Pasados los calores más rigurosos del verano, volvemos al curso pastoral y académico de la mano de Santa María. La novena de estos días nos prepara a la fiesta de la Natividad de María, que en muchos lugares es la fiesta principal de la Virgen. En la ciudad de Córdoba, Nuestra Señora la Virgen de la Fuensanta, que viene a la catedral para recibir el homenaje de sus hijos, sobre todo de los jóvenes, que la llevan de nuevo a su santuario para el día de su fiesta principal.

Es una alegría encontrarse de nuevo con la Madre. Ella no nos deja nunca, pero nosotros nos acordamos más o menos de Ella, según las circunstancias. Por eso, encontrarse con Ella de nuevo es motivo de alegría y esperanza para todos. En estos días vemos a muchas madres por la calle, tirando del brazo de sus hijos pequeños, porque estos sienten pereza de volver al cole. Pues eso, nosotros de la mano de María al trabajo de cada día, aunque Ella tenga que tirar un poco de nosotros, que sentimos cierta pereza de ponernos a la obra. Invoquemos a María especialmente en estos días de comienzo de curso.

Un nuevo curso es una nueva oportunidad de gracia de Dios para nosotros, y esto nos abre a la esperanza. María está ahí, siempre junto a su Hijo, para darnos el fruto bendito de su vientre. Si la vida cristiana consiste en parecernos cada vez más a Jesús, prolongar su vida en nosotros, participar en sus sentimientos, Dios nos ha dado una Madre para que nos conduzca pedagógicamente en esta tarea. Por eso, abrir el año pastoral con la presencia maternal de María nos estimula en el trabajo.

Una intención especial traigo en mi corazón, entre otras muchas que podemos presentarle. Me refiero a la necesidad de la lluvia abundante, que riegue nuestros campos y haga revivir la vida en la agricultura, en la ganadería, en nuestros embalses, en el consumo humano del agua. Donde hay agua hay vida. Necesitamos agua y es tradición de siglos y siglos en las personas creyentes que, cuando llega esta sequía a sus extremos, nos dirijamos a Dios con rogativas comunitarias para pedirle el don de la lluvia, que nos traiga agua abundante.

Ciertamente los meteorólogos saben explicar y predecir el movimiento de los vientos y las coincidencias de las nubes que provocan la lluvia. Pero ellos no nos la pueden producir. Si no, a ellos se lo pediríamos. Sin embargo, Jesús en la oración del Padrenuestro nos enseñó a pedir el pan cotidiano entre otras peticiones. Es decir, pedir el alimento que necesitamos para sobrevivir. Pues, en este momento necesitamos el agua de las nubes para fertilizar los campos y las cosechas, la ganadería y todo el sector primario de la agricultura.

Os ruego, por tanto, que elevemos oraciones a Dios para pedir la lluvia en nuestros días. No basta con que llueva un poco, es necesario que llueva mucho y que las reservas de agua vuelvan a rellenarse, sin que ello provoque inundaciones y otras catástrofes. Si os parece, durante todo el mes de septiembre, cuando se presente la ocasión, en la Santa Misa, en las preces de los fieles, en el Santo Rosario, en la Liturgia de las Horas, vamos a pedir la lluvia necesaria para poder sobrevivir. Dios sabrá cuándo y cómo nos la enviará, pero nosotros no dejemos de pedirla. Hagamos que una necesidad grave, como es ésta, se convierta en ocasión de renovar nuestra fe en el Dios que nos cuida todos los días.

Los creyentes, que tenemos a Dios como Padre providente, no podemos dudar de que Dios nos concederá lo que pedimos, ya que es una necesidad común y urgente para todos en estas latitudes. La oración de petición preparará nuestros corazones para recibir lo que Dios está queriendo darnos, y no nos lo da porque no se lo pedimos.

Publicado en el portal de la diócesis de Córdoba.