Hace unos años, en marzo de 1995, fui a visitar, a don Adolfo Suárez González sobre temas de la Universidad Católica de Ávila, ya que él era el vicecanciller de la misma, y en seguida me preguntó si había leído la encíclica del Papa Evangelium Vitae. Le respondí que estaba casi acabando su lectura. Y me replicó que él ya la había leído y que le había reconfortado mucho puesto que él siempre había defendido el derecho a la vida; y que por eso había corregido el texto del Proyecto de Constitución en el artículo 15, que utilizaba una expresión que dejaba un boquete abierto a posibles lesiones de este derecho, por ejemplo legitimando el aborto o la eutanasia o la pena de muerte.

Y me comentaba: "Algunos dicen que el aborto podría ser constitucional. Ni mucho menos", añadía, "porque con esta pluma, esta misma pluma" –y esgrimía la pluma en cuestión– "escribía yo mismo la corrección del proyecto constitucional" (art. 15) y lo dejaba tal y como ha sido aprobado: "Todos tienen derecho a la vida", incluyendo de esa manera también al nasciturus, al embrión gestado pero no nacido. "¡Me van a decir a mí lo que dice la Constitución!", añadía: "Precisamente fijé el texto teniendo presente el tema del aborto que pensaban algunos legalizar".

Durante los debates constitucionales de 1978, la redacción del artículo 15 enfrentó a quienes querían atribuir el derecho a la vida a "todos", para incluir al no nacido y protegerlo, y quienes querían atribuirlo a las "personas", para excluirlo y tener base para legalizar el aborto. El testimonio de Adolfo Suárez que ofrece el cardenal Cañizares es relevante a este respecto.

Y ahora el presidente del Tribunal Constitucional, con seis consejeros más, han afirmado que en la ley de plazos de Rodríguez Zapatero, recurrida por el PP, no han encontrado nada inconstitucional. Siete consejeros progresistas de tan alto tribunal afirman, en consecuencia, lo contrario de lo que había pretendido don Adolfo Suárez con su corrección clara del proyecto constitucional extendiendo el derecho a la vida a todos, a todo ser humano, también al embrión, al nasciturus, porque también es un ser humano, aunque no tenga el trato jurídico de persona incluso científicamente hablando.

Y añado ahora, para más Inri y desvergüenza, las declaraciones del señor Núñez Feijóo, que ve razonable la sentencia y la ley de plazos por la que su partido, el PP, presentó hace trece años el recurso de inconstitucionalidad. ¿Cómo es posible que actúe ahora en contra de su partido? ¿Ha "traicionado" a su partido, el PP, y sigue con el papel de representar al PP después de haberlo "traicionado" así, después de trece años? La verdad es que no se entiende nada. Lo que sí se entiende es que el Tribunal Constitucional con su veredicto ha dado licencia para matar a seres humanos, porque seres humanos son los embriones, los nasciturus.

Usted, señor Conde-Pumpido, y los otros consejeros progresistas del Tribunal Constitucional, también han sido embriones nasciturus, y ahí están; sus buenas madres, gracias a Dios, no hicieron con ustedes lo que ahora su siniestra mano ha permitido y suscrito; Dios y sus madres, porque los amaban, querían sus vidas. Es una hecatombe lo que nos está pasando.

Hago un paréntesis de carácter histórico, evocando cuando don Alberto Ruiz-Gallardón presentó su proyecto de Ley sobre protección de la vida naciente y de las madres gestantes y lo retiró el mismo PP. A partir de entonces, el PP no ha dado pasos adelante y me temo que si sigue con estos procederes tampoco va a darlos de ahora en adelante.

El aborto es una cuestión jurídica y también moral: las dos cosas al mismo tiempo e inseparables. La ley que lo legitima es una ley injusta e inicua. Por tanto, no debe ser secundada.

El aborto es una hecatombe; más de 90.000 abortos cada año, los dos últimos, que no pueden dejar indiferentes a nadie. Tampoco a los responsables de la cosa pública (Gobierno, Congreso, Senado, Tribunal Constitucional), que debieran pensar en el bien común, en el de las personas, en el porvenir de la nación. Quien niegue la defensa del ser humano más inocente y débil, el ser humano concebido y no nacido, como si fuese una cosa, un "algo", comete una violación gravísima del orden jurídico y ético-moral. Y, entonces, ¿qué sentido tiene hablar de la defensa de los hombres, de sus derechos fundamentales, si no se protege a un ser humano inocente y débil, o se llega incluso a facilitar los medios o servicios públicos o privados, para destruir vidas humanas e indefensas iguales en dignidad a otros seres humanos, quizá no inocentes y que se pueden defender por sí mismos?

El respeto absoluto a la vida de un ser humano inocente es norma de comportamiento privado o público que debe estar sujeta a ley para todos los hombres y mujeres que quieran vivir con la ley y ética y moralmente. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente provocada por la violencia de un semejante; se minaría el fundamento de la sociedad y del Estado de Derecho. La introducción de una ley permisiva del aborto hasta considerarlo como un derecho (¡derecho a matar!, que es a lo que parece que se apunta) se ha apuntado como la afirmación de un principio de libertad; pero preguntémonos si no es por otros criterios.

Pienso que en este fenómeno triste e involutivo, retardatario, nada progresista, quien ha sido derrotado es el hombre y la mujer, la Humanidad, pero también ha sido derrotado el médico, el personal sanitario, el juez, el jurista, el político. Es urgentísimo recordar y exigir que "la vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios, que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y entrevé al adulto de mañana, cuyos días están contados y cuya vocación está ya escrita en el «libro de la vida»" (Evangelium Vitae, 61).

Una ley, aunque sea declarada constitucional, no quiere decir que inexorablemente no sea inicua y perversa. Y esta ley lo es; por tanto, no puede ni debe ser secundada. Lo siento. ¿A quién están obedeciendo unos y otros? ¿A la Agenda 2030, al Nuevo Orden Mundial? Sea quien sea, ha sido derrotada la razón, la humanidad.

La que no ha sido derrotada ha sido la Iglesia, aunque algún medio de comunicación social así lo ha difundido. Me extraña de verdad que los responsables de ese medio permitan cosas como ésta. No existe verdadera justicia si permite el asesinato, el crimen; y el aborto es un crimen. Un pueblo que mata a sus hijos es un pueblo sin futuro. ¿Lo queremos así? La Iglesia, por lo demás, no está pidiendo castigos, sino que está llevando a cabo meritorias obras en favor de la mujer con un embarazo no deseado. De eso se deberían preocupar sus detractores y los que la insultan con muestras de ridículo por oponerse a las leyes que de una manera u otra favorecen el aborto.

Publicado en La Razón.