"Creo que esta epidemia ha dispersado el humo de la quimera. El hombre autodenominado todopoderoso aparece en su cruda realidad. Aquí está, desnudo. Su debilidad y su vulnerabilidad son patentes. El hecho de estar confinados en casa nos permitirá, espero, volver de nuevo a lo esencial, redescubrir la importancia de nuestra relación con Dios y, por ende, de la centralidad de la oración en la existencia humana": es la valoración general sobre la pandemia propuesta por el cardenal Robert Sarah en una entrevista de Charlotte d'Ornellas en Valeurs Actuelles, traducida por Infovaticana.

"El gran error del hombre moderno es su rechazo a la dependencia", continúa el prefecto de la Congregación para el Culto Divino: "El hombre moderno se concibe a sí mismo como un individuo radicalmente independiente. No quiere depender de las leyes de la naturaleza. Se niega a depender de los demás comprometiéndose a vínculos definitivos como el matrimonio. Considera una humillación depender de Dios. Se concibe sin deber nada a nadie".

Pero todo ello "no es más que una quimera", y "la experiencia del confinamiento" ha permitido que muchos lo redescubran: "Cuando todo se desmorona, solo quedan los vínculos del matrimonio, la familia y la amistad. Hemos descubierto de nuevo que somos miembros de una nación y, como tales, estamos unidos por lazos invisibles pero reales. Y, sobre todo, hemos redescubierto que dependemos de Dios".

"El tiempo del falso pudor y de las dudas pusilánimes ha terminado"

También "hemos tomado conciencia de que nuestra vida era frágil. Nos hemos dado cuenta de que la muerte no era algo lejano. Hemos abierto los ojos... Es imposible no plantearse la cuestión de la vida eterna cuando cada día nos informan del número de contagiados y fallecidos... ¿Y si, simplemente, osáramos aceptar nuestra finitud, nuestros límites, nuestra debilidad de criaturas? Me atrevo a invitar a todos a dirigirse a Dios, hacia el Creador, el Salvador... Sin nada, con las manos vacías y el corazón inquieto, ¿qué nos queda? La cólera contra Dios es absurda. Nos queda la adoración, la confianza y la contemplación del misterio".

Y añade: "Ha llegado el momento de atreverse a decir estas palabras de fe. El tiempo del falso pudor y de las dudas pusilánimes ha terminado. El mundo espera de la Iglesia una palabra fuerte, la única palabra que da esperanza y confianza, la palabra de la fe en Dios, la palabra que Jesús nos ha confiado"

¿Qué tienen que hacer los sacerdotes en esta situación? "Todo lo que puedan para permanecer cerca de sus fieles", responde Sarah, quien celebra que en estas circunstancias muchos de ellos hayan redescubierto "su vocación a la oración": "El sacerdote está hecho para estar constantemente ante Dios, para adorarlo, glorificarlo y servirlo". Su "identidad profunda" no es ser "animadores de reuniones o de comunidades", sino ser "hombres de Dios, hombres de oración, adoradores de la Majestad de Dios, hombres contemplativos".

En cuanto a los fieles, "es importante redescubrir cuán preciosa puede ser la costumbre de leer la Palabra de Dios, de recitar el rosario en familia o de consagrar tiempo a Dios, en una actitud de entrega de uno mismo, de escucha y adoración silenciosa... Ha llegado el momento de redescubrir la oración en familia, de que los padres aprendan a bendecir a sus hijos". Y también "se les pide a los cristianos ser heroicos: cuando los hospitales piden voluntarios, cuando hay que ocuparse de personas solas o que viven en la calle".

Lo que nos enseña la pandemia

Hay que aprender de esta situación ahora que hay tiempo, porque "si el hombre no vuelve con todo su corazón a Dios, todo volverá a ser como antes y el camino del hombre hacia el abismo será ineludible", advierte el purpurado guineano, quien denuncia el "consumismo mundial" que aísla a los individuos y los abandona "a la jungla del mercado y la finanza". La pandemia nos da otra perspectiva: "Tomamos conciencia de nuevo de ser una nación, con sus fronteras, que podemos abrir o cerrar para la defensa, la protección y la seguridad de nuestra población. En el fundamento de la vida de la ciudad, encontramos vínculos que nos preceden: los de la familia y la solidaridad nacional. Es hermoso verlos resurgir de nuevo".

"La presión mediática nos había obligado a ocultar lo mejor de nosotros mismos", ensalzando a quienes "llegan a la cima eliminado a quienes obstaculizan su camino": "Y he aquí que, repentinamente, admiramos y aplaudimos con respeto y gratitud a los cuidadores, el personal sanitario, los médicos, los voluntarios y los héroes de lo cotidiano. De improviso, nos atrevemos a aclamar a los que sirven a los más débiles. Nuestro tiempo tenía sed de héroes y santos, pero la ocultaba avergonzado".

Cinismo

Tras lamentar "la violencia y las calumnias groseras" que se desencadenaron tras la publicación de su libro conjunto con Benedicto XVI Desde lo más hondo de nuestros corazones, el cardenal Sarah recuerda que "las páginas más importantes" de la obra eran "las que atañen a la renuncia necesaria a los bienes materiales por parte de los sacerdotes, las que llaman a una reforma basada en la búsqueda de santidad y la vida de oración por parte de los sacerdotes".

En relación al sínodo sobre la Amazonia, confiesa que le entristece profundamente el "cinismo" de quienes utilizan "las dificultades de los pobres para promover proyectos ideológicos... en lugar de trabajar para hacer descubrir a los pueblos de la Amazonia la hondura y la riqueza únicas de la persona de Jesucristo y de su mensaje de salvación".

Unidad en la fe

El prefecto del Culto Divino recuerda asimismo que "la unidad de los católicos no es un simple afecto sentimental, sino que se funda sobre lo que tenemos en común: la Revelación que Cristo nos ha dejado. Si cada uno depende de su opinión, su novedad, entonces la división se extenderá por doquier. El origen de nuestra unidad nos precede. La fe es una, es ella la que nos une. El verdadero enemigo de la unidad es la herejía".

"El subjetivismo enloquece los debates", apunta: "Si creemos en la verdad podemos buscarla juntos, podemos incluso tener debates francos entre teólogos y nuestros corazones permanecerán apaciguados. Sabemos que al final la verdad surgirá. Al contrario, cuando cuestionamos la objetividad intangible de la fe, entonces todo se transforma en rivalidad entre las personas y en luchas de poder. La dictadura del relativismo, al destruir la confianza pacífica en la verdad revelada, impide un clima de serena caridad entre los hombres".

En medio de esa confusión, Sarah pide a los cristianos "que permanezcan tranquilos y confiados. La fe no cambia, los sacramentos no cambian. Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre. La vida divina se transmite a pesar de nuestros errores y pecados".

Los lobos y las almas

"¡Allí donde reine la confusión, Dios no puede habitar!", advierte, algo que tiene especial aplicación en la Iglesia alemana, donde lo que está pasando es "terrible": "Da la impresión de que las verdades de la fe y los mandamientos del Evangelio van a ser votados. ¿Con qué derechos podemos decidir renunciar a una parte de la enseñanza de Cristo?"

"¡Ha llegado el momento de arrancar a los cristianos del relativismo, ambiente que anestesia sus corazones y adormece el amor!", exhorta el cardenal ante las últimas preguntas de Charlotte d'Ornellas: "A nuestra apatía ante las desviaciones doctrinales se añade la tibieza que se ha instalado entre nosotros. No es extraño ver errores graves en la enseñanza de las universidades católicas, o en las publicaciones oficialmente cristianas. ¡Nadie reacciona! Estemos atentos, un día los fieles nos pedirán cuentas. Nos acusarán ante Dios de haberles entregado a los lobos y haber desertado nuestra tarea de pastores que defienden a sus rebaños... Está en juego la salvación de las almas, de las nuestras y de las de nuestros hermanos. El día en que ya no ardamos de amor por nuestra fe, el mundo morirá de frío puesto que estará privado de su bien más precioso".