Este domingo se cumplen setenta y cinco años de un grande acontecimiento de la historia de España: la conversión del filósofo Manuel García Morente. ¿Maravilla o escándalo? Conversión, consistente ésta en un estruendo terrible o en un rayo luminoso, que algunos aún no le han perdonado. Es el áspero desagrado experimentado ante la conversión al cristianismo de intelectual tan importante. ¡Es el temblor ante Cristo!
           
En 1936 la nación española empezaba a teñirse con la purpúrea sangre de los mártires. El hachazo de la persecución cae sobre la familia Morente. Manuel García Morente, perseguido por los radicales, es catapultado a Francia. Exiliado en París tragó grandes y amargas dosis de sufrimiento y de miseria. Registra su situación personal como desesperante. Llegando a encontrarse en el borde mismo del inmenso abismo del suicidio. Decide entonces escuchar música. Oye emocionadísimo “La infancia de Jesús” de Berlioz. Cantada ésta por un tenor de voz aterciopelada: “nadie puede escucharlo con los ojos secos”. Fue con ocasión de tan tierna belleza musical que por su extraordinario cerebro empezaron a desfilar diversas imaginaciones. Una de ellas le impresionó especialmente: Cristo crucificado abrazando con su afectuoso cariño a los que sufren, a los pobres dolientes. Cedamos aquí cortésmente el paso a las personalísimas palabras del gran filósofo Manuel García Morente:

 “(…) en mi alma (estaba) la visión de Cristo, de Cristo hombre, clavado en la Cruz en una inminencia dominando un paisaje de inmensidad, una infinita llanura pululante de hombres, mujeres, niños, sobre los cuales se extendían los brazos de Nuestro Señor Crucificado. Y los brazos de Cristo crecían, crecían y parecían abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad de su amor; y la Cruz subía, subía hasta el Cielo y llenaba el ámbito todo y tras de ella también subían muchos, muchos hombres y mujeres y niños; subían todos, ninguno se quedaba atrás; sólo yo, clavado en el suelo, veía desaparecer en lo alto a Cristo, rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con él; sólo yo me veía a mí mismo, en aquél pasaje ya desierto, arrodillado y con los ojos puestos en lo alto y viendo desvanecerse los últimos resplandores de aquella gloria infinita, que se alejaba de mí”.  

Fue precisamente en aquel momento, abril de 1937, cuando a Morente se le cayeron las escamas de los ojos, llegando así a alcanzar la certeza plena de que Jesucristo es verdadero y perfecto Dios. Después de haber descrito durante tantos decenios un arco intelectual constituido en todos sus puntos por la negación de la divinidad de Jesucristo, se ha encontrado alcanzado y cazado por la pacífica, alegre y feliz flecha de la verdad.
Manuel García Morente, de gran prestigio en la filosofía española, catedrático de ética de la Universidad Central de Madrid, gran decano de esta Facultad, artífice de la ciudad universitaria madrileña, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, subsecretario del ministerio de Instrucción Pública, amigo de Premios Nobel, miembro del grupo de José Ortega y Gasset y de la Institución Libre de Enseñanza, ha llegado a conocer a Cristo, cambiando esto grandemente el rumbo del barco de su vida. Cristo es ya el Sol de su vida y donde está el Sol no tienen luz las estrellas. Cristo es la luz en comparación a la cuál todo lo demás es tinieblas.
           
En este mismo día, pocas horas después, experimentará un hecho místico. Es la noche que va del 29 al 30 de abril de 1937. Morente encuentra que en su habitación está Cristo. La sorpresa fue tal que queda agarrotado, petrificado, como hipnotizado. Se ha encontrado a Aquel que pensaba que nunca habría podido hallar. ¡Qué impacto más grande en su espíritu! Pero, Dios es Amor. Y, Manuel García Morente, pasa de su sorpresa cósmica a experimentar el grandísimo dulce cariño que Dios le tiene. Pase delante el Sr. Manuel García Morente y nos diga con sus propias palabras cómo estaba ante Cristo:
“No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello -Él allí- durara eternamente; porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo, que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía. Era como una suspensión de todo lo que en el cuerpo pesa y gravita, una sutileza tan delicada de toda mi materia, que dijérase no tenía corporeidad; como si yo todo hubiese sido transformado en un suspiro o céfiro o hálito. Era una Caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que emanaba de Él y que me envolvía y me sustentaba en vilo, como la madre que tiene en sus brazos al niño. Pero sin ninguna sensación concreta de tacto”.
           
Experiencia mística de Morente que transformó toda su vida. A la mañana siguiente como respuesta de amor a Cristo decidirá ser sacerdote. Tres años después, en diciembre de 1940, en Madrid (España), el doctor Manuel García Morente será ordenado sacerdote católico. Gran Sacerdote que fallecerá en 1942. Morente dejó tras de sí un gran recuerdo, especialmente en intelectuales que le trataron, como el Sr. Obispo Leopoldo Eijo y Garay, el Sr. Arzobispo José María García Lahiguera, el gran filósofo Antonio Millán Puelles, etc.
           
En la conversión de Morente se revela más fuerte la cátedra de la cruz, cátedra de caridad, que los falsos prejuicios respecto a la religión de las altas castas intelectuales, cátedra de la prepotencia. Ciertamente, incluso la beata Teresa de Calcuta, la mano ensangrentada y cariñosa del Crucificado,…, serán interpretadas por algunos como escándalo y absurdo. Pero, la resplandeciente y fulgurante cruz de oro de Cristo, signo de su amor, incrustada en toda la bóveda celeste, sigue conquistando los corazones. Ayer el corazón de Morente, hoy el mío y quizás también el tuyo.  
Dr. José María Montiu de Nuix, Sacerdote, Matemático y Doctor en Filosofía