El día que murió la madrileña Santa Mª Soledad Torres Acosta en 1887, dijo a las religiosas de la congregación que fundó, las Siervas de María: «Hijas, que tengáis paz y unión». Estas religiosas, ya extendidas por toda España, Cuba, Puerto Rico y otros países americanos, tenían entonces, como hoy, la misión especial de visitar a los enfermos en sus casas, especialmente a los pobres, para cuidarlos y consolarlos. Poco podía imaginar la fundadora que apenas 50 años después desaparecería esa "paz" entre los hombres: sus hijas serían perseguidas y asesinadas en su propio país. Algunas de las asesinadas recordarían a su fundadora y su deseo de paz en los días sangrientos de 1936.


El Papa Francisco ha firmado este junio de 2013 el decreto de martirio y la beatificación de cuatro Siervas de María asesinadas en diciembre de 1936 en Aravaca, cerca de Madrid, probablemente en la fría noche del 6 al 7 de ese mes. 

La madre Aurelia Arambarri Fuente, de Álava, era una monja ya anciana, de 70 años, con buena parte del cuerpo paralizado. Madre Aurelia fue misionera de las Siervas en Puerto Rico y en México había vivido los años de la revolución. Volvió a España en 1916, atendiendo enfermos en Mataró, Alcoy, Sarriá y Barbastro, y formando nuevas vocaciones.

Más anciana todavía era Sor Aurora López González, de 86 años, natural de San Lorenzo, Madrid. No había ninguna otra Sierva de María con más años en el instituto: 62 años de vida religiosa.

Sor Daría Andiarena Sagaseta era de Donamaría, en Navarra, y tenía 57 años. Las hermanas que le conocieron recuerdan que siempre tuvo un espíritu dispuesto al martirio y a veces hablaba de ello: “Yo quiero el martirio del sacrificio diario y si Dios quiere, también morir; morir mártir por Él”, decía.

Sor Agustina Peña Rodríguez era de Ruanales, Santander, y tenía 35 años, con sólo 3 años de profesión perpetua. Era la cuidadora de Madre Aurelia, que estaba incapacitada para muchas tareas.


De 1934 al 18 de julio de 1936, día de inicio de la Guerra Civil, fueron asesinados 50 clérigos católicos en España. Al empezar la guerra, se inició la masacre sistemática y masiva de religiosos, personal no combatiente perfectamente identificado: el 14 de septiembre ya habían asesinado 3.400 sacerdotes y religiosos. 

El 21 de noviembre de 1936, las Siervas de María de Pozuelo de Alarcón decidieron dejar su casa, dividirse en grupos pequeños y esconderse en hogares de familias amigas.

Estaban sometidas a vigilancia. No podían comunicarse unas con otras, y muchas no podían rezar. No podían vestir el hábito: a la anciana Sor Aurora, después de 62 años con él, le saltaron las lágrimas al vestir de civil, aunque pese a ser tan mayor supo adaptarse con docilidad a lo que la comunidad necesitaba.


Llegó el momento en que los milicianos decidieron entrar en la casa y llevárselas. La familia que acogía a las monjas declaró luego que fue Sor Daría, quien, al ser objeto de insultos y vejaciones declaró a los asaltantes: “Somos, en efecto, religiosas; pueden hacer lo que quieran de nosotras, pero yo les suplico, que a esta familia no les hagan nada, pues, al vernos sin casa y autorizados por el Comité de Pozuelo nos recibieron en la suya por caridad”. 

La joven Sor Agustina no fue detenida con las otras tres hermanas. Los milicianos la obligaron a separarse de ellas. Se unió a una familia que huyó a Las Rozas. Pero estando allí sola alguien la delató o descubrió: se le acusaba de ser religiosa y de que se le había visto rezar. Se sabe que fue asesinada el 5 de diciembre, un día antes que las otras 3 Siervas de María.

La utilidad "militar" o "política" de fusilar cuatro monjas, dos de ellas ancianas, una de ellas paralizada, era evidentemente nula. Era odio a la fe.


Durante la Guerra Civil fueron asesinados por motivos religiosos más de 8.000 clérigos y religiosos en España. De ellos, 296 eran mujeres, religiosas de 62 congregaciones diferentes, según el libro "El hábito y la cruz" de Gregorio Rodríguez Fernández. Entre marzo de 1987 y octubre de 2005 fueron beatificadas 80 de ellas. Este libro revisa y corrige las cifras del libro clásico del arzobispo e historiador Antonio Montero, de 1961, que registraba 283 religiosas asesinadas.

Rodríguez Fernández detalla que en el libro de Montero había algunas religiosas duplicadas (11 en total), otras aparecían como asesinadas pero que en realidad no lo fueron (21 murieron de muerte natural), otras cuya muerte por asesinato fue dudosa (un total de 5), otras que sí fueron asesinadas y no se incluían en el libro de Montero (38 víctimas), y 10 mujeres seglares que sin ser religiosas fueron asesinadas como tales, porque estaban vinculadas a comunidades religiosas (y que no figuran reseñadas en el libro de Montero).


La eliminación de mujeres no combatientes y perfectamente identificables e inofensivas causó impacto en la opinión pública europea de los años 30. La historia de las mártires de Astorga, Pilar Gullón, Octavia Iglesias y Olga Pérez, enfermeras católicas asesinadas en Somiedo, Asturias, el 28 de octubre del 36, circuló en la prensa extranjera con especial difusión: nunca antes en Europa se había asesinado a enfermeras de la Cruz Roja, mucho menos después de violarlas, mucho menos encargando su fusilamiento a mujeres milicianas, como fue el caso. Tampoco el uniforme de la Cruz Roja salvó a Juana Pérez y Ramona Cao cuando los milicianos descubrieron sus rosarios ocultos. Las fusilaron en el Pozo del Tío Raimundo.

Queda por hacer un recuento de laicas asesinadas por ser católicas en esos años: sólo valencianas de Acción Católica ya suman 93.

También con ellas se dieron casos de ensañamiento: a la profesora de la Universidad de Valencia Luisa María Frías la violaron, le sacaron los ojos y le cortaron la lengua porque gritaba «viva Cristo Rey». Por el mismo motivo se la cortaron también a Francisca Cualladó.

Otro caso de ensañamiento se dio en Canillejas, donde fusilaron a Rita Dolores, una monja ciega y diabética de 83 años. Lo exigía la Revolución.

Cualquier mártir podría haberse salvado insultando a la fe, escupiendo en un crucifijo o abrazando algún eslógan de los asesinos: ninguno lo hizo y murieron perdonando a los que les mataban. Su ejemplo de fortaleza y perdón es lo que los hace ejemplares y modelos para la Iglesia.