Un año antes de que concluyese la Guerra Civil española, concretamente el 15 de marzo de 1938, fueron “liberados” los pueblos turolenses de Calanda, Alcañiz, y el día antes, Híjar. Por eso, meses después la edición “nacional” del ABC de Sevilla del 27 de noviembre de 1938, da noticia de que “el presidente de la Diputación provincial de Zaragoza ha recibido una expresiva carta del padre provincial de los Dominicos de Aragón, agradeciéndole el testimonio de sentimiento de la Diputación, con motivo del homenaje realizado últimamente en Calanda a la memoria de los dominicos sacrificados por los rojos en aquella localidad”.
La noticia se refiere a las exequias que se celebraron el 15 de noviembre de 1938 en Calanda, en honor de los dominicos sacrificados. En la foto, aparece en el centro el P. Provincial, ministrado por dos diáconos dominicos, entre frailes, clero, monaguillos y fieles.



           El P. Provincial, sin capa pluvial, se dirige a los presentes para hacer el “elogio fúnebre” de los mártires.

Solemne funeral de los mártires en la iglesia conventual de Calanda: altar y catafalco con las doce urnas de los hoy beatos.

La última foto nos muestra las doce cajas fúnebres.

 
Las fotos están tomadas del siguiente enlace:
 
            Seguimos presentando a los dominicos, que fueron beatificados en 2001 y que pertenecen a la llamada Causa de canonización del Beato Jacinto Serrano López y 19 compañeros de la Provincia de Aragón. Estos dos estaban vinculados a la cercana población de Híjar. Ambos habían nacido allí y, aunque en días diferentes, los dos fueron asesinados en esa misma población.
 
Beato Francisco Calvo Burillo
Había nacido en Híjar (Teruel) el 21 de noviembre de 1881. A los 15 años se dirige al Convento de San José de Padrón (A Coruña). Después de profesar estudió filosofía en los conventos de Padrón y de Corias (Asturias). A fines de 1905 es ordenado sacerdote en Salamanca donde inicia la carrera de Filosofía y Letras consiguiendo, más tarde, la Licenciatura en Barcelona. Fue destinado a la enseñanza en el colegio de Oviedo hasta el año 1912 en que se alistó entre los primeros para la restauración de la Provincia de Aragón. En los inicios de la restauración fue uno de los soportales más fuertes de la misma en la enseñanza, en el gobierno y en el ministerio sacerdotal.
El P. Paco representa la bondad y la servicialidad en persona. Piadoso instrumento para que personas pudientes ejercitasen la caridad entre los pobres de Híjar, a quien el Padre tenía en gran consideración y les ayudaba en todo lo que podía. Profesor estimado y escritor popular muy valorado, fue a la vez un director espiritual que benefició muchas almas. De escasa salud aprovechaba el verano para reponerse junto a su anciana madre. De modo que el preámbulo e inicio de la contienda los vivió en casa de su madre.
Durante las doce horas que estuvo en la cárcel, la noche que comenzaba el 1 de agosto el P. Calvo escribió unas letras a su madre, cuyo original se conserva:
Mamá mía amantísima: ¡Adiós, y ruega por mí! Ya no nos veremos más hasta el cielo. ¡Perdóname! Todo lo que tengo, la máquina y cualquier otra cosa es de la Orden. Reparte el dinero a los pobres... Un abrazo de tu hijo en agonía. Fray Quico”.
Pesado y enfermo, su camino al martirio fue de verdadera elocuencia. A los culatazos y empujones, caídas y los esfuerzos para poder andar, blasfemias, burlas e insulto, respondía él rezando el Rosario en voz alta. Al llegar al lugar del sacrificio pidió poder terminar el Rosario y morir de frente, perdonando y bendiciendo a sus enemigos. Curiosamente se le concedió todo. Se puso el Rosario dentro de la boca, abrió los brazos en cruz y dijo: “-Ya podéis disparar”. Una descarga fulminante fue suficiente. Tenía 55 años de edad, 38 de vida religiosa y 31 de sacerdote.
Sus restos mortales fueron trasladados desde Calanda a Zaragoza al cementerio del Colegio de Santa Rosa (Misioneras Dominicas de Pamplona) y desde 1962 descansan en el Convento-Colegio Cardenal Xavierre de Zaragoza.
 
Beato Francisco Monzón Romeo
Un ideal apostólico, a punto de abrirse a la vida, tronchado por una descarga mortal. El joven P. Monzón, de ilusión misionero, tenía como lema: cumplir la voluntad de Dios. Dios en cambio lo quiso para mártir. Una vida de 24 años, forjada en el seno de una familia cristiana y madurada en la ascética de la vida conventual adquirió el grado de madurez necesaria, y fue trasplantada al reino de lo eterno.
En Híjar (Teruel), el 29 de marzo de 1912, nace. Llegado a la adolescencia, 1925, ingresa en la Escuela Apostólica de Calanda. Toma el hábito en Valencia el 3 de octubre de 1928. Estudia teología en Valencia y en Salamanca donde es ordenado sacerdote el 3 de mayo de 1936.
Estando de vacaciones en compañía de sus padres y hermanos le sorprende la persecución antirreligiosa. Vaga por los campos de su pueblo y un hermano suyo de 13 años, Miguel (más tarde P. Miguel Monzón) le lleva leche caliente todos los días.
Llega el 24 de agosto y un grupo de milicianos se presenta en casa de sus padres y apuntando uno de ellos con el fusil a su madre, le dice: “-Diga usted dónde está su hijo, o le disparo”. La madre no dijo nada. Horas después vuelven a la carga ante sus padres asegurándoles que a su hijo, si se entregaba, no le pasaría nada. Su padre les acompaña a buscarlo y... le apresan. Hacia las seis y media de la tarde del 29 de agosto le invitan a dar un paseo en coche y llegados a la altura del campo de fútbol se paran y mientras desciende le disparan varias veces en la sien.
Su muerte, posiblemente intuida, le movió a prepararse santamente. Ni se arriesgó, ni se acobardó, esperó la hora de Dios. Días y noches escondido en campo abierto, unos pocos días recluido en la cárcel, con muchas horas de meditación, fueron el oportuno preludio martirial. Los familiares del Padre quieren recuperar el cadáver pero no se lo permitieron. Lo entierran en una fosa común. Actualmente sus restos están en Zaragoza.