Ante la presencia de los nuevos cardenales y del resto del colegio cardenalicio (más de 180 purpurados han estado estos días en Roma) y como colofón al consistorio extraordinario el que se ha desarrollado estos días el Papa ha celebrado este martes la Eucaristía en la basílica de San Pedro.

En su homilía, Francisco recordó a los cardenales que “lo que nos maravilla no es el plan de salvación en sí mismo, sino el hecho -aún más sorprendente- de que Dios nos involucre en este designio suyo”.

“En el designio de Dios a través de los tiempos todo encuentra su origen, existencia, meta y fin en Cristo”, recalcó el Santo Padre ante los cardenales, cientos de sacerdotes y casi cinco mil fieles presentes en la basílica vaticana.

A través de las lecturas proclamadas, el Papa habló por un lado del asombro, del estupor de Pablo ante el designio de salvación de Dios, y también el de los discípulos ante el encuentro con Cristo resucitado que los envía a la misión.

“Dos escenarios”, como los describió el mismo Pontífice, que son una invitación para que cada uno de los ministros presentes salgan del consistorio extraordinario más capaces de "anunciar a todos los pueblos las maravillas del Señor”.

Francisco aseguró -refiriéndose a la carta de San Pablo a los Efesios- que “así como permanecemos encantados frente al universo que nos rodea, de la misma manera nos invade el estupor considerando la historia de la salvación”, más aún si se considera que en el himno paulino con el que se abre la carta la expresión “en Cristo” o “en Él” es el eje que rige todas las etapas de la historia de la salvación.

“En Cristo hemos sido bendecidos antes de la creación; en Él hemos sido llamados; en Él hemos sido redimidos; en Él toda criatura es conducida nuevamente a la unidad, y todos, los cercanos y los alejados, los primeros y los últimos, estamos destinados, gracias a la obra del Espíritu Santo, a ser alabanza para la gloria de Dios”, agregó el Papa.

Del mismo modo, el Pontífice insistió en que frente al designio de salvación de Dios corresponde al hombre alabar al Señor. Se trata -según dijo- de una “una alabanza que vive de estupor”, que impide caer en la rutina, que se inspira en la maravilla, que se alimenta de una actitud del espíritu y del corazón: el estupor.

Por ello, añadió: "Quisiera preguntar a cada uno de nosotros, a ustedes queridos hermanos cardenales, a ustedes obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, al Pueblo de Dios: "¿Cómo es tu estupor? ¿Sientes a veces estupor? ¿O has olvidado lo que significa?".

Por otro lado, insistió en que lo que nos maravilla no es el plan de salvación en sí mismo, sino el hecho de que Dios nos involucre en este designio suyo. Es la realidad de la misión de los apóstoles con Cristo resucitado”.

El Papa admitió que esa llamada del Resucitado sigue haciendo vibrar los corazones, sigue asombrando esa “insondable decisión divina de evangelizar el mundo a partir de ese insignificante grupo de discípulos”.

Una maravilla que no es distinta a la de esos ministros reunidos, hoy, en la basílica, a quienes el Señor – indica Francisco – ha repetido las mismas palabras.

“Hermanos, este estupor es una vía de salvación. Que Dios lo conserve siempre vivo en nosotros, porque eso nos libera de la tentación de sentirnos ‘a la altura’, de alimentar la falsa seguridad de que la situación actual es en realidad distinta a la de aquellos comienzos, y de que hoy la Iglesia es grande, es sólida, y nosotros estamos colocados en los grados eminentes de su jerarquía. Sí, hay algo de cierto en esto, pero también hay mucho de engaño, con el que el Mentiroso busca mundanizar a los seguidores de Cristo y hacerlos inocuos”, quiso recalcar Francisco.

Tras confirmar que el estupor no disminuye con el pasar de los años, no decae con el aumento de las responsabilidades en la Iglesia, sino que se refuerza y profundiza, Francisco recordó que su predecesor Pablo VI en su la Encíclica Ecclesiam suam supo transmitir ese amor por la Iglesia, “un amor que es ante todo gratitud, maravilla agradecida por su misterio y por el don no sólo de habernos admitido, sino de habernos implicado, hecho partícipes, es más, de hacernos corresponsables”.

“Esto, queridos hermanos y hermanas, es un ministro de la Iglesia: alguien que sabe maravillarse ante el designio de Dios y con este espíritu ama apasionadamente a la Iglesia, pronto para servir en su misión donde y como quiera el Espíritu Santo”, concluyó el Papa.