Martes, 25 de junio de 2024

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Cristianos murciélagos

por Contemplata aliis tradere

  

            Este título es del Papa Francisco. El viernes 9 de mayo de este año 14 lo acuñó en la homilía matinal en Santa Marta. Viene a decirnos con esa originalidad y desparpajo que le caracterizan que a muchos cristianos no les gusta la luz como a los murciélagos. Estos pequeños mamíferos voladores se pasan el día suspendidos en ristra en los desvanes e iglesias viejas o en la oscuridad de minas, cuevas u oquedades de árboles. Les hace daño la luz. Colgados de una pata se asemejan a los chorizos que pendientes de un varal se secan al humo en la vieja y oscura cocina del pueblo. Al anochecer se descuelgan y salen volando en busca de los insectos que les sirven de alimento.

No conviene estar en un lugar donde abunden porque ni siquiera en la noche tienen demasiada estabilidad y su radar no es capaz de evitar que a veces te rocen la cabeza o la cara si estás echado. Además son de la raza de los vampiros y aunque el murciélago común que habita en nuestros lares no sorbe sangre humana, tampoco engendra confianza. Si les pones un cigarrillo lo chupan con ansia. Tengo recuerdos, de pequeño, cómo durmiendo en el campo con las vacas, sus vuelos me hacían entrar en el chozo por su machacona insistencia de volar en torno a mí. No obstante, es una especie protegida porque ayuda a librar las plantaciones de plagas de insectos. Pues bien, este animalejo nocturno y bastante asquerosito, es el que el Papa utiliza para caracterizar la actitud de ciertos cristianos.

            En efecto, no a todos los cristianos les gusta la luz. Pone como ejemplo a los apóstoles en Lucas 24, 36-51. Aquel día había ambiente de resurrección; algunos ya habían visto al Señor. Mientras se comentaba el tema estaban muy contentos pero cuando Jesús se les apareció a ellos, se turbaron, perdieron la paz, y no fue bien recibido. Les saludó con la paz, pero no fueron capaces de asumir la alegría. Pensaban que les sacaba de la realidad y por ello, preferían mantener las distancias.

            Hay cristianos que tienen sus comportamientos y pautas muy enraizados. No quieren aventuras. No necesitan a Jesús presente. Les da lo mismo que esté o no esté porque ellos van a obrar como creen que deben de obrar. No quieren un contacto vivo y real. Su vida cristiana no es un diálogo real con Jesucristo. Tal actitud, dicen, me sacaría de mi mismo y me llenaría de una alegría sospechosa.  

            El Papa  profundiza un poco más y dice: “En realidad estos apóstoles y estos cristianos que huyen de la luz han sido derrotados por el misterio de la cruz”. Es el miedo, no quieren oír hablar de la muerte. Son capaces de matarse a sí mismos pero no de morir; la muerte es una derrota insufrible. Yo diría: no quieren la resurrección y la gratuidad. Prefieren ser sí mismos. Por eso hablan mucho de Dios pero muy poco de Jesucristo. A Dios se le domestica con unas cuantas leyes y tradiciones sacralizadas; a Jesucristo, no, porque resucita. No queremos la alegría de la resurrección, ni convertirnos ni ser una criatura nueva. Estamos a gusto, como los murciélagos, colgados en la oscuridad del desván, a salvo de cualquier aventura.

            Esta actitud es un peligro muy grave para todos los que quieren vivir un cristianismo comprometido. La palabra compromiso les confunde.  Los cristianos murciélagos viven su compromiso con las obras, hay que cambiar el mundo, hay que cumplir los mandamientos, hay que instalar la justicia entre nosotros. Todo desde sí mismos, desde sus ideas o ideales, reduciendo su religión a poco más que a filantropías humanas, sin enfrentarse nunca con la resurrección de Jesucristo, con el cambio de vida que esto conlleva, sin entregar su corazón ni un ápice de su vida. Les rechina la palabra gratuidad porque intuyen que si se dejan, van a ser llevados fuera de sí mismos a la alegría de la resurrección que aborrecen.

            Pasan la vida proponiendo cuestiones teóricas, como la samaritana: ¿Dónde hay que adorar? Sin permitir que nadie toque su vida privada o la vida de sus maridos. Por eso yo pienso que la resurrección no es el centro del cristianismo como dicen ahora la mayoría de los teólogos. Teóricamente hablando puede ser que sí, pero en la realidad, en la práctica no es así porque todo se puede quedar en la teoría lejos de la vida cotidiana. ¿Ha resucitado Jesucristo? Pues muy bien, dice el murciélago, me encanta la noticia pero que permanezca allá, en la otra vida, en la nueva creación, dejándonos a nosotros cumplir en esta con nuestros deberes.

            Pienso que el cristianismo se vive y se entiende desde el día de Pentecostés porque ese día hay un cambio de vida. La resurrección acontece fuera de uno mientras que pentecostés es algo vital, experimental, sucede de improviso, te cambia por dentro, te hace una criatura nueva. Viene de improviso y te sorprende pero no vendrá a nadie que no quiera tenerlo. La teología racional necesita una idea, la experimental necesita una experiencia o vivencia. Cuando acaece en ti esta experiencia dejas de ser murciélago y te entran deseos de luz, de resurrección, de crecimiento y de vida nueva. Desde ese momento es superado el escándalo de la cruz y conoces el designio y la elección que existe en haber sido elegido para vivirla. Sales de la caverna de Platón y entras en la luz del día que estaba ahí pero que carecías de ojos para verla.

            La resurrección no convierte, no cambia los planes ni la vida de nadie. Sigues viviendo de las expectativas humanas. Los mismos apóstoles camino de la Ascensión le dicen a Jesús: ¿Es ahora cuando vas a establecer el reino de Israel? ¡Qué decepción la de Jesús! ¡Con lo que le había costado llegar a la resurrección! Los amigos del Resucitado seguían pensando en categorías políticas. Ni un atisbo de sobrenaturalidad. Totalmente murciélagos. Pensaban, claro está, que la resurrección de Jesús se parecía a la de Lázaro o a la del hijo de la viuda de Naín.

            Estaban hablando de estas cosas cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz con vosotros (Lc 24, 36).

            Sobresaltados y asustados creían ver un fantasma. Él les dijo: ¿Por qué os turbáis y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Y como siguiesen maravillados les dijo ¿tenéis algo de comer?

            Los que quisieron comprender la resurrección se asustaron y confundieron a Cristo con un fantasma. Los que en su sencillez la recibieron como un don dejaron de ser murciélagos y quedaron iluminados como la Magdalena y Pedro, que ya había sido humillado en su bravura y autosuficiencia. Los demás necesitaron algo más. Jesús en su buena fe les pidió algo para comer como prueba de que no era un fantasma. Le dieron un trozo cutre de pescado y lo comió delante de ellos. Sin embargo, no fue suficiente con esa prueba. El escándalo de la cruz seguía pudiendo con ellos. Jesús, entró hasta el fondo de su incredulidad abriéndoles los ojos para que saliesen de su caverna  y entendiesen las Escrituras. Les dijo:

            Acordaos de las palabras que os decía cuando estaba entre vosotros: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, los Profetas y en los Salmos acerca de mí”.

            Y entonces abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras.

            El misterio de Jesús es bellísimo porque ningún hombre en cuanto tal es capaz de dejar de ser murciélago a no ser que le sean abiertos los ojos y pueda comprender las Escrituras. Ese día es Pentecostés para esas personas. No sólo reciben al Espíritu Santo sino que comprenden que sin la luz que viene de él, jamás podrán entrar en la presencia de Jesús, en su amor, en su corazón. Para que yo ame a Jesús, al hombre Jesús, para que yo acepte su resurrección y entre en su alegría, necesito el Espíritu de Dios que él me regala. Si Jesús me abre los ojos con la luz de su Espíritu, que es el de Dios, el que procede del Padre y del Hijo, entonces estoy preparado y apto para la fiesta y para disfrutar de la resurrección.  

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