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León XIV frena los abusos litúrgicos: nadie puede cambiar la misa «por iniciativa propia»

El Papa reclama respeto a la liturgia y advierte contra quienes “añaden o modifican” los ritos por iniciativa propia.

El Papa León XIV saludando a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro del Vaticano

El Papa León XIV saludando a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro del VaticanoSamuel Rufini / Cathopic

Redacción REL
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El Papa León XIV lanzó este miércoles un claro mensaje sobre la liturgia católica durante la Audiencia General celebrada en el Vaticano, al pedir respeto a las normas de la Iglesia y advertir contra los “inventos” o modificaciones arbitrarias en la misa y en las celebraciones litúrgicas.

El Pontífice inició una nueva serie de catequesis centradas en la constitución Sacrosanctum Concilium, el primer gran documento aprobado por el Concilio Vaticano II, dedicado precisamente a la reforma litúrgica de la Iglesia.

Añadir o quitar por iniciativa propia

León XIV quiso reivindicar el verdadero espíritu de la reforma conciliar y rechazó la falsa oposición entre tradición y progreso. Citando a Benedicto XVI, recordó que “no pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso”, cuando en realidad “la tradición es una realidad viva”.

El Papa explicó que la Iglesia puede adaptar algunos aspectos litúrgicos a las circunstancias históricas y culturales, pero insistió en que esto debe hacerse siempre “en continuidad con la auténtica y viva tradición católica”.

En uno de los pasajes más contundentes de la catequesis, León XIV recordó que el Concilio Vaticano II ya advertía contra quienes alteran los ritos por cuenta propia. El Magisterio conciliar, señaló, invita a evitar “desorientar a los fieles”, y disuade “a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia”.

El Pontífice subrayó además que toda reforma auténtica debe estar precedida por “una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral”, y no responder simplemente a gustos personales o improvisaciones.

León XIV defendió también el valor evangelizador de la liturgia a lo largo de la historia de la Iglesia. 

“La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización”, afirmó, añadiendo que hoy es necesario renovar esa energía para introducir a los creyentes “en la plenitud de la verdad”.

En la parte final de su catequesis, el Papa se dirigió especialmente a sacerdotes y responsables de las celebraciones litúrgicas, exhortándoles a custodiar “el respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia”.

Ese respeto, explicó, nace de una actitud interior de “disponibilidad y entrega a Dios”, y debe expresarse con “humildad frente a su grandeza y fidelidad sincera a la comunión eclesial”.

Las palabras de León XIV llegan en un momento en que los debates sobre la liturgia continúan muy presentes dentro de la Iglesia, especialmente tras años de tensiones entre sectores más tradicionales y corrientes favorables a una mayor creatividad en las celebraciones.

El Pontífice continuó con una nueva serie de catequesis durante la Audiencia General, centrada en la Constitución Sacrosanctum Concilium, el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II. Lea aquí el texto completo de la catequesis.

Catequesis íntegra

A continuación reproducimos la catequesis íntegra:

Queridos hermanos y hermanas:

En la Encíclica Mediator Dei, el Venerable Pío XII escribe que «la Iglesia, en realidad, es un organismo vivo, y por eso crece y se desarrolla también en lo que toca a la sagrada liturgia, adaptándose a las circunstancias y a las exigencias que se presentan en el transcurso del tiempo y acomodándose a ellas» (I,V).

En plena continuidad con este principio, el Concilio Vaticano II en el Proemio de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) reconoce «que le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia» (n. 1). De hecho, la asamblea conciliar se había reunido con el objetivo de «acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia» (ibid.).

En aquel momento histórico se advertía fuertemente la necesidad de una renovación de las formas rituales, mediante las que desde hacía siglos la Iglesia había realizado la glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Gracias al movimiento litúrgico se había madurado la convicción, expresada posteriormente por san Juan Pablo II, de que «existe, en efecto, un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no sólo actúa, sino que se expresa también en la liturgia, vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida» (Carta Dominicae Cenae, 13).

Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, por lo tanto, con una fórmula muy eficaz la dirección a seguir: «Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso» (SC, 23).

El Papa Benedicto XVI acogió en esta declaración de intenciones el «programa de reforma» de los Padres conciliares, «en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y el futuro. No pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso. En realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia la desembocadura» (Discurso a los participantes en el Congreso por el 50° aniversario de la fundación del Instituto litúrgico pontificio de San Anselmo, 6 de mayo de 2011).

El Concilio afirma la legitimidad de ese proceso arraigado en la auténtica Tradición, distinguiendo dentro de la liturgia «una parte que es inmutable por ser la institución divina» de «otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aún deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados» (SC, 21).

A lo largo de los siglos se han producido constantemente cambios de este tipo, con el fin de consentir a los fieles una fructuosa participación, por medio de las acciones rituales, en el ministerio pascual de Cristo, fundamento de la fe cristiana. El culto de la Iglesia, por lo tanto, se ha “encarnado” en las formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso de transformarlas. La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización. Hoy es necesario renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición católica, es decir, según una dinámica dirigida a introducir a los creyentes en la plenitud de la verdad.

Se comprende entonces por qué los Padres conciliares recomendaron la revisión de los ritos, cuando responda a «una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia», se lleve a cabo «después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (SC, 23). Por el bien de toda la Iglesia, toda reforma debe ir siempre precedida por «una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral» (ibid.). El Magisterio conciliar, de este modo, invita a evitar desorientar a los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia (cf. SC, 22). El progreso evocado por la Constitución conciliar no compromete en absoluto la comunión eclesial: más bien pretende confirmarla y favorecerla.

Exhorto, por lo tanto, a todos aquellos que están llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, en particular a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a custodiar siempre ese respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia que nace de la actitud interior de disponibilidad y de entrega a Dios, manifestando humildad frente a su grandeza y fidelidad sincera a la comunión eclesial.

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