Jueves, 14 de noviembre de 2019

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El Evangelio en la Eucaristía

por Creo, Señor, aumenta mi fe

La liturgia de la Palabra tiene su cumbre en el Evangelio. Toda la revelación bíblica culmina en Jesucristo. La lectura del Evangelio es la luz que ilumina las lecturas anteriores del nuevo y del antiguo testamento. Cristo es el centro y la plenitud de toda celebración.

“Por eso la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de particular honor y veneración. De hecho, su lectura está reservada al ministro ordenado, que termina besando el libro; se escucha de pie y se hace la señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho; los cirios y el incienso honran a Cristo que, mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. De estos signos la asamblea reconoce la presencia de Cristo que le dirige la «buena noticia» que convierte y transforma. Es un discurso directo el que sucede, como prueban las aclamaciones con las que responde a la aclamación: «Gloria a ti, Señor» o «Te alabamos, Señor».Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo quien nos habla allí. Y por esto, nosotros estamos atentos, porque es un coloquio directo. Es el Señor que nos habla”.

No leemos el evangelio como una crónica de sucesos. No es una información de hace veinte siglos sino la Palabra Viva que hoy nos dirige el Señor.

“Por esto es tan importante escuchar el evangelio con el corazón abierto, porque es Palabra viva. Escribe San Agustín que «la boca de Cristo es el Evangelio. Él reina en el cielo, pero no cesa de hablar en la tierra». Si es verdad que en la liturgia «Cristo anuncia todavía el Evangelio», como consecuencia, participando en la Misa, debemos darle una respuesta. Una respuesta en nuestra vida”.

La homilía está vivamente recomendada por el Concilio Vaticano II como parte de la misma liturgia. No se puede confundir con una conferencia, una catequesis, una clase etc. “¿Qué es la homilía? «Es retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo», para que encuentre realización en la vida. ¡La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa! La palabra del Señor termina su recorrido haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los santos. Recordad lo que dije la última vez, la Palabra del señor entra por las orejas, llega al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue la Palabra del Señor y hace también este recorrido para ayudarnos a que la Palabra del Señor llegue a las manos, pasando por el corazón”.

La homilía tiene dos interlocutores: quien pronuncia la homilía, obispo sacerdote o diácono, y el pueblo que escucha. Quien la pronuncia debe prepararse. Quien la escucha también, es parte activa de la homilía. De mí os puedo decir que siempre modulo la homilía según el público que escucha. Cuando escuchamos con la debida atención, debemos asumir las limitaciones de quien habla sin prejuicios subjetivos. Sobre los sacerdotes que predican el Papa es bien explícito.

“Y quien hace la homilía debe ser consciente de que no está haciendo algo propio, está predicando, dando voz a Jesús, está predicando la palabra de Jesús. La homilía debe estar bien preparada… Por favor que sea breve, pero que esté bien preparada. ¿Y cómo se prepara una homilía, queridos sacerdotes, diáconos y obispos? … Con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve, no debe durar más de 10 minutos, por favor… Si por tanto, nos ponemos a la escucha de la «buena noticia», seremos convertidos y transformados por ella; es capaz de cambiarnos a nosotros mismos y al mundo”.

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