Del importantísimo personaje que fue María Magdalena queda una gran tradición en la vida del cristianismo ajena a su papel estrictamente evangélico. Una tradición que sin embargo y como ocurre con tantos otros eventos y personajes, no es uniforme sino que adquiere muchas versiones.
 
            Así, en las iglesias orientales vinculadas hoy a la ortodoxia, prevalece la tradición según la cual, la Magdalena se habría retirado a la ciudad griega de Éfeso (hoy en Turquía) con la Virgen María, ciudad en la que habría muerto y de la cual, sus reliquias habrían sido transferidas a Constantinopla a finales del s. IX. A este respecto habría que señalar que dicha tradición, fundada en el testimonio de san Gregorio de Tours en su obra De miraculis (op. cit. 1, 30), iría anexa a una segunda, acompañando al apóstol y evangelista Juan cuya tradición éfesa sí está muy consolidada. Una tradición, ésta de la estancia de María en Efeso, que es sólo es una de las dos tradiciones existentes sobre el final de la vida de la Virgen María, ya que la otra tradición sitúa a la madre de Jesús desde el momento en que su hijo asciende al cielo y hasta el momento de su muerte en Jerusalén.
 
            Existe una segunda tradición muy consolidada en las iglesias occidentales que es la que llamaríamos “tradición francesa”. Según ella, María Magdalena habría dado con sus huesos en Marsella acompañando a otro personaje evangélico, el Lázaro al que Jesús resucita en el Evangelio de Juan (los demás evangelios no citan el episodio).
 
            Sobre esta tradición se ha de señalar que se halla estrechamente relacionada con otra según la cual, María Magdalena sería la misma María que cita el evangelista Juan como hermana de Lázaro y de Marta. Una asociación que aunque muy consolidada en la tradición cristiana, no soporta excesivamente bien un riguroso análisis exegético, que más bien parece deducir que la María Magdalena que citan los cuatro evangelistas, no es la María hermana de Lázaro que cita sólo Juan.
 
            Como quiera que sea, según esta segunda tradición, como decimos muy consolidada en las iglesias occidentales, Magdalena, junto con sus hermanos Lázaro y Marta, habría sido la evangelizadora de la Provenza francesa. Se habría retirado a un cerro, el Sainte-Baume, en el que se habría entregado a una vida de mortificación y penitencia durante unos treinta años. Desde allí, al llegar el momento de su muerte habría sido llevada por ángeles al oratorio de San Máximo en Aix en Provence.
  

           Según el cronista Sigebert, en 745, por temor a los sarracenos (corren los tiempos de los hechos previos a los que canta la Chanson de Roland), sus reliquias habrían sido transferidas a Vézelay, situada en Borgoña, en la otra punta de Francia por lo tanto, donde aún hoy persiste un inveterado culto de la Magadalena. Para luego volver en algún momento a la Sainte Baume en Provenza. De hecho en el año 1279 se hallan allí los restos de la santa en un sepulcro intacto, con una inscripción en la que se explicaban las razones de la ocultación, ocasión que sirve al Príncipe de Salerno, futuro rey Carlos II de Nápoles, para levantar un convento dominico en el lugar. En el año 1600 las reliquias se colocan en un sarcófago enviado por el Papa Clemente VIII, con la cabeza colocada en vasija separada, lo que resultará providencial, porque aunque durante la Revolución Francesa el convento es destruido y las reliquias de la santa son profanadas y desaparecen, no corre igual suerte la cabeza, que aun hoy se venera en la gruta de Sainte Baume.
 
 
            ©L.A.
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