Miércoles, 22 de mayo de 2024

Religión en Libertad

Tras una infancia de auténtica película de terror, aprendió a vivir con fe y confianza en Dios

Ofrecida al demonio por su padre, libra desde niña el combate espiritual: la pintura, su arma de luz

María Camila Clavijo.
María Camila Clavijo -en la imagen, elaborando su oleo sobre liennzo de La última cena- se dedica hoy profesional y vitalmente al arte sacro, desarrollando además su vocación evangelizadora desde el arte.

José María Carrera

A sus 32 años, la colombiana María Camila Clavijo sabe lo que es mirar al mal cara a cara. También a Dios. No alcanzaba los diez años y ya conocía a la perfección las implicaciones del satanismo en su familia, así como las oraciones, compañías y hábitos necesarios para combatirlo. Tras una vida que define como un combate espiritual continuo, ha contado su historia al canal El rosario de las 11. Advierte que aún está incompleto, pero confía en que tarde o temprano concluirá con la conversión de quien una vez fue su padre y la consagró al demonio.

Como la primera hija, nieta y sobrina, María recuerda los primeros años de su infancia repletos de felicidad y acogida. La familia estaba volcada en ella, también por padecer extraños achaques y enfermedades sin que los médicos fuesen capaces de elaborar un diagnóstico claro.

Con continuas recaídas, la pequeña solo encontraría refugio en la pintura, que pronto contemplaría como "un escape dado por Dios, como la luz en medio de una oscuridad" que aún estaba por llegar.

Con 4 años, conforme su hermano pequeño comenzaba a mostrar dificultades en su desarrollo, sin caminar ni hablar, su madre empezó a percibir "cosas extrañas" en la casa donde vivían.

Ofreciendo y llevando a sus hijos a rituales: los signos de alerta

"Mi padre tenía comportamientos muy raros, empezó a cambiar en la casa. Decía mentiras, mi madre notaba su adicción a la pornografía, veía que llegaba tarde con aromas que no eran normales y le vio ofrecer a mi hermano frente a una ventana, de noche, viendo películas de terror", relata María Camila.

Cuando el hermano pequeño tenía dos años, nació la tercera hija, Daniela. La familia se mudó mientras su madre, María Elena, confiaba en que el nuevo hogar traería paz a la familia.

Ahora la afectada fue María Camila, a quien le aparecían "quemaduras en la piel y enfermaba mucho. Empecé a tener pesadillas, se me aparecían monstruos o demonios de noche en mi cuarto y vivía con mucho miedo, callada y enferma".

Su madre contemplaba impotente cómo los sucesos aumentaban en gravedad y "el infierno comenzaba a revelarse". La joven describe el momento en que su madre encontró algo similar a un enterramiento con fotos de la familia en el jardín o como los extraños episodios de su padre se hacían más evidentes cuando encerraba a los niños en los cuartos y los "ofrecía al demonio".

A ello le siguió el maltrato hacia la madre y toda la familia, mientras ponía películas de terror y pornografía continuamente

"Vuestra vida peligra"

Cuando María Elena pidió ayuda a la madre superiora de una congregación amiga, esta no dudó en emitir un diagnóstico alarmante: "Su vida peligra, su esposo es miembro de una secta satánica".

"Señor, si existes, sálvame", rogó la madre de familia antes de comenzar toda una batalla legal y espiritual con su marido. María Camila tenía nueve años cuando, aconsejada por los sacerdotes ante un evidente riesgo vital, su madre inició la separación. "Tú y los niños tenéis que salir de ahí", le decían.

"Nos fuimos a casa de mi abuela. Pensábamos que ya íbamos a descansar, pero no sabíamos lo que se nos venía encima", recuerda ella.

Desde entonces, la joven colombiana no recuerda un fin de semana en mucho tiempo en que, con su madre y hermanos, no estuviesen "pegados" a los sacerdotes, la ayuda espiritual, misas de liberación, los rosarios y las horas santas. En todo ello, María Camila vio "el rostro de un Jesús misericordioso que siempre estaba dispuesto a rezar con nosotros".

En guerra espiritual y legal

Para ella fueron las armas de una guerra espiritual pero también legal, en el que su padre Edgar buscaba por todos los medios quedarse con la custodia de sus hijos para maltratarles.

"Cada vez que le veíamos volvíamos tristes, enfermos y peleando con mi madre. Mi padre nos negaba el pan y la comida, nunca nos daba de comer y había mucha violencia, pero él iba con la mejor ropa y los mejores coches", relata.

Conforme pasaban los años, la joven empezó a ser consciente de lo que hacía su padre. Uno de los momentos más traumáticos en su vida fue cuando, fingiendo jugar al escondite, el padre abusó sexualmente de la hermana pequeña ante la mirada atónita del mediano.

Edgar amenazó a los niños con matarles si hablaban de lo sucedido, pero su madre se enteró e interpuso una demanda que casi le cuesta la vida. Nada más llegar del trabajo, recuerda, llegaron dos hombres, la pegaron y dispararon al aire mientras ella perdía la conciencia y se quedaba tirada  en el suelo.

A los 15 años María Camila decidió no volver a ver a su padre. Por el contrario, prosiguió con diligencia su "lucha espiritual" en la que "conocer a Dios y la fe, la misa y el Santísimo, el rosario, ayuno, las eucaristías de sanación y liberación fueron siempre fundamentales y nunca lo sacamos de nuestra vida".

Viendo a Dios y al mal "cara a cara"

Recuerda que "el peso del mal" en la casa era tan fuerte que, cuando entró un exorcista, todo empezó a caerse al suelo solo con su presencia.

"Vimos el mal cara a cara, pero también a Dios. Sin su gracia nunca nos habríamos podido salvar", asegura.

Concluidos los pleitos, la ley quitó la patria potestad a Edgar, lo que confirmarían los hijos más adelante quitándose el apellido de su padre.

Ya comenzando la etapa universitaria, María Camila siguió refugiándose en el arte y la pintura, especialmente tras recibir el "regalo de Dios" de poder estudiar Artes Plásticas en la Sorbona de París y más adelante en Florencia, la cuna del arte renacentista.

En Francia, vivió con una familia muy católica, con un padre, madre y siete hijos. Aquello le "acercó más a Dios", pues lo interpretó como el aprendizaje de lo que suponía una familia con un padre presente. "Siempre me dieron apoyo y amor y vi en ellos el rostro de Jesús", expresa agradecida.

María Camila Clavijo.

María Camila Clavijo, durante la elaboración del retablo del altar de la procatedral de San José, en Nueva Jersey. 

También pudo acceder a unas amistades basadas en la fe, como fue el caso del grupo católico de la Sorbona, y más tarde en Florencia conocería todo el proceso evangelizador a través del arte. Todo fue "un regalo gigante" que agradece hasta el día de hoy.

Una invitación a dejarlo todo para seguir a Dios

Su formación concluyó con una llamada urgente de su madre desde Colombia. Su abuela estaba falleciendo. De inmediato cogió un avión y se despidió de su abuela, que falleció día y medio después. La vuelta a Florencia se complicaba por momentos. Pronto comprendió que "Dios no quería que volviese".

De la noche a la mañana, se encontró viviendo un "doble duelo" en el que junto a su abuela, había perdido una vida, "como si Dios dijese que lo dejase todo y le siguiese".

María Camila lo superó como si de una depresión se tratase. Abandonó la pintura, se preguntaba continuamente `¿por qué a mí?´, y la vida "era una constante pelea". Algo que cambió cuando invitaron a los tres hermanos a una Hora Santa repleta de jóvenes de Effetá, Regnum Christi o El cielo, movimiento que frecuentaría desde entonces y le ayudaría a "crear amistades en Dios", pero también a entender los "porqués" de los horrores de su infancia.

Un día, al confesarse, Camila recibió la penitencia de pintar un cuadro de Santa Rita de Casia, que retrasó varios meses. Con la entrega, empezó a recibir multitud de pedidos de sacerdotes, fieles y particulares que aumentaron tanto en cantidad como en exigencia técnica. Así, dice, "entendí que era lo que Dios quería y por qué me había preparado de esa forma, para evangelizar por medio de la pintura". A día de hoy se dedica al arte sacro a tiempo completo y admite que cuando pinta, no es ella "quien mueve el pincel, sino el Espíritu Santo".

El retablo de la procatedral de San José.

El retablo de la procatedral de San José, obra de María Camila Clavijo. 

Una experiencia eucarística: "Era Jesús, diciéndome que no dudase"

Tras una vida con más lucha que paz, nunca olvidará el "regalo" que recibió la víspera del domingo de ramos de hace dos años, cuando fue a comulgar y el sacerdote dejó la hostia paralizada a escasos centímetros de ella.

"Me lo mostró y cuando dijo `el cuerpo de Cristo´, vi que la hostia estaba manchada de sangre. Me quedé asombrada, pero sabía que lo que estaba viendo era lo que veía. La hostia sabía a metal, a sangre, fue como Jesús diciéndome que no dudase. Me sentí agradecida, como si fuese  una gracia incalculable, pero me pregunté: ¿Por qué yo y por qué ahora Señor? ¿Vendrá un tempo de purificación?".

Así fue. Recuerda que en poco tiempo, aumentaron los "ataques" y pruebas de fe a través de la enfermedad, de pérdidas de amistades y de una traición que la marcaría por completo. También los consuelos, pues otras nuevas amistades y oportunidades aparecían, como fue el encargo de pintar un altar en Estados Unidos durante dos meses, "entrando en comunión y pintando junto a Él devolviéndole los dones que había recibido".

Un día, postrada ante el Santísimo, María Camila se rindió ante el dolor y la  dificultad de perdonar la traición de su amiga.

"Detrás de mí estaba ella. Pasaron solo tres segundos cuando me dijo que quería pedirme perdón. No podía creerlo", relata.

Pidiendo la intercesión de San Bartolo Longo, exsatanista

Días más tarde, en un retiro de sanación, recuerda recibir un torrente de imágenes en su cabeza y supo que era Dios, mostrando "los porqués de mi comportamiento y de mi dolor. Acabé entendiendo que fue el peso del satanismo y la brujería lo que hacía que enfermara. Entendí muchas cosas de mi vida, también el porqué de esa hostia sangrando. Fue como un recordatorio de que en los abusos de mi padre, cuando llevaba a mi hermano a ritos, ahí estaba Él, sufriendo por mí, por mi padre, por mi familia".

"Ahí empecé a entender el misterio del dolor y creo que nunca sentí tanta libertad en mi vida como cuando Dios me mostró la verdad de mis recuerdos. Cuando entendemos eso y le ofrecemos el dolor y el sufrimiento es más fácil seguirlo y seguir confiando", subraya.

María Camila reconoce que a día de hoy sigue rezando con toda su familia por su padre y confía en que para Dios "no hay nada imposible". "Está esperando que vuelva, y nosotros también. Ese sería el testimonio completo, que se convierta, y lo esperamos por intercesión de María y de un santo, San Bartolo Longo, exsacerdote satánico que llegó a santo. No hay nada imposible para Dios, y sabemos que lo logrará", concluye. 

María Camila Clavijo expone multitud de sus obras en su portfolio, así como en su cuenta artística de Instagram

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