Sé que hay muchos católicos que, de una forma u otra, están a la espera de la implacable persecución institucional que avanza hacia nosotros a menos que derrotemos a lo Único Necesario para la izquierda laicista, a saber: esa bestia destructora de la familia y alimentadora del Estado que se llama Revolución Sexual, con sus siete cabezas y diez cuernos y montada por una prostituta. Tal como lo veo, estos católicos se clasifican en cuatro grupos.
 

En primer lugar están los Perseguidores. Esta gente odia a la Iglesia, y por eso se mantienen ostensiblemente como miembros de ella. En su interior desean castigar a la Iglesia por lo que consideran sus pecados, que en estos tiempos no tienen nada que ver con sus enseñanzas sobre la Trinidad o la naturaleza de Cristo, sino con el sexo (de ese bajo nivel son nuestras herejías). ¡Oh, Arrio, Arrio, ojalá tuviésemos enemigos como tú!

El Perseguidor tiene una aversión desatada por el Papa Juan Pablo II, el padre tolerante a quien el Perseguidor, como un niño mimado, presenta como un tirano, y por Benedicto XVI, cuya inteligencia abarcadora y penetrante hace sentirse al Perseguidor, por comparación, como un mequetrefe.
 
En todos los conflictos entre el Estado y la Iglesia, el Perseguidor no solamente estará del lado del Estado, sino que con mucho gusto encabezará la acusación. Por poner un reciente ejemplo en Connecticut, impulsará una ley dirigida a someter la actividad de las parroquias católicas a la supervisión estatal. Por poner un ejemplo actual en Nueva York, intentará obligar a los centros católicos de atención a la embarazada a orientar a la mujer al abortorio más cercano. Se entusiasmará amenazando a los colegios católicos con perder la subvención pública si siguen siendo católicos (por ejemplo, si creen que no es buena idea permitir que grupos entregados a Sodoma modelen la mente de los niños).

Pero, ¿por qué utilizo el pronombre genérico masculino? Ella –ella, la Perseguidora– querrá obligar a los médicos católicos a colaborar en los abortos, o incluso a practicarlos; ella querrá obligar a las parroquias católicas a ceder sus terrenos y salones para la celebración de la pseudogamia. ¿Libertad religiosa? El Perseguidor no respeta ni a Dios ni la conciencia del hombre.
 

En segundo lugar están los Colaboracionistas. El Colaboracionista no odia a la Iglesia, pero tampoco la ama. Es mundano y ansía la aprobación del mundo. Cree en “el futuro”, y eso significa que es presa fácil para los embaucadores de las ideologías de moda: un ratón de campo contra el búho real. Le molesta la tradición. Rara vez tiene valentía suficiente para defender una herejía formal, tan rara vez como tiene valentía suficiente para defender a la Iglesia con claridad y confianza. Es complaciente, como un corderito, cuando comparte y cena con los poderosos, pero se revolverá con frustración contenida contra el feligrés normal que se atreve a cuestionar su prudencia. Si es un obispo, será secretamente feliz cerrando iglesias y vendiendo sus propiedades, consolándose a sí mismo con la idea de que lo que hace es lo único necesario en los tiempos difíciles, y culpando a los mismos feligreses por no saber educar a sus hijos en la fe… cuando lo cierto es que ni él ni la diócesis les han ayudado a hacerlo y normalmente han revisado cada uno de sus pasos.
 
El Colaboracionista quiere que el Estado arrastre a la Iglesia hasta “el mundo moderno”, sea éste lo que sea, lo cual depende del momento y del lugar. ¡Oh!, sin duda no quiere que ese arrastre sea violento, y pontificará alabando la santidad de la conciencia individual… en la medida en la que el individuo, con su tierna conciencia, se quede allí donde resulte ineficaz e inerte, como una semilla en el cemento. El Colaboracionista, sacudiendo la cabeza con tristeza y complicidad, se complacerá a sí mismo meditando sobre los numerosos pecados de su Santa Madre Iglesia, y los magnificará, e incluso se inventará pecados que nunca cometió para demostrarse mejor a sí mismo lo abierto de mente y moralizante que es.
 

Luego viene el Vengador. Ha intentado vivir según la Iglesia y lo que principalmente ha recibido de ella ha sido rechazo, desprecio o persecución. Eso le ha destrozado por dentro, y ahora odia a la Iglesia tal como es más de lo que la ama como la esposa de Cristo. Ve cómo la Iglesia se ha enfeudado al aceptar la moneda del César que el César ofreció al principio con la mejor de las intenciones y ahora espera el momento en el que la Santa Madre Iglesia tenga que prescindir de esa moneda. Comprende que eso significará la muerte de un número incalculable de colegios e institutos católicos, pero dice que merecen morir; y no considera con claridad cuántas almas se perderán. Para él, es mejor que no hubiese ninguna escuela católica, a que la escuela tenga que luchar por seguir siendo católica en tiempos malos: luchando, y con frecuencia fracasando, pero luchando por todo eso.

El Vengador no facilita, sino que dificulta la conversión de quienes todavía desean creen en Cristo pero han asumido, normalmente sin mucha reflexión, las ideas confusas propias de nuestra época. Al Vengador le gusta rechazar, le gusta perder, porque eso le brinda una magnífica oportunidad para ponderar su valentía. A veces el Vengador es tradicionalista. A veces odia al tradicionalista. Pero en un caso u otro, no dirige su rifle contra los terribles enemigos externos de la Iglesia: no lucha contra el materialista, contra el partidario de la revolución sexual, contra el laicista radical, contra el defensor de la globalización, contra el corruptor de menores, contra el vendedor de pornografía. Dirige su rifle contra los católicos, muchos de los cuales son buenos católicos que disienten de él en cuanto a la estrategia. El Vengador no acudirá a la guerra a menos que apruebe la estrategia en todos y cada uno de sus detalles, lo cual, por supuesto, jamás sucederá. Prefiere ser un general de salón a un soldado que combate en las trincheras.
 

Por último, tenemos al Soldado. El Soldado se queja de sus superiores, pero no porque le den malas órdenes, sino porque no le dan órdenes en absoluto. Quiere combatir, y está dispuesto a ser dirigido. Sabe que la guerra es el infierno, pero que ni la Iglesia ni él han buscado la guerra. Son la guerra y los demonios que la conducen quienes han salido a buscar a la Iglesia para adulterarla y matarla. El Soldado preferiría la paz: preferiría que su país pudiese volver, cuando menos, a una mundanidad sana, garantizando a la Iglesia la libertad que le es debida y que redunda en beneficio del estado mismo.

El Soldado no dice: “Lucharé, pero mis generales deben ser sabios perfectos”. Los generales nunca son sabios perfectos ni perfectos en nada. El Soldado no dice: “Lucharé, pero solo si no tengo que compartir el campo de batalla con estos otros”, donde los otros pueden ser tradicionalistas, ecumenistas, protestantes amigos de la Iglesia católica o católicos que no comparten con él alguna opinión política. El Soldado agradece tener camaradas de armas, y si sus uniformes son un poco distintos al suyo, da por sentado que el Señor de los Ejércitos (cf. 1 Sam 1, 3) arreglará el asunto al final.

El Soldado no se hace ilusiones ante una situación desesperada. No es Pollyanna [niña que ve siempre, exageradamente, el lado bueno de las cosas, protagonista de la novela del mismo nombre escrita en 1913 por Eleanor Porter]. Pero recuerda las palabras de Jesús: “En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo! porque yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

El Soldado no rechazará un banquete, pero tampoco se quejará si tiene que ayunar. El soldado está lleno de thymos [ímpetu]: entorna los ojos y mira el horizonte; respira fuerte por la nariz y su corazón late con emoción; canta Rise Up, O Men of God [Alzaos, hombres de Dios, popular himno espiritual obra del pastor presbiteriano William P. Merrill (1867-1954)]; tiene ansia de honor, sobre todo del honor de la Iglesia; no le importa que le consideren tonto. Es inmensamente atractivo y se gana el respeto incluso de sus enemigos. Atrae a la Iglesia a hombres y mujeres sin que sea ése su objetivo principal, porque es más agradable pasar un día en el campo de batalla con el Soldado que miles en los salones del rico, del poderoso, del melindroso, del descreído y del loco.
 
Que Dios nos dé la gracia de ser ahora, todos nosotros, Soldados. La guerra ha llegado.

Publicado en Crisis Magazine.
Traducción de Carmelo López-Arias.