Domingo, 16 de junio de 2019

Religión en Libertad

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¿Migrante, inmigrante, emigrante…?

por En cuerpo y alma

 

 

            Es el término de moda: “migrante”. Ya nadie usa “emigrante” o “inmigrante”, ahora sólo hay “migrantes”. En España, también en Francia… A mí ni me rima, la verdad, me parece una palabra tullida. A un amigo mío le suena a persona que cambia de piel o hasta de especie, y a otro, a ser humano que pasa del estado sólido al estado gaseoso. Un tercero me dice que el único migrante verdadero fue Gladiator. Otro se imagina hombres-cigüeña que vuelan entre Africa y Europa construyendo nidos por doquier. ¿Y a mí que lo de migrante me suena a persona que sufre de migrañas?

            Lo que más llama la atención es que el término ha saltado a los medios de comunicación españoles y extranjeros de una manera absolutamente repentina, de un día para otro, de un minuto para el siguiente. Y otra cosa: que a pesar de su repentinidad… ¡¡¡ha saltado a todos!!! ¡¡¡ha saltado a todos los medios de comunicación cualsíase su pelo (si es que entre los medios de comunicación existen pelos diferentes, que cada vez lo creo menos) y al mismo tiempo!!!

            Lo que, discúlpenme Vds., pero me confirma cada vez más en una idea que me viene rondando la cabeza desde hace tiempo ya: la existencia en algún lugar del mundo de un ente tan poderoso y con tantos galones como para emitir consignas que esos medios de comunicación que se jactan de ser el cuarto poder y presumen de una autonomía sin límites no objetan ni que les aspen… De cuál sea ese ente y en qué lugar del planeta se halle, aunque tengo mis sospechas, no le puedo decir muy bien a Vd. Pero de que existe, ¡no me cabe la menor duda, oiga Vd.!

            La intención -porque una intención existe, no se dedica tanto trabajo a nada que no tenga una intención muy concreta- es bastante clara para todos aquéllos que dedicamos la cabeza a pensar siquiera unos pocos minutos del día, aunque en ese lugar del mundo del que les hablo a Vds. me parece que parten más bien de la idea, -no sé hasta qué punto errada-, de que un elevadísimo porcentaje de seres humanos apenas la quiere para lucir los imaginativos peinados que hoy le hacen a uno en cualquier peluquería con solo llevar la fotografía de su futbolista preferido, y no, en modo alguno, para gastar una sola de las neuronas con las que Dios nos dota al nacer.

            La intención, les decía, no es otra que la de anular la idea de frontera que subyace en las palabras “inmigrante”, el que entra en un país que no es el suyo, y “emigrante”, el que abandona su país. Ya no hay inmigrantes ni emigrantes, como ya no hay países ni fronteras, hay simplemente “migrantes”, personas que deciden abandonar un país y largarse a otro y basta, sin que ley ni derecho alguno se hallen facultados para afectar a su sagrada voluntad de violentar cualquier frontera. Hoy son las fronteras, mañana pueden ser las puertas. Nada es de nadie, todo es de todos…

            Es la batalla de las palabras, más importante de lo que nadie pueda sospechar. Recuerdo la primera vez que un descarado Pujol, en la cumbre de su poder pues con sus ridículos ocho o diez escaños permitía gobernar a un partido que tenía más de 160, osó decir contra toda ciencia y toda historia no sólo que “Cataluña era una nación”, sino con mayor desvergüenza aun, que “España no lo era”. A lo que toda la prensa y los asustados políticos respondieron con argumentos del tipo “bueno, lo importante no es lo que se diga, es lo que se hace”, “el Sr. Pujol habla para su bases pero en realidad no piensa lo que dice”, “bah, son palabras que no van a ningún lado, no hay que darle importancia” “no vamos incurrir ahora en una espiral semántica” y así todos… Y miren cómo se halla hoy la cuestión catalana, amenazando no sólo a la otrora sacrosanta unidad de España, sino a todo el proyecto de unidad europea.

            La batalla de las palabras es una batalla light, en la que por lo general, una de las partes ni siquiera se percata de estar librándola, y sólo la otra sabe que lo hace. Esto es posible gracias a que es, a corto plazo, indolora e incruenta, casi invisible en realidad… pero sus consecuencias son devastadoras, tan graves como la del peor bombardeo aéreo.

            Y bien, nos proponen una nueva batalla semántica: ¿migrantes, inmigrantes, emigrantes? Use Vd. la que quiera, amigo lector, pero no diga Vd. que no se lo he advertido.

 

            Que hagan Vds. mucho bien y no reciban menos.

 

 

            ©L.A.

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