Muchas veces parece que Dios sigue y persigue a una persona, hasta encontrarse con ella. Parece que le busca en su historia concreta hasta que es imposible continuar mirando hacia un lado obviando la realidad que se tiene por delante. «Te he llamado por tu nombre, eres mío», dice el profeta Isaías. Y ésta es precisamente la historia de Ronda Chervin: desde el ateísmo y el desprecio más profundo hacia el catolicismo, hasta llegar a la conversión del corazón. Ella misma cuenta la «amorosa persecución de Dios» a lo largo de los años.


Ronda nació en 1937 en Nueva York y tiene una hermana gemela. Sus padres se habían conocido en el Partido Comunista, y después pasaron a ser informadores del FBI. «Los comunistas les amenazaron con bombear nuestra cuna», cuenta. Ambos padres eran de orígen judío pero militantemente ateos.  No habían sido educados en la religión judía y desde luego no tenían ningún interés en observar las fiestas ni acudían a la sinagoga. Se separaron cuando sus hijas tenían ocho años.Tan peculiar familia hizo de Ronda una persona que no encajaba en ningún sitio: ni con los católicos, ni con los protestantes, ciertamente no con los judíos ortodoxos en plena expansión, tampoco con los judíos reformistas, ni con los sionistas ateos, ni mucho menos con los judíos de izquierda antisionistas. «Más tarde, como católica, me di cuenta que mi deseo de pertenecer a un grupo identificable para siempre tenía una razón psicológica y también teológica», explica Ronda. «Sin embargo, todos mis familiares se preciaban de ser americanos socialistas librepensadores», lamenta.


La vida de Chervin estaba marcada por ser descendiente de dos abuelos absolutamente contrarios en vida y pensamientos. Por un lado, su abuelo paterno, de ascendencia sefardí judía, emigró a EEUU gracias a un programa financiado por judíos masones que consistía en introducir a jóvenes brillantes en las facultades, de modo que el día de mañana pudieran convertirse en los grandes líderes de las logias masónicas. De hecho, su abuelo se estableció como dentista en una de las calles más céntricas de Nueva York, Madison Avenue. Eso sí, Ronda puntualiza: «Mi abuelo nunca observó las fiestas judías, era ateo».

Por otro lado estaba su abuela paterna, que conoció a su futuro esposo precisamente en la consulta. Considerada como «rubia y frágil», no dejó de acudir ni un sólo domingo a la Iglesia y rezó siempre por su marido, sus hijos y sus nietos, todos ateos. Leía la Biblia día y noche.

«Tenía absolutamente prohibido —bajo amenaza de no volver a vernos— hablar a sus nietas de Dios o de la religión». Después de su muerte, Ronda heredó la Biblia de su abuela, en la que ella había escrito a mano: «Rezo para que algún día mis nietas puedan leer esto». Los padres de Ronda ridiculizaban constantemente a la abuela por su fe: «La usaban como prueba de cómo sólo la gente estúpida y débil todavía creía Dios después de que tanto Nietzsche como la evolución habían demostrado que Dios no existía o que estaba muerto».


Ronda comenzó sus estudios de Filosofía en la Universidad de Rochester y, al mismo tiempo, su independencia juvenil. «Al igual que muchos ateos, había sido educada para considerar ridícula la moral sexual de la gente religiosa. Por temor a un embarazo, había evitado tener relaciones sexuales. Pero al establecerme por mi cuenta, mi gran deseo era dar mi virginidad tan pronto como pudiera encontrar a algún joven atractivo dispuesto a iniciarme. Gracias a la providencia de Dios no me quedé embarazada, porque estoy segura de que habría abortado en ese caso. ¿Eras Tú, Padre de la vida, protegiéndome de una vida entera de culpabilidad?», reflexiona.

Uno de sus novios fue un estudiante extranjero del programa de posgrado de Filosofía. Era un alemán que había militado en las juventudes hitlerianas en su adolescencia, pero que había sido salvado por un sacerdote católico de continuar en ese terrible movimiento. «Comenzó a alimentarme con libros apologéticos, desde Chesterton hasta Karl Adam. No habiendo leído el Nuevo Testamento, casi no entendía una palabra de estos tratados, pero algo me tocaba, porque empecé a querer conocer a los católicos, incluso después de romper mi relación con el alemán», cuenta.


Especializarse en Filosofía había sido para Ronda su forma de buscar la verdad. «En las universidades laicas a las que asistí, el escepticismo estaba tan de moda que, un año después me sentía desesperada: ¿Dónde estaba la verdad? ¿Dónde estaba el amor? ¿Por qué vivo?». En esta tesitura, topó con un programa televisivo llamado «La Hora Católica». Los invitados eran Dietrich Von Hildebrand y Alice Jourdain, y estaban hablando sobre la verdad y el amor. «Espontáneamente le escribí una carta contándoles mi infructuosa búsqueda de la verdad». Resultó que ambas vivían cerca de su casa y le invitaron a visitarlas. Le sugirieron asistir a clases de Dietrich Von Hildebrand y Balduin Schwarz, su discípulo, en la Universidad de Fordham. «Fui a unas pocas clases. Lo que más me impresionó no fueron las ideas de los filósofos católicos, sino su vitalidad personal y su alegría. El escepticismo, el relativismo y el historicismo que caracterizaba la mayoría de las universidades seculares en ese momento había dejado a muchos de los profesores tristes y desecados». Así que Ronda, atraída por esta alegría y por la amorosa amabilidad con la que todos le recibieron, continuó sus estudios en esta universidad.

Después de unos meses en Fordham, no podía dejar de preguntarse cómo era posible que católicos y jesuitas, brillantes intelectualmente, pudieran creer en ideas tales como la existencia de Dios, la divinidad de Cristo, la realidad de la verdad objetiva y de la moral absoluta, y la necesidad de ir a la iglesia. «Obviamente, no sólo la gente estúpida y débil pensaba de esta manera», reconoce.


Ronda se unió con sus nuevos amigos en un viaje-peregrinación a Europa para ver museos y obras de arte. A pesar de que odiaba cualquier estilo artístico excepto el más moderno, y no tenía aún interés en saber más sobre Dios, Cristo o la Iglesia, aceptó ir para disfrutar del tiempo con ellos. «El primer milagro ocurrió cuando entré en la catedral de Chartres en Francia. Me puse a llorar y me pregunté ´¿Cómo puede ser tan hermoso si no hay verdad en él, sólo ignorancia medieval?´».

Dado que sus amigos acudían a misa cada día, Ronda se unió también con más curiosidad que interés real: «Ver a mi noble y sabio profesor de Filosofía de rodillas me asombraba y me disgustaba. Quería darle un empujón y gritarle que ningún hombre debería arrodillarse nunca», admite. El segundo milagro llegó con la lectura de la Biblia. Y el tercero pocos días después: «Tuve el impulso de arrodillarme en el pasillo del hotel y musitar una oración: ´Dios, si hay un Dios, salva mi alma, si tengo un alma´». Otro milagro más en Lourdes, tocada por el coro que cantaba. Y el siguiente en en Florencia, frente al cuadro inacabado de La Natividad de Leonardo Da Vinci: «Miré a la Virgen María, tan simple, pura y dulce, y lloré. Ella tenía algo que yo nunca tendría: ¡pureza! Por primera vez me vi a mí misma como pecadora». Después una grandísima impresión ante un tapiz de Rafael con el rostro de Cristo. Y el último en el viaje: ver de cerca al Papa Pío XII en San Pedro: «Tenía exactamente la misma expresión en sus ojos que el rostro vivo de Jesús del tapiz de Rafael».


Después de tanta profusión de impresiones, acontecimientos y milagros, Ronda necesitaba sentarse y reflexionar: «Estudié libros como Mero Cristianismo de C.S. Lewis. Además, la lectura de libros de Chesterton y del cardenal Newman hizo que convertirme al catolicismo fuera algo ya inevitable».

El 4 de junio de 1959, con 21 años, Ronda fue bautizada. «No ha habido un solo momento en mi vida en el que me haya arrepentido de ser católica. Años después, mi hermana gemela, mi madre y mi esposo se convirtieron al catolicismo», cuenta con agradecimiento.

La página personal de Ronda es www.rondachervin.com
El blog de Ronda Chervin puede leerse aquí