverancia, que es imprescindible para que se dé virtud perfecta. La virtud perfecta para San Pablo no consiste en un conjunto de comportamientos sino en la actitud del corazón que está dispuesto a abrirse cada vez más a Dios. Esta disposición engendra una esperanza inconmovible, porque al derramarse el amor de Dios en nuestros corazones por el Espíritu Santo que recibimos, los hace aptos para las maravillas de Dios. Nadie como María ha descrito el contexto en el que el pobre es elevado por Dios a la experiencia sobrehumana de la otra orilla: Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí.
 
 
 
[1]  Gracia sorprendente: qué dulce el sonido que salvó  a un maldito como yo.
Estuve perdido y ciego, pero ahora fui hallado y veo.
Ha sido la gracia la que me enseñó a no temer librándome de mis miedos.
Qué preciosa fue esa gracia que me hizo creer.
Mis cadenas han sido rotas, he sido liberado.
Mi Dios, mi Salvador, ha pagado mi rescate.
Cuando llevemos "en la otra orilla" diez mil años brillando como el sol,
nos quedarán los mismos días para alabar a Dios que en el momento de empezar.
Su misericordia me inunda.
Gracia increíble, amor sin fin.
 
 
[2]    Rabbi Chaim Richman  director del departamento internacional del Instituto del Templo en Jerusalén.
[3]    La Torá, en sentido amplio, es el conjunto de los 24 libros del Antiguo Testamento. Además de estos libros escritos, el judaísmo sostiene que ha recibido también de Dios una revelación oral. La recopilación de esta revelación oral, se llama Talmud.
[4]   La Renovación carismática española, con buen olfato, ha traducido alguna de sus canciones también en futuro:
                 “Él es mi Dios, yo lo alabaré,
                   El Dios de mis padres, yo lo ensalzaré,
                   Cantaré al Señor, sublime es su victoria”.

 
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