“Ningún científico digno de este nombre, ningún historiador, puede sostener hoy que la religión protestante es la religión del progreso”, afirmaba recientemente Joseph Pérez, en una entrevista al poco de conocerse que ganaba el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014.

Joseph Pérez (Laroque-d’Olmes, Francia, 1931), francés hijo de valencianos, es un historiador que ha profundizado en el s.XVI y XVII español y ha escrito sobre Carlos V, el cardenal Cisneros, Teresa de Jesús, Fray Luis de León, Lope de Vega, la revuelta comunera, la Inquisición, el judaísmo español…

Cuando dice que no se puede “sostener hoy que la religión protestante es la religión del progreso” no quiere decir que el cristianismo protestante actual sea especialmente contrario a la mejora social. En realidad, se está refiriendo a un debate antiguo sobre historia… la idea de que el despegue económico, técnico y cultural de Occidente en el s.XVI se deben al protestantismo, como si el protestantismo tuviera elementos generadores de riqueza y beneficios sociales que el catolicismo no aportara. Es una idea que da por refutada.

“Usted me preguntaba si en Trento España se equivocó de Dios”, comenta en una entrevista en Mas.Asturias24.es. “Opino que no es un hecho histórico, sino lo que han forjado ciertos ideólogos. Ningún científico digno de este nombre, ningún historiador, puede sostener hoy que la religión protestante es la religión del progreso”.

Y plantea: “¿Dónde nació el capitalismo? A ver, ¿dónde nació el capitalismo? ¡En Italia, en la Edad Media, en el siglo XIV! En Florencia, en Venecia, en lugares en los que no había un solo luterano y en los que sin embargo nacen las casas de cambio, las compañías de comercio, el gran movimiento de capital y de crédito. Por lo que no se puede decir que una nación católica, por ser católica, quede perjudicada desde el punto de vista económico”.


¿Cómo surgió la idea de que “el progreso económico, la tolerancia, la técnica, la ciencia, nacen en las naciones protestantes”?

Joseph Pérez lo explica así: “A principios del siglo XX con Max Weber, que establece una relación entre el protestantismo y el capitalismo basada en su impresión de que el capitalismo había nacido en zonas preferentemente protestantes, y es cierto que las naciones que en Trento siguieron fieles al catolicismo romano cayeron en el atraso. Esto le toca a España, pero no como tal España, sino como nación católica. Lo mismo se dice de Francia, de Italia y de Portugal: son naciones católicas y, por lo tanto, naciones atrasadas”.

“Pero, mire”, señala Pérez, “en los años veinte Earl J. Hamilton, un historiador estadounidense de la economía, escribió un enorme tratado sobre la economía española desde la Edad Media hasta finales del siglo XVIII, gracias al cual es considerado uno de los mejores especialistas en la materia. Pues bien, si uno lee esa obra, descubre que no hay ninguna alusión ni a la Inquisición, ni a los judíos, ni a Trento, ni al catolicismo, igual que no la hay en el clásico de Julius Klein sobre la Mesta. Es decir: se puede escribir una historia económica de España sin aludir para nada a temas religiosos”.

Es cierto que en la España del siglo XVI y XVII no despegó una economía capitalista moderna, pero Pérez da por probado que no se debió a nada relacionado con la religión ni la cultura católica.

“La respuesta que Hamilton se da a la pregunta de por qué no hubo capitalismo moderno en España es que ello tuvo que ver con la diferencia entre la curva de los precios y la curva de los salarios. Para que haya capitalismo es necesario que haya acumulación de capital, y la acumulación de capital es la diferencia entre la curva de los salarios y la de los precios, pero en España esas curvas se superponen. En España, en el siglo XVI, los precios son muy elevados, pero también lo son los salarios. Se paga muy bien. Se paga tan bien que los españoles no es que no quieran trabajar, sino que no quieren trabajar por salarios bajos, y como los empresarios españoles no están dispuestos a pagar salarios altos acuden a los moriscos o a inmigrantes franceses que ganan tres o cuatro veces lo que ganarían en Francia. En el siglo XVII sucede lo contrario que en el XX, cuando los españoles emigran a Bélgica, Suiza o Alemania. Los franceses venían a ganarse la vida a España, donde antes faltaban jornaleros que jornales. Como usted ve, en todo este análisis no entra ni la religión, ni Trento, ni la misa, ni el confesionario”.



El pintor Augusto Ferrer-Dalmau recrea así la derrota española en Rocroi en 1643, que se considera el inicio de la decadencia española, pero Joseph Pérez la relativiza 


Otro tema que el historiador francés quiere relativizar es la supuesta “decadencia” de España en el siglo XVII y XVIII.

La España del siglo XVIII no es de ningún modo una España decadente. Eso lo cuenta la leyenda negra, pero no es forzosamente la verdad. ¿Entra España en decadencia en el siglo XVII? Eso lo dicen algunos y lo dicen porque España perdió una batalla o dos o tres o cuatro, pero una nación que es capaz de hacer guerras a toda Europa durante un siglo tiene que ser una nación que no está completamente decadente, porque se agotaría enseguida. Hasta finales del siglo XVII, España se mantiene fuerte. Yo estoy convencido de que lo que se llama decadencia no existió verdaderamente. Lo que pudo haber en el siglo XVII, y lo hubo ciertamente, es impresión de decadencia”.

Pérez admite que “muchos españoles, o, mejor dicho, castellanos, tuvieron en el siglo XVII la impresión de que si se comparaba la situación del país con la de un siglo antes se constataba un cambio a peor. Pero, ¿estaban en lo cierto? Sí y no. Estaban en lo cierto en el sentido de que, efectivamente, el centro castellano de la monarquía se viene abajo. Pero al mismo tiempo crece la periferia. Crece la provincia de Cádiz con el comercio americano, crece Sevilla, crece Valencia, crece Cataluña, crece el Cantábrico...”

Sentencia Pérez que “lo que se llama decadencia no es más que un cambio de equilibrio. Todo hay que relativizarlo”.


Otro tema que el nuevo Premio Príncipe de Asturias admite es que sí se produce un cambio de poder y protagonismo que va en contra de las naciones mediterráneas, aunque no por ningún factor religioso.

“Es evidente que a finales del siglo XVI y principios del XVII, el eje de la civilización se traslada del Mediterráneo al Atlántico. Es una circunstancia que nadie ha sido capaz de explicar. No es el catolicismo el que se hunde: por las mismas fechas, el Imperio Otomano también se hunde, y los turcos, como usted sabrá, no son católicos. No es una cuestión religiosa. Estamos ante algo inexplicable”.

“Un historiador francés de finales del siglo XIX, muy anticlerical por cierto, Ernest Lavisse, decía que la fuerza de la civilización no estaba reservada a un país o una región, porque durante muchos siglos la había tenido el Mediterráneo, pero la había perdido. Hubo una profecía a la que se hizo mucho caso en el Antiguo Régimen, la profecía bíblica de Daniel, según la cual el imperio del mundo, el foco civilizador, va trasladándose de este a oeste siguiendo el curso del sol. Primero fueron los asirios, luego los fenicios, luego los macedonios, luego los romanos, luego los españoles... Y en el siglo XVI parecía que el imperio del mundo había llegado al finisterre, a La Coruña, y ya no podía pasar de allá porque no había nada. Hay algo cierto en ello, en esa idea del trasvase paulatino de la civilización de este a oeste: en el siglo XIX pasó al otro lado del Atlántico, a los Estados Unidos o mejor dicho a la fachada atlántica de los Estados Unidos, y luego al Pacífico. ¿Cómo se explica esto? Nadie es capaz de hacerlo”.