Que el viaje que el Papa Benedicto XVI acaba de concluir a México y Cuba ha sido un éxito no lo pone en duda nadie. No sólo por el número de fieles que han acompañado al Santo Padre sino, sobre todo, por los preciosos y profundos mensajes que el Sucesor de Pedro ha dejado a los fieles católicos y a todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que han querido escucharle.

Nadie cuestiona la altura intelectual del Papa sabio. Una vez más, en esta ocasión en Latinoamérica, ha sido más que evidente. Pero si a la altura intelectual se le suma la humildad, la profundidad espiritual y la pasión por la Belleza, la Verdad y la Vida el resultado es conmovedor. Brillaban los ojos del Papa teólogo, emocionados de la respuesta de los católicos mexicanos y cubanos, y hacían brillar de emoción los ojos de millones de personas que le han escuchado decir: “sabiendo que el Señor ha resucitado, podemos proseguir confiados, con la convicción de que el mal no tiene la última palabra de la historia, y que Dios es capaz de abrir nuevos espacios a una esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5) (Discurso del Papa en las Vísperas con los Obispos de América Latina).

El Santo Padre llegó a confirmar en la fe a los católicos mexicanos y cubanos, aunque con el deseo de abrazar a todos, sin excepción alguna. Llegó a confirmar en la fe exhortando a buscar más lo que une que lo que separa; a regalar a las jóvenes generaciones los grandes valores sobre los que apuntalar un futuro de felicidad y realización personal; a vivir la fe con alegría y coherencia; a seguir cuidando a los que sufren y a aquellos que pasan por necesidades materiales y espirituales.

Pero Pedro, como no, es también signo de contradicción. Nuevamente han intentando crucificarle y algunos no han soportado que el éxito de la Visita haya estropeado titulares ya escritos con anterioridad, especialmente en lo tocante a la Visita a Cuba. El mensaje evangelizador del Papa ha removido el alma y el corazón de los cubanos cuya conciencia se encuentra adormecida (cuando no triturada) por la devastación comunista sufrida durante décadas. En la isla del Caribe la palabra del Papa ha sido terapeútica para sanar el interior de millones de conciencias rotas. En efecto, lo peor del comunismo no son las cárceles del régimen sino el proceso de destrucción individual que ha convertido a millones de cubanos en presos de sí mismos. Décadas de contaminación moral han degradado la conciencia personal y colectiva de la población; es verdad que los cubanos no son culpables sino víctimas de un depravado plan de aniquilación ética que les ha robado la autoestima y la dignidad. Por eso, con su presencia y su palabra, el Papa ha iluminado al hombre para que sea capaz de redescubrir su propia humanidad.

Santidad, gracias. Gracias porque en torno a usted hemos visto el fantástico espectáculo de un pueblo que ríe y ama, que lucha y padece, que ora y trabaja. Un pueblo congregado por Pedro.