Martes, 19 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Abren la causa de canonización del autor de «La Venganza de don Mendo» y otros 43 mártires

¿Cómo combinar fe y humor antes de ser fusilado? Así era Muñoz Seca, ahora camino de los altares

Los restos de Muñoz Seca se encuentran en una de las fosas comunes de Paracuellos
Los restos de Muñoz Seca se encuentran en una de las fosas comunes de Paracuellos

Javier Lozano / ReL

Este sábado el obispo de Alcalá de Henares firmaba la apertura del proceso de canonización de 44 mártires de la Guerra Civil. Entre ellos se encuentra uno de los grandes autores del siglo XX español, el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, maestro del humor con obras como La venganza de don Mendo.

Muñoz Seca descansa en una de las fosas comunes de Paracuellos del Jarama, considerado por el obispo Reig Pla como catedral de los mártires. Allí reposan junto al escritor miles de cuerpos después de ser fusilados en la retaguardia del bando republicano. Cientos de ellos ya son beatos. Y es que fueron muchos los que murieron por ser católicos y lo hicieron perdonando a sus verdugos.

El dramaturgo murió el 28 de noviembre de 1936 tal y como vivió, uniendo su ferviente fe a su gran sentido del humor, que no perdió ni cuando los milicianos le apuntaban ya para fusilarle.

Católico ferviente y monárquico acérrimo
Desde muy joven Muñoz Seca ya destacaba en el teatro, cautivando tanto a la clase noble como al pueblo más humilde pues muchos se veían representados en las críticas satíricas que hacía en sus obras.

Precisamente, fueron estas sátiras las que le hicieron ser señalado por la República. Muñoz Seca era un católico declarado y orgulloso que defendió siempre los valores cristianos aunque alguna vez tuviera algún que otro rifirrafe (algo cómico) con la jerarquía. Además, era monárquico y amigo personal del rey Alfonso XIII, lo que le señalaba aún más.


Muñoz seca, en una fotografía junto a sus nueve hijos

Casado con Asunción Ariza tuvo con ella nueve hijos, cuatro hombres y cinco mujeres. De una de estas hijas nació posteriormente su nieto al que nunca conoció, el escritor y columnista Alfonso Ussia, que precisamente ha arrojado mucha luz sobre su abuelo al hacer pública parte de su correspondencia.

Sin miedo a defender sus valores durante la República
Con la llegada de la II República el odio a lo religioso llegó a límites que pocos sospechaban por su virulencia. La quema de conventos en España a los pocos días de eliminar la monarquía y la persecución a la Iglesia marcaron este periodo pero Muñoz Seca no cambió ni un ápice pese a ser conocida su amistad con el Rey depuesto.

Con la República llegó la ley divorcio y la impunidad de grupos de extrema izquierda como los comunistas. Y Muñoz Seca quiso defender los valores tradicionales y de la familia como mejor sabía: con una satírica obra de teatro.

De este modo, tras la legalización del divorcio en un país marcadamente católico, el dramaturgo estrenó en 1932 Anacleto se divorcia en la que hacía una sátira de la ley aprobada por el gobierno republicano. Un año antes estrenaba La Oca en la que caricaturizaba al comunismo a través de la asociación de Obreros Cansados y Aburridos.

Su sentencia de muerte pudo empezar precisamente a escribirse en ese momento. Y de esta manera se llegó a 1936 y al estallido de la guerra civil española. Pedro Muñoz Seca se encontraba en Barcelona estrenando La tonta del rizo y allí fue detenido junto a su esposa. Una vez en Madrid ella fue liberada y él ya nunca más vio la libertad.

En la misma checa que Álvaro del Portillo
Ya en Madrid fue encerrado en la checa de San Antón, un antiguo convento convencido en una prisión inhumana. En esta misma prisión estuvo durante un tiempo también el beato Álvaro del Portillo, sucesor de san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei. Allí compartió el estrecho espacio que había debido al hacinamiento de presos con personajes de todo tipo, sacerdotes, militares e incluso adolescentes.

Durante los primeros días de cautiverio en esta checa estuvo en la misma celda con ocho oficiales de la Armada y con los hijos de 15 y 13 años de un oficial del Ejército de Tierra. Contaba años más tarde Cayetano Luca de Tena, propietario del ABC que también acabó en San Antón, que sólo una vez encontró llorando a Muñoz Seca y fue el día que éste se enteró que los oficiales y los adolescentes con los que convivió en prisión habían sido asesinados en las primeras sacas de Paracuellos.

No perdió el humor ni cuando se acercaba la muerte
Sin embargo, esta fue la excepción puesto que en la checa, Pedro Muñoz Seca sacó sus dos grandes virtudes, su humor y su fe. De hecho, los testigos le recuerdan animando al resto de presos e incluso predicando parte de los ejercicios espirituales. Y eso que allí no faltaban sacerdotes.


El autor de la La Venganza de don Mendo nunca perdió su sentido del humor

Su nieto, Alfonso Ussia, recuerda que “durante el cautiverio –horas y horas pasé junto a sus compañeros supervivientes conociendo detalles-, Don Pedro se convirtió en el repartidor de optimismo y esperanzas”. Cuando ya sabía que no volvería a ver a su familia, Muñoz Seca se encerró con el sacerdote que compartía celda con él, el padre Ruiz del Rey. Cuenta Ussia que su abuelo “salió fortalecido” de su estancia con el religioso.

La fe a la que se agarró para enfrentarse a la muerte
En ese momento, sabiendo que el final se acercaba, añade su nieto, “de su puño y letra escribió a su mujer la última carta. Está fechada el 28 de noviembre de 1936, horas antes de ser pasado por las armas. En la carta, que le llegó a mi abuela a través del encargado de Negocios de México con tres años de retraso, don Pedro le relaciona las pequeñas deudas que ha dejado entre sus compañeros. Tranquiliza a la familia. Manda un profundo beso a sus hijos y les hace ver que su sacrificio es por España. Ordena a su mujer que se ocupe de su madre, allá en el Puerto de Santa María. Se reafirma en su Fe y le ofrece a Dios todos sus sufrimientos. Perdona a sus verdugos. Es una carta de dos cuartillas, emocionante y sintética. Algunos de sus hijos murieron sin leerla. En la postdata la última frase: ‘Como comprenderás voy tranquilo y libre de culpas’".

En la carta, Muñoz Seca se muestra sereno y escribe: “Cuando recibas esta carta estaré fuera de Madrid. Voy resignado pero contento. Dios sobre todo. Voy muy tranquilo sabiendo que tú siempre serás el ángel bueno de todos. El mío lo has sido siempre y si Dios tiene dispuesto que no volvamos a vernos mi último pensamiento será siempre para ti”.

Horas después de escribir esa carta, el dramaturgo era subido a una camioneta junto al padre Llop, prior de los hermanos de San Juan de Dios y otros catorce religiosos. Se dirigían a Paracuellos del Jarama.


Alfonso Ussía, con una foto de su abuelo al que no pudo conocer

Ni en Paracuellos dejó de ser él mismo
Ya en la misma tierra en la que todavía hoy sigue, Muñoz Seca seguía sin perder su gran sentido del humor. Los dos milicianos que le custodiaban, conocidos como Dinamita y Riquelme, le quitaron todas sus pertenencias, le rompieron sus gafas y para humillarlo le cortaron sus característicos bigotes. Lejos de odiar, la respuesta del escritor ha quedado para la historia y refleja su personalidad: “Podréis quitarme la cartera, podréis quitarme las monedas que llevo encima, podréis quitarme el reloj de mi muñeca y las llaves que llevo en el bolsillo, podéis quitarme hasta la vida; sólo hay una cosa que no podréis quitarme, por mucho empeño que pongáis: el miedo que tengo”.

Incluso hay testigos que aseguran que en otro momento dado se dirigió a sus verdugos y les dijo: “me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades”.

"Hasta el cielo, padre"
Igualmente, Alfonso Ussia relata también que en Paracuellos “pidió un cigarrillo. Había sido un fumador empedernido y llevaba diez años sin fumar. Un miliciano piadoso se lo encendió y lo puso en su boca”. Y en ese instante ya habiendo perdonado a los que le asesinarían les dijo: “cuando queráis. Dentro de poco estaré en un lugar muchísimo mejor que éste”. Y antes de ser fusilado se dirigió al padre Llop y le conminó a una cita posterior: “hasta el cielo, padre…”. Y allí murió a las 8.23 de la mañana junto a 103 compañeros de martirio.

Ahora Muñoz Seca va camino de los altares y no va sólo. Otros 43 mártires como él que aunque no fueran tan conocidos como él comparten una historia de amor y perdón al enemigo. Y en esta causa abierta por el obispado de Alcalá están también 14 sacerdotes diocesanos, 14 religiosos (8 agustinos, 5 maristas y una clarisa) y 15 laicos.


En el cementerio de los mártires de Paracuellos reposan ya decenas de beatos

La anéctoda que sacó de quicio a la curia de Madrid
En la vida de Pedro Muñoz Seca, la fe y el humor eran puntos esenciales y complementarios. Que se lo digan al obispo de Madrid en otra de las anécdotas que han pasado a la historia. El escritor tenía desde sus primeros años en la capital en gran estima a un matrimonio que trabajaban como porteros en el edificio en el que vivía. La mujer falleció y poco después también el marido. El hijo se dirigió a Muñoz Seca para que le redactara un epitafio para honrar la memoria de sus padres. Y el dramaturgo desde lo más hondo de su corazón por el afecto que profesaba a este matrimonio escribió:

Fue tan grande su bondad,
tal su generosidad
y la virtud de los dos
que están, con seguridad,
en el cielo, junto a Dios.
 
Poco después Muñoz Seca recibió una carta del arzobispado en el que le pedían que cambiara los versos puesto que nadie podía afirmar de manera tan categórica que este matrimonio estaba ya en el cielo. Por tanto, rehízo el escrito y lo volvió a mandar. Y esto es lo que escribió:

Fueron muy juntos los dos,
el uno del otro en pos,
donde va siempre el que muere.
pero no están junto a Dios
porque el obispo no quiere.
 
Evidentemente recibió una nueva carta de la Curia diocesana en la que le recriminaban la burla y le pedían una rectificación pues decían que no dependía del obispo que el matrimonio fuera al cielo o no. Así que obedeciendo, Pedro remató la faena de esta manera y el arzobispado ya ni se molestó en volver a escribirle:

Vagando sus almas van,
por el éter, débilmente.
sin saber qué es lo que harán,
porque, desgraciadamente,
ni Dios sabe dónde están.

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