Si en nuestra protesta contra la existencia del mal en el mundo, dirá Karl Rahner, pretendemos borrar a Dios de nuestra vida, la historia marchará todavía peor, porque nos quedaremos en un mundo absurdo, fatal. En sus memorias de Romano Guardini cuenta Walter Dirks, que el viejo teólogo octogenario le dijo en cierta ocasión, ya al final de su vida: “Cuando entre en la eternidad tendré que responder a Dios, pero luego le preguntaré a los ángeles cómo es posible que haya tanto sufrimiento, dolor, muerte y sinrazón en el mundo”. Esperar es la respuesta al mal que no podemos evitar.
 
El pueblo de Lorca se ha convertido en el símbolo de una tierra demasiado hermosa como para despedir a sus hijos, pero demasiado pobre como para darles el cumplimiento de lo que desean. Lorca encarna hoy la tribulación de la tierra que da a luz hijos que mueren súbitamente, que gime bajo lo perecedero, sepultada bajo escombros, con un determinismo incorregible, como la cifra de una tragedia sofoclenana ante la imposibilidad de evitar el dolor frente a lo ininteligible. Lorca prefigura que la vida humana es demasiado vulnerable al desastre. Eliminar el sufrimiento equivaldría a poner la vida en manos del hombre, bajo su dominio y poder, suprimiendo cualquier alteración proveniente del exterior. ¿Es esto posible? Nada puede sustraerse mientras peregrinamos en este mundo a la esencial fragilidad de la vida.
 
Ante el escándalo de la facticidad del mal y la inevitabilidad del sufrimiento, se precisa potenciar la compasión, una respuesta humana valiosa, incluso religiosa, si pensamos que Dios tuvo compasión de nosotros enviándonos a su propio Hijo. En el momento más tenebroso de nuestro drama, tenemos que descubrir lo bueno. Al final de la Antígona hace su aparición un ciego conducido por un niño. Este hombre, a pesar de su ceguera, no está inmovilizado, sino que camina; el niño, aunque dependiente, no llora pasivamente, sino que es activo. Ninguno se encuentra solo en un mundo hostil; ambos gozan de la compañía de un amigo en quien confiar. Al igual que la Antígona, Creonte aprende por medio de la aflicción que le causa la muerte de su hijo, a través de la reacción pasional, cuáles son nuestros valores. Ante el miedo por el seísmo de Lorca, miedo por nuestra pasividad frente a determinados acontecimientos, queda siempre percibir la semejanza con el que sufre, la capacidad de sufrir con los otros. La respuesta cercana del obispo de Cartagena-Murcia, José Manuel Lorca, lamentando lo ocurrido y expresando su impotencia y dolor, significa la presencia de la Iglesia de Cristo donde quiera se encuentra el hombre que sufre.
 
Pero la pregunta siempre está ahí, como una eterna amenaza abocada al nihilismo: ¿cómo se digiere y encauza el sufrimiento sin tener que maldecir la tierra? Es la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Nietzsche, que era quien se preguntaba, no supo dar una respuesta plenamente acertada. Pero el mal no sólo interpela a la filosofía, sino también a la misma divinidad: ¿por qué Dios permite el sufrimiento del inocente? Parece que Dios y el mal son términos absolutamente incompatibles, hasta el punto de que la simple existencia de éste pondría en discusión no sólo la omnipotencia divina, sino su propia existencia, como vio Santo Tomás de Aquino.
  
Debemos aprender a transformar la desgracia en una prueba. Se trata de una necesidad fundamental, una primera esperanza para los desesperados: “si puedes ver destruida la obra de tu vida/ y sin decir palabra ponerte de nuevo a edificar (…)/ Si puedes ser valeroso y jamás imprudente (…)/ Si puedes sobreponerte al triunfo después de la derrota (…)/ Un hombre serás, hijo mío” (R. Kipling). Sólo es posible encontrar solaz en la tierra transformando el sufrimiento, convirtiéndolo en relato, en una prueba para darle un sentido.
 
Pero hay un paso más profundo: la fe. Existe la confianza en Dios y la esperanza firme de que todo tendrá solución. Quizá esto supone un cierto “sacrificio de la inteligencia”, como sostendrá Max Weber, un reconocimiento de que la sabiduría divina no puede ser comprendida por la sabiduría humana. Una bellísima forma de expresar el punto de vista de la fe ante el sufrimiento inmerecido lo tenemos en el libro de Job. Sus quejas a Dios por sus desventuras, siendo así que ha sido un hombre justo, no pretenden llevar a Dios ante el tribunal de la razón, tan sólo buscan entender lo que le parece incomprensible. Pero Dios le dice que nunca lo podrá conseguir con los ojos de la razón. “¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra? Dilo, si sabes la verdad”, y termina invitándole a reconocer la sabiduría de Dios y a ensalzar su obra. El don de la fe nos permite vivir con la esperanza de que el sufrimiento ya ha sido vencido por el amor de Aquel que pasó por la tierra haciendo el bien, dirigiéndose a los hombres probados por el sufrimiento. Mientras que las palabras de ánimo y consuelo a los amigos y familiares de las víctimas del pueblo de Lorca elevarán ante ellos el sufrimiento hasta la máxima dignidad, sólo queda esperar, esperar en Él, que nos libra del mal por medio de su propio sufrimiento, manifestando su amor por el hombre para que “no muera”, sino para que tenga vida eterna.