El árbitro FIFA que estudió teología y quería ser profesor de religión: así reza en el vestuario
Para el polaco Damian Sylwestrzak, que fue monaguillo de niño, la fe es lo más importante que hay.

Su interés por la fe lo llevó a matricularse en la Facultad de Teología de Wrocław (Polonia).
Damian Sylwestrzak es uno de los árbitros polacos más reconocidos actualmente: dirige partidos en la liga local, tiene sello FIFA y se mueve cada fin de semana entre estadios llenos, decisiones milimétricas y la presión de miles de aficionados.
Pero su historia comenzó muy lejos del fútbol profesional. Antes de pensar en tarjetas, reglamentos y VAR, estudió teología y contempló seriamente la posibilidad de enseñar religión en una escuela.
Imagen desgastada de Jesús
Desde niño, la fe ocupó un lugar central en su vida. Fue monaguillo en cuanto tuvo edad para serlo —"o incluso un poco antes", recuerda— y la liturgia lo fascinaba.
Participaba en varias misas cada domingo y creció con una sensibilidad espiritual que nunca abandonó, aunque en la adolescencia viviera momentos de mayor o menor cercanía con Dios. La fe, sin embargo, siempre estuvo ahí, especialmente cuando debía tomar decisiones importantes.
Su interés por la teología lo llevó a matricularse en la Facultad de Teología de Wrocław. Quería comprender mejor aquello que lo había acompañado desde la infancia y, además, obtener un título universitario que exigiera estudio y dedicación.
Allí conoció a su esposa, un encuentro que marcaría su futuro tanto como el arbitraje. Aunque finalmente cursó otros estudios, nunca se arrepintió de haber elegido ese camino inicial.

Participaba en varias misas cada domingo y creció con una sensibilidad espiritual que nunca abandonó.
En paralelo, Sylwestrzak arbitraba partidos regionales. Era un sueño lejano, casi ingenuo, pensar que algún día podría vivir de ello. Pero insistió. Con el tiempo, la "idea descabellada" se convirtió en profesión. Hoy reconoce que su vocación deportiva y su formación teológica no solo no chocan, sino que se complementan.
Antes de cada partido, el árbitro sigue una rutina que combina concentración y espiritualidad. No la llama ritual, sino hábito. Entre esos gestos está la oración silenciosa en el vestuario y un pequeño objeto que nunca falta en su bolsillo: una imagen desgastada de Jesús Misericordioso con la inscripción "Jesús, en ti confío". Al primer pitido, se persigna. No pide que el partido salga perfecto; simplemente agradece y se encomienda.
En el campo, asegura, nunca ha sentido conflicto entre su conciencia, su fe y las reglas del juego. Las decisiones se toman en décimas de segundo y forman parte de su trabajo.
Aun así, admite que hay momentos difíciles: expulsar a un jugador que no tuvo intención de cometer una falta, o ver la tristeza en un rostro tras una tarjeta roja inevitable. "A veces sentí mucha lástima", reconoce, pero la justicia deportiva exige firmeza.
En su familia mantienen pequeñas tradiciones: rezar antes de dormir, persignarse antes de comer o al pasar frente a una iglesia. Para él, ese testimonio doméstico es más importante que cualquier gesto público. Sus hijos, curiosos y cada vez más conscientes, le plantean preguntas difíciles sobre Dios. A veces bromea con que debería haber terminado la carrera de teología para responderlas mejor.
Nunca ha recibido críticas por su fe, aunque sí alguna broma. Incluso le sugirieron una vez que dejara de persignarse antes de los partidos. No lo hizo. Para él, ese gesto es una forma de agradecer y recordar que su pasión y su trabajo tienen un sentido más profundo.
Sylwestrzak está convencido de que el deporte puede ayudar al crecimiento espiritual. Enseña a ganar y a perder, a gestionar la presión, a enfrentarse a la crítica. En los momentos difíciles, la iglesia se convierte para él en un lugar de desahogo y reflexión. También acude para dar gracias.
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Cuando se le pregunta quién es Dios para él, responde con serenidad: es esperanza, consuelo y guía. Piensa a menudo en la muerte y en lo que vendrá después, y la fe lo tranquiliza. Sabe que, en ocasiones, sus decisiones familiares van a contracorriente del mundo, pero no se arrepiente. Al contrario, se siente orgulloso.