El Papa pide a los consagrados vivir «arraigados en la oración y pendientes de los bienes eternos»
En la fiesta de la Presentación del Señor se celebró también la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada.
El Papa llega con la candela hasta el altar de al basílica de San Pedro donde presidió la misa de la Presentación del Señor.
León XIV presidió este lunes 2 de febrero la festividad de la Presentación del Señor con una misa en la basílica de San Pedro, con motivo de la trigésima Jornada de la Vida Consagrada, que se celebra en 2026 bajo el lema ¿Para quién eres?
Simeón y Ana, profetas
La primera lectura se hizo en español y el Evangelio se cantó en italiano, tras lo cual el Papa leyó una homilía centrada por una parte en el pasaje evangélico de la presentación de Jesús en el templo y las profecías de Simeón y Ana de las que fue objeto, y por otra en la importancia para la Iglesia de quienes entregan su vida entera a Él como sacerdotes, religiosos o laicos.
Jornada grande en la basílica de San Pedro para orar por los consagrados.
En el momento en el que la Virgen María y San José llevaron a Jesús al templo coincidieron "dos movimimentos de amor", dijo el Papa: "Dios que viene a salvar al hombre y el hombre que espera vigilante su venida", encarnados por Simeón y Ana.
El Papa destacó que el hecho de que el Señor fuese "hijo de una familia pobre" muestra cómo Él se nos ofrece "en pleno respeto de nuestra libertad y en plena comunión con nuestra pobreza".
Esto es, "en su obrar no hay nada coercitivo, sino solo la potencia de su gratuidad desarmada".
La Presentación es el momento culminante de esa "larga historia de salvación" que empieza "en el jardín del Edén", con "caídas y levantadas" pero siempre "recorrida por un deseo de restablecer la plena comunión de la criatura con su Creador".
Una imagen de la vida religiosa
Este momento, en el que "lo Infinito se dona a lo finito de modo tan humilde que pasa casi inadvertido", es "una imagen de los religiosos en la Iglesia y en el mundo", continuó el Papa, que se dirigió a partir de ese momento a los consagrados presentes, que representaban a numerosas órdenes y congregaciones repartidas por el mundo.
"La Iglesia os pide ser profetas, mensajeros que anuncian la presencia del Señor y preparan su camino" para que "Cristo, único y eterno", esté presente también hoy entre los hombres y "pueda fundir y purificar los corazones con su amor, su gracia y su misericordia".
¿Y cómo han de hacerlo? "Arraigados en la oración y dispuestos a fundirse en la caridad", dijo el pontífice, ensalzando el papel de sus respectivos fundadores, que dejaron "modelos de cómo vivir ese mandato", tan diversos como "el silencio de los claustros, los desafíos del apostolado, la enseñanza en las escuelas, la pobreza en las calles o la labor misionera", y siempre con algo en común: "Regresando sabiamente a los pies de la Cruz y ante el sagrario para encontrar en Dios la fuente y la meta de toda su acción".
En efecto, "con la fuerza de la gracia se lanzaron a empresas arriesgadas, a ambientes hostiles o indiferentes, a escenarios de guerra y odio", dispuestos en todo caso "a sufrir las consecuencias de obrar contra corriente", lo que los convirtió en "signos de contradicción, en ocasiones hasta el martirio".
Miembros de distintas órdenes religiosas asisten a la misa de la Presentación del Señor en la basílica de San Pedro.
El Papa dedicó en ese momento un recuerdo "a los hermanos que nos han precedido como protagonistas de esta tradición profética, en la que la Palabra de Dios toma la vida del profeta".
De rodillas ante Dios y despojados de todo
"Con la profesión de los consejos evangélicos y el ejercicio de la caridad", continuó León XIV, los consagrados "están llamados a dar testimonio en una sociedad donde fe y vida parecen alejarse cada vez más una de otra en nombre de una concepción reductora de la persona", recordando a así a todos que "Dios está presente en la historia como salvación para todos los pueblos".
Ante la presencia de Dios, dijo, "hemos de arrodillarnos para encontrarlo, adorarlo y glorificarlo".
Perspectiva de la vida eterna
En la parte final de su homilía, el Papa recordó la oración de Simeón, que ya podía ir en paz por sus ojos habían visto la "salvación".
En efecto, ésa es también la perspectiva de la vida religiosa, dijo el Papa agustino, porque, "con su sereno desapego de todo lo que sucede, [el religioso] enseña que el cuidado de las cosas terrenas es inseparable del cuidado amoroso de las eternas, fin último y exclusivo capaz de iluminar todo lo demás".
Como Simeón y Ana, que no se separaban del templo, con la mirada fija en los bienes futuros, la Iglesia sabe que "no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celestial".
Por eso, los religiosos deben ser "hombres y mujeres con los pies bien plantados en la tierra, pero orientados a los bienes eternos", pues "Cristo murió para liberar a quienes vivían esclavizados por el temor a la muerte".