Jueves, 06 de mayo de 2021

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¡Reunidnos a todos en el cielo!

¡Reunidnos a todos en el cielo!

por Sólo Dios basta

¡Hoy el Carmelo, la Iglesia entera y cada corazón honra a San José! ¡Es la fiesta del glorioso patriarca San José! ¡Celebramos al esposo de María y al padre de Jesús!  Además se cumplen 150 años de la declaración de San José como Patrono de la Iglesia Católica Universal por el Papa Pío IX. Para conmemorar este gran acontecimiento el Papa Francisco nos ha regalado un año jubilar de San José. Nos invita a vivir muy unidos a este gran santo leyendo la carta Patris corde (Corazón de Padre) para que crezca en nosotros el amor a San José, nos animemos a pedirle de corazón lo que más necesitamos e imitemos sus virtudes para procurar una vida de santidad.

 

Hoy nos ponemos a sus pies para aprender a ser contemplativos como él. San José tiene mucho que enseñarnos. Su vida es admirable en todos los sentidos pero lo más grande de esta asombrosa vida es que sólo se entiende y se desarrolla desde la pobreza. La grandeza de San José se descubre en su pobreza, pero es una pobreza que nos abre al mayor tesoro que podemos encontrar en nuestra vida: ¡nos abre la puerta al encuentro directo con Jesús y con María! ¡San José nos lleva a Jesús! ¡San José nos lleva a María! ¿Y cómo nos introduce en la vida de su Hijo y de María virgen? Pues desde la contemplación. ¡San José es un hombre contemplativo! ¡San José es modelo de la vida contemplativa! ¡San José nos enseña a vivir la contemplación desde nuestro día a día! La belleza divina de su Hijo y la pureza virginal de su esposa sólo pueden ser conocidas en toda su inmensidad desde la contemplación de San José. San José contempla la belleza de Jesús y de María y nos enseña a vivir en pobreza, en contemplación, en admiración de una belleza única: la que se descubre al entrar en el hogar de Nazaret:

 

José, tu vida admirable

se deslizó en la pobreza,

mas de Jesús y María

contemplaste la belleza.

 

Meternos en el hogar de Nazaret es encontrarnos con la infancia de Jesús y a la vez recorrer nuestra vida desde la infancia espiritual que con todo detalle nos muestra la autora de los versos anteriores, Santa Teresita del Niño Jesús. El poema sigue y nos acerca al trato directo entre San José y Jesús. Hay que adentrarse en esa casa humilde y contemplar a San José cuidando de su Hijo Jesús y saborear y hacer nuestra esa escena que a la vez es un modo de vida. No es un momento fugaz e irrepetible, sino que muchas veces, y cada vez con más amor en su corazón, ¡José ama a Jesús! Le cuida con todo su esmero, pero también le educa como padre en la obediencia. Jesús ve a su padre José y José se acerca a Jesús como padre. Jesús aprende a obedecer. ¡Dios hecho carne obedece! Obedece desde niño en Nazaret. No sólo durante esos años, sino que Nazaret es la cuna donde se mece la obediencia que le lleva años más tarde a rendirse totalmente de nuevo a su Padre, esta vez a Dios Padre, para decirle en el Huerto de los Olivos que sí que quiere beber el cáliz que está preparado. ¡Y lo bebe del todo sin dejar ni una gota cuando entrega su vida en la Cruz por obediencia al Padre!

 

Volvamos a Nazaret para descubrir que ese vencerse al Padre en la Pasión, Jesús lo aprende de su padre José en lo más secreto de su vida cuando se unen los dos. ¡Cuántas veces Jesús se dormiría en los brazos de José! ¡Cuántas veces el niño Dios descansaría en el pecho de su padre José! ¡Cuántas veces el adolescente Jesús ante los primeros problemas de la vida se abandonaría en la persona de su querido padre! ¡Cuántas veces el joven Jesús pondría su corazón junto al de su padre cuando José no podía levantarse de la cama durante sus últimos años de vida! ¡Cuántas veces estarían físicamente unidos los corazones de Jesús y de José! ¡Ahí está la enseñanza de San José, en que aprendamos a asentar nuestro corazón junto el suyo a la vez que nos ponemos bajo su obediencia como hacía Jesús!:

 

 

De Dios el Hijo, en su infancia,

más de una vez con amor,

sometido a tu obediencia,

reposó en tu corazón.

 

La vida de San José no termina en ese abrazo, en esa mirada, en esa ayuda constante a su Hijo Jesús, sino que hacen juntos en la vida un camino. Van a Jerusalén y el Niño “se pierde”, no aparece y sus padres lo buscan. Al final lo encuentran. Pero José queda en la sombra, no es centro de nada, no habla, sólo contempla la escena y deja que llegue la luz, la palabra y el sentido de su vida que es el amor a su esposa María. Ella es la que habla al Niño perdido y hallado en el Templo, pero ahí también está José. José no hace sino servir y buscar el agrado y contento de Jesús y María toda su vida. Este es sólo un momento de los tantos donde José se deshace por su mujer y por su Hijo. Vive por ellos y para ellos. Bien podríamos poner en el corazón de José el salmo 122 que dice “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia”. ¡Esta es la vida de San José!: ser un esclavo que mira, contempla y no busca sino que sus señores, su Hijo y su esposa María, estén felices y no se preocupen por nada porque tienen un esclavo fiel, obediente y servicial a sus pies. Así, si vivimos como José, podemos recorrer toda nuestra vida personal, familiar y eclesial unidos a Jesús y María para servirles, como San José, poniendo los ojos sólo en nuestros Señores, en Jesús y en María:

 

Como tú, en la soledad,

a Jesús niño y María

servimos, y en agradarles

empeñamos nuestra vida.

 

El poema de Santa Teresita termina poniendo la mirada en José como ese padre tierno, bueno, generoso que nos bendice y nos quiere como verdadero padre. José es el padre tierno que busca al hijo ciego que puede caerse por el precipicio que no ve, o al sordo que se pierde porque no oye que tiene que ir por otro camino o al mudo que no puede ir hacia él porque no es capaz de articular palabra de cariño. Por eso le pedimos con Teresita que bendiga nuestro Carmelo, que podemos presentarlo como nuestro matrimonio o comunidad religiosa o sacerdotal, nuestro hogar familiar y nuestro propio corazón. ¡San José nos bendice! ¡San José nos da la bendición de Padre! ¡San José nos abre al encuentro con Jesús! Y cuando pase esta mala noche de nuestra vida en la mala posada de nuestro ser que dice Santa Teresa de Jesús, y nos despertemos del sueño fugaz en que vivimos, nos encontremos con José, con Jesús y con María para siempre:

 

Bendecid, tierno Padre,
nuestro humilde Carmelo,
y pasado el destierro de esta vida
¡reunidnos a todos en el cielo!

 

¿Hay algo más grande para un hijo de Dios que verse con el Niño Jesús y sus padres en el Templo de la gloria unidos a todos los Santos para siempre en la eternidad? San José cuando despierta del primer sueño que tiene con el ángel obedece, hace lo que le manda y acoge a María para empezar la obra de la salvación de la humanidad.

 

¡Vamos a unirnos al ángel de José!

¡Vamos a vivir con San José!

¡Vamos a rezar a San José como Santa Teresita y pedirle lo mismo que ella!:

 

San José,

hombre pobre y contemplativo de la belleza de Jesús y de María,

maestro de obediencia donde Jesús aprende y descansa,

humilde esclavo en la sombra que sirves a tu Hijo y a tu Esposa,

padre bueno y tierno,

bendice nuestra vida y nuestra familia,

y cuando terminen nuestros días llévanos contigo y con tu Hijo y con tu esposa María para siempre, siempre, siempre;

San José, al ponerse el sol sobre nuestro horizonte, ¡reunidnos a todos en el cielo!

 

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