Religión en Libertad

Daniel, el cura en activo más mayor de Madrid: 95 años de vida, 70 de sacerdote y 30 como párroco

Participa estos días en la asamblea presbiteral, CONVIVIUM, convocada por el cardenal.

Para Daniel, dejar de hacer no equivale a dejar de ser. "Ser cura no se pierde", afirma.YOUTUBE

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Daniel Sánchez Merino vive en la residencia sacerdotal junto a la parroquia de la Sagrada Familia en Madrid (España). Durante más de tres décadas fue su párroco y, aunque ahora es adscrito y está a punto de cumplir 96 años, sigue plenamente activo

Confiesa cada día, participa en las misas y visita a los enfermos siempre que hace falta. "Lo que necesiten", dice con naturalidad. La edad puede traer ciertas limitaciones, aunque en su caso no demasiadas: sube y baja escaleras con una agilidad sorprendente. El portal Alfa y Omega cuenta su historia.

Grabado en el ADN

Para él, dejar de hacer no equivale a dejar de ser. "Ser cura no se pierde", afirma, y añade que "da vida poder poner las cosas al servicio de los demás, no solo de uno mismo". Daniel es el presbítero de mayor edad que participe en la asamblea presbiteral, CONVIVIUM, que se celebra estos días en Madrid.

El sacerdocio, explica Daniel, deja una huella profunda, algo que él siente grabado "casi en el ADN". Desde el momento de la imposición de manos asumió un compromiso al que ha sido fiel durante toda su vida. Esa fidelidad empezó pronto. 

En su Perales de Tajuña natal, con solo 12 años, ya era monaguillo. Fue entonces cuando el párroco, que "sabía sacar partido a los chiquillos más despiertos", lo animó a entrar en el seminario. Eran años duros de posguerra, con escasez y hambre en muchas casas, pero en su interior algo ya se movía. 

Más de 1100 sacerdotes reunidos

Tras dos meses de encuentros preparatorios, se celebra este lunes y martes 9 y 10 de febrero la gran asamblea de sacerdotes Convivium, convocada por el arzobispo de Madrid, José Cobo. En el Auditorio Pablo VI (Paseo Juan XXIII, 3, Madrid) se reúnen unos 1.100 sacerdotes de la diócesis de Madrid, junto con otros expertos y asistentes.

Su madre le preguntó un día por qué quería ser sacerdote. "Porque en la catequesis nos dicen que quien salva muchas almas va al cielo, y yo quiero eso", respondió. Hoy, más de 80 años después, sonríe al recordar aquella explicación "inocente".

Su formación comenzó en el seminario de Alcalá de Henares, entre los llamados "latinos", los más pequeños que iniciaban los estudios de Latín. Cinco años más tarde pasó al de Madrid, en la etapa de Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 4 de junio de 1955. Sus primeros destinos fueron Cervera de Buitrago y El Atazar.

En ese tiempo, recuerda, "el cura lo era todo". En una ocasión incluso le pidieron que arreglara una bicicleta. Cuando respondió que no sabía, le replicaron sorprendidos: "¡Pero si usted ha estudiado!". Entre los sacerdotes de la zona existía una fraternidad muy intensa. 

Mirando su trayectoria, Daniel distingue tres grandes etapas en su ministerio. La primera llega hasta el Concilio Vaticano II. Una Iglesia en la que la catequesis consistía en memorizar el Catecismo de Ripalda y donde la eficacia pastoral se medía por «llenar las iglesias». 

Con el Concilio Vaticano II llegó una segunda etapa marcada por cambios profundos. "Fue un despertar", explica, "a una realidad más diversa, que exigía afianzarse en lo esencial: en la fe, en lo sacerdotal, en lo eclesial". El Concilio, afirma, abrió la puerta a una Iglesia que "tiene en cuenta a la persona".

La tercera etapa, la actual, la resume como "ser Iglesia de Cristo". "Después del Bautismo viene la consagración sacerdotal", explica, "pero el compromiso inicial nace en el Bautismo". Todos, recuerda citando al Evangelio, están llamados a ser "luz del mundo y sal de la tierra", por el hecho de estar bautizados.

Esta conciencia es especialmente importante para él en la vejez. "Cuando uno va en caída", reflexiona, lo esencial es no perder lo que realmente se es: cristiano. Por eso da gracias a Dios por los sacerdotes y obispos que ayudan a redescubrir la propia identidad como personas comprometidas con la Iglesia.  

"El sacerdocio es una responsabilidad y una gracia que el Señor concede para siempre", insiste. "Los mayores hemos sido muy sacrificados, no por vanagloria, sino porque así se entendía el compromiso, algo que hoy cuesta más comprender".

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