Miércoles, 16 de junio de 2021

Religión en Libertad

Sin ganas de vivir

Mujer llora en la ventana.
La consideración del sufrimiento está directamente relacionada con lo que se cree sobre el más allá. Foto: Milada Vigerova / Unsplash.

por Juan Manuel de Prada

Opinión

Una prueba inequívoca de que el concepto de libertad instaurado por el liberalismo sirve, a la postre, para que socialistas y comunistas se impongan (como sosteníamos en nuestro anterior artículo) nos la brinda la reciente aprobación de la ley de Eutanasia. Una libertad que convierte la voluntad humana en soberana inevitablemente se rebela contra el sufrimiento. En el viejo mundo en donde la libertad era capacidad de discernimiento para elegir entre el bien y el mal dentro del orden del ser, el hombre aceptaba el sufrimiento como parte integrante de la vida. En el nuevo mundo regido por la libertad instaurada por el liberalismo, el hombre se rebela contra el sufrimiento; y en su rebelión aspira a suprimirlo por completo, tomando el control del destino humano a través de la ciencia. Sólo que, a la postre, la ciencia falla en su misión de suprimir el sufrimiento, dejando al hombre endiosado en ridículo; y entonces a la libertad autodeterminada sólo le resta suprimir la propia vida. La estación final del hombre endiosado por el liberalismo es la eutanasia; y en esa estación siempre hay un comité de bienvenida formado por socialistas y comunistas. El liberalismo sacude el árbol y los socialistas y comunistas recogen las nueces.

Por eso los liberales no pueden execrar convincentemente la eutanasia, pues es la consecuencia lógica del concepto de libertad que preconizan. Sólo quien entiende la libertad al modo aristotélico puede entender la vida como un ‘datum’, algo dado sobre lo que el hombre no puede disponer; y entender que el sufrimiento forma parte natural de la vida. Los partidarios de este crimen horrendo, para desprestigiar a quienes lo repudian, pretenden pintarlos como seres que profesan ‘creencias religiosas’; en lo que tienen razón, aunque sea sin pretenderlo. Pues, en efecto, quien desea suprimirse, por suprimir su sufrimiento, es alguien que ha perdido las ganas de vivir. Como nos enseña Castellani: «Ningún padecimiento hay intolerable cuando el padeciente cree firme que un día acabará el sufrir y que todo va a acabar en bien. La cualidad de infinito comunicada al dolor proviene de una disposición de ánimo llamada desesperación». Y esta desesperación es fatalmente consecuente con la convicción de que no hay otra vida. Es inevitable que una sociedad crecientemente atea encuentre en la eutanasia el alivio a los sufrimientos que ya no puede soportar; y la eutanasia no es más que un síntoma revelador de la autodestrucción que la aguarda, a la vuelta de la esquina. Ha ocurrido lo mismo en todos los crepúsculos de la Historia, con todas las civilizaciones que perdieron la capacidad para soportar los padecimientos, tras perder la fe.

El liberalismo, nos enseña Donoso, es una escuela sin teología; pero, por ello mismo, acaba engendrando escepticismo y, en última instancia, ateísmo. Que es el caldo de cultivo donde socialistas y comunistas (que, en cambio, profesan a machamartillo su particular teología) pueden aprobar tranquilamente la eutanasia.

Publicado en ABC.

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