León XIV, en Harissa: «Nuestra primera escuela es la cruz y que nuestro único Maestro es Cristo»
El Papa congregó en el santuario a los obispos, sacerdotes y consagrados de la Iglesia libanesa.
León XIV en el santuario mariano de Harissa, abarrotado de libaneses que recibieron con gran calor al Papa.
El Papa visitó este lunes el santuario mariano de Harissa para reunirse con los obispos, sacerdotes, religiosos y consagrados del Líbano.
León XIV habló en francés (como había hecho un rato antes en la visita a la tumba de San Charbel) ante 3500 personas congregadas en el templo, situado en la montaña de Harissa, en la ciudad de Jounieh. Es el santuario más importante del Cercano Oriente, construido en 1904 en el quincuagésimo aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción por Pío IX.
- La visita al Santuario de Harissa, en un minuto.
Por su parte, el patriarca de Cilicia de los armenios, Raphaël Bedros XXI Minassian, agradeció al pontífice esa visita porque “su presencia nos recuerda que Dios está con nosotros”.
El abarrotado santuario de Harissa evidenció el entusiasmo del pueblo cristiano libanés ante la presencia del Papa, un alivio en su complicada situación.
El Papa escuchó cuatro testimonios de solidaridad, guerra, migración y pastoral carcelaria, con los que la Iglesia libanesa quiso mostrarle su cercanía al que sufre.
"Los testimonios que hemos escuchado" evidencian que en el Líbano "se sigue construyendo la comunión en la caridad" tal como había pedido San Juan Pablo II en el mensaje a los libaneses de 1984 que citó su sucesor.
"La raíz de esta tenacidad", añadió el Papa, se encuentra simbolizada en "la gruta silenciosa en la que San Charbel rezaba ante la imagen de la Madre de Dios", y por el propio santuario de Harissa, porque "permaneciendo con María junto a la cruz de Jesús, nuestra oración nos da la fuerza para seguir esperando y trabajando".
León XIV recordó que uno de los símbolos que figuran en el logotipo del viaje es el ancla, y usando una imagen a la que acudía mucho Francisco, instó a "anclarnos en el cielo" para que de esta forma "amemos sin miedo a perder lo efímero y demos sin medida".
"De estas raíces, fuertes y profundas como las de los cedros, crece el amor y, con la ayuda de Dios, cobran vida obras concretas y duraderas de solidaridad", añadió, y a continuación hizo sendos comentarios a los cuatro testimonios que acababa de recibir.
De cada uno de ellos extrajo una lección:
- Del testimonio del padre Youhanna y el pequeño pueblo de Debbabiyé, donde ejerce su ministerio y donde conviven pacíficamente cristianos y musulmanes, libaneses y refugiados, "que en la caridad cada uno de nosotros tiene algo que dar y que recibir, y que el donarnos mutuamente nos enriquece a todos y nos acerca a Dios".
- Del compromiso de Loren con los inmigrantes (ella misma lo fue), "que ante dramas semejantes no podemos permanecer indiferentes, y que su dolor nos concierne y nos interpela", y que "lo que han vivido nos obliga a comprometernos para que nadie tenga que huir de su país debido a conflictos absurdos y despiadados, y para que quien llama a la puerta de nuestras comunidades nunca se sienta rechazado, sino acogido".
El Papa recibe el saludo de Loren Caprobes, una mujer filipina que trabaja en la acogida a los refugiados sirios.
- Del testimonio de la hermana Dima, que ante el estallido de la violencia decidió no abandonar el campo, sino mantener la escuela abierta, que "la caridad más generosa... (impulsa) a compartir el pan, el miedo y la esperanza, a amar en medio del odio, a servir incluso en el cansancio y a creer en un futuro diferente más allá de toda expectativa. La Iglesia en Líbano siempre ha prestado mucha atención a la educación... Recordemos que nuestra primera escuela es la cruz y que nuestro único Maestro es Cristo".
- Del la experiencia del padre Charbel en su apostolado en las cárceles, que "en los ojos de los reclusos -a veces perdidos, a veces iluminados por una nueva esperanza- vemos la ternura del Padre que nunca se cansa de perdonar... vemos el rostro de Jesús reflejado en el rostro de los que sufren y de los que cuidan las heridas que la vida ha causado".
El Papa deposita la Rosa de Oro ante la Virgen Negra de Harissa, obsequio que le sirvió de inspiración para hablar de la caridad.
Por último, León XIV explicó el gesto simbólico que iba a realizar en breve de entregar la Rosa de Oro al santuario de Harissa: tiene el significado de "exhortarnos a ser perfume de Cristo con nuestra vida". Lo comparó con el perfume de las mesas libanesas y sus ricos y variados productos, porque "no es un producto costoso reservado a unos pocos que pueden permitírselo, sino el aroma que se desprende de una mesa generosa en la que hay muchos platos diferentes y de la que todos pueden servirse juntos".
La Rosa de Oro es el regalo que tradicionalmente llevan los pontífices que acuden en visita mariana al santuario de Harissa, como prenda de su devoción a la Virgen, y que colocan a los pies de la Virgen Negra.
"Que este sea el espíritu del rito que nos disponemos a celebrar y, sobre todo, el espíritu con el que cada día nos esforzamos por vivir unidos en el amor", concluyó.