Señalábamos en un artículo anterior que la aceptación social de la eutanasia es la inevitable consecuencia del eclipse de la fe religiosa, que vuelve insoportable el dolor. Esta inevitable deriva la percibió magistralmente Robert Hugh Benson en la estremecedora Señor del mundo (1907), una novela de anticipación que retrata un mundo en el que ha triunfado un humanitarismo sin Dios y han desaparecido las diferencias nacionales; un mundo donde se ha impuesto una forma de organización, híbrido de capitalismo y comunismo, que permite divisiones partidistas para representar un simulacro de democracia ante las masas sometidas a un control mental colectivo.

En este mundo la religión se ha quedado casi sin fieles. "Dios, en la medida que era posible conocerlo, era sólo el hombre -reflexiona uno de los personajes principales del libro, el diputado Oliver Brand-; y la paz, no la espada que trajo Jesucristo, es la condición del progreso humano; la paz que brota de la comprensión, la paz que emana de un conocimiento claro de que el hombre lo es todo". Esta paz universal, lograda por un político que acaba siendo presidente del Orbe, el enigmático Felsenburgh, sólo se topa con un enemigo -contra el que pronto se declarará una persecución abierta-, cierta fe "grotesca y esclavizadora", propia de "incompetentes, ancianos y disminuidos". Pero el humanitarismo sin Dios alcanza la hegemonía, revestido de un inmenso poder que se abre paso en las conciencias, logrando que la Humanidad entera profese sus dogmas, incluidos los niños (que beben su jugo en las escuelas, "como antaño hacían con el cristianismo") y hasta los sacerdotes (que lo absorben "igual que antes absorbían a Dios en la Comunión").

En este mundo tan parecido al nuestro, la eutanasia se ha convertido en la solución más eficaz y socorrida para acallar el dolor físico y, sobre todo, el dolor espiritual de la desesperación. Mabel, la mujer del diputado Brand, tendrá ocasión de presenciar cómo los "administradores de la eutanasia" abrevian la agonía de un herido en un accidente; pero antes de que lleguen al lugar del siniestro, ha logrado atender al moribundo un sacerdote de incógnito que le administra la extremaunción. Conmovida, y traumatizada, Mabel quiere saber algo sobre esa olvidada religión que lleva la paz a las almas torturadas, pero su marido logra disuadirla: "En el fondo de tu corazón -le dice- sabes que los administradores de eutanasia son los auténticos sacerdotes". Y Mabel, deseosa de alcanzar la paz, acaba ingresando en una clínica de eutanasia voluntaria. A medida que su vida se desvanece, Mabel descubre, "algo que supo en un instante que era único. Entonces vio y comprendió...".

Ojalá quienes desde hoy recurran a la eutanasia que les brinda el humanitarismo lleguen a ver y comprender, un instante antes de que su vida se desvanezca. Los "incompetentes, ancianos y disminuidos" que aquí quedamos debemos irnos preparando para la terrible persecución de Felsenburgh, que será la última y definitiva.

Publicado en ABC.