Hija de monja, poseída e invocada por exorcistas: la beata Eustoquia avanza hacia los altares
La diócesis de Padua abre la causa de canonización de Lucrecia Bellini, beata del siglo XV marcada por exorcismos, persecución y una fama intercesora que aún hoy perdura

Imagen ilustrativa de dos religiosas benedictinas ante un monasterio, evocando el ambiente monástico en el que vivió la beata Eustoquia Bellini.
Desde mujeres exorcistas (The Deliverance) a monjas poseídas (La Monja), la industria de Hollywood ha explotado hasta el extremo el filón de las experiencias demoníacas. Salvo contadas excepciones, sus relatos y guiones presentan al maligno como una fuerza casi autónoma, independiente de la voluntad de Dios, reduciendo la posesión a la mera maldición o incluso a mala fortuna. Frente a esa visión, la historia de la beata Eustoquia Bellini —Eustochio en italiano— resulta menos comercial, más extraña y cruda, pero también esperanzadora y enriquecedora.
Nacida como Lucrecia Bellini, fue una joven religiosa fallecida a los 25 años, tras una intensa vida espiritual marcada por adversidades atribuidas al demonio y por frecuentes episodios de posesión. Cinco siglos después de su muerte, el obispo de Padua, Claudio Cipolla, ha ordenado iniciar la causa de canonización de la beata, después de siglos de veneración y de una devoción que se ha mantenido viva, especialmente en Padua y entre algunos exorcistas, a lo que contribuyó también el difunto exorcista Gabriele Amorth. Como refleja el portal oficial de la causa, la vida de la beata sigue despertando hoy tanta devoción como asombro.
Nacida de una herida dentro del monasterio
Ya desde su nacimiento en 1444, la joven Lucrecia vería su vida determinada por las particulares circunstancias del mismo, al ser la hija ilegítima de Bartolomeo Bellini y Maddalena Cavalcabó, religiosa del monasterio de San Prosdocimo.
Con 4 años, la pequeña Lucrecia mostraría unas actitudes particulares y comportamientos que levantarían sospechas de una posible posesión, siendo sometida a frecuentes exorcismos. No faltaban quienes lo achacaban al rechazo y al odio que reinaban en su hogar, donde la niña cargaba con una culpa que no era suya.
Con apenas siete años, Lucrecia fue internada en el monasterio de San Prosdocimo para recibir instrucción y formación, presenciando en muchas ocasiones cómo el libertinaje y la relajación de costumbres iban minando la comunidad. Mientras, la pequeña permanecía sola en el convento, orando a sus venerados santos o entregándose al trabajo, el silencio y la devoción por la Virgen, San Jerónimo o San Lucas.
Según recoge la propia biografía oficial de la causa, cuando Lucrecia tenía dieciséis años las monjas llegaron a asesinar a la abadesa que trataba de restaurar la disciplina. Continuaría dicha misión el obispo de Padua, entonces Jacopo Zeno, que trató de devolver a sus raíces a la comunidad benedictina mediante la admisión de nuevas religiosas y la puesta en marcha de una reforma monástica.
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El convento se vacía, pero Lucrecia permanece
Conforme el convento se vaciaba a causa de la mayor disciplina, Lucrecia permaneció hasta que le concedieron la admisión en la orden, vistiendo el hábito benedictino desde 1461. Desde el mismo momento en que tomó los hábitos y el nombre religioso de Eustoquia, discípula de San Jerónimo, el convento se vio infestado de episodios perturbadores.
Los relatos de agresiones atribuidas a espíritus demoníacos comenzaron a multiplicarse. La religiosa se convirtió en objeto de burla por otras religiosas y cuando enfermó la nueva abadesa por causas entonces desconocidas, fue acusada de brujería, siendo encerrada durante tres meses alimentándose a base de pan y agua.

Su cuerpo expuesto en la Catedral de Padua, donde cada tercer sábado de mes se rezan oraciones para pedir la liberación del tormento y posesión demoníaca, según Vatican News.
La soledad de la prisión y la oración eran su único consuelo, porque ni siquiera a su confesor se le permitía acercarse a ella; ni siquiera se le concedió un libro de devoción y por lo tanto la futura beata recitaba continuamente lo que sabía de memoria.
En aquella prueba comenzó a manifestarse la esperanza por la que hoy es recordada: Eustoquia aceptaba aquellos padecimientos como expiación del pecado en que había nacido, consolándose únicamente con el rosario, los salmos y oración.
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Entre éxtasis místicos y ataques demoníacos
Finalmente, contando con el apoyo de sus hermanas, fue admitida a la profesión solemne como benedictina, conforme la adversidad se cernía aún más sobre ella, enferma, postrada y absorta en la oración durante buena parte de sus últimos años de vida. Mientras, no era rara la ocasión en que sufría éxtasis místicos o ataques demoníacos. Según el testimonio de Saligario, su confesor, en uno de aquellos episodios el demonio llegó a hundirle un cuchillo en el pecho y a grabar en su carne el nombre de Jesús, signo que las hermanas descubrieron al revestir su cuerpo después de la muerte.
Ya desde el final de su vida, la fama de santidad de Eustoquia se había extendido por toda la ciudad de Padua y sus ciudadanos trataban de acercarse a ella desde el monasterio.
La belleza y gracia con las que había sido dotada desde joven, sustituidas años atrás por un aspecto demacrado, reaparecieron poco antes de su muerte, ocurrida el 13 de febrero de 1469, cuando tenía veinticinco años.
Se dice que de su cuerpo emanaba un dulce aroma sin parangón en la tierra, que sus biógrafos describieron como el "olor del Paraíso". Hubo una gran afluencia de fieles a su tumba, especialmente aquellos poseídos por demonios, quienes recibieron un gran beneficio y que a menudo, gracias a esas visitas, quedaron completamente liberados.
Tres años y nueve meses después de su muerte, con los milagros multiplicándose y el perfume aún presente, el obispo Jacopo Zeno concedió permiso para exhumar sus restos y darles un entierro más digno.
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Una beata de esperanza
Especialmente llamativo sería el episodio acaecido durante el primer examen de su cuerpo. Inmediatamente después comenzó a manar en la fosa de San Prosdocimo un agua considerada prodigiosa. Se convirtió así en un conocido foco de peregrinación, vinculado a numerosos milagros cuyos relatos se conservan hoy en el archivo de la diócesis y del seminario de Padua.
Tras la represión napoleónica de 1805, el cuerpo de la beata Eustoquia fue trasladado a la iglesia de San Pedro en Padua, y misteriosamente el agua de la fosa de San Prosdocimo dejó de fluir. Desde entonces, no son pocos los sacerdotes que trataron de mostrar la fama de santidad de Eustoquia, como el jesuita del siglo XIX Giulio Cordara, mientras que exorcistas afirman a día de hoy recurrir a la Beata Eustoquia, experimentando su beneficiosa intercesión en el ejercicio de su ministerio.
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Por su parte, los responsables de la causa desean vincular a la beata con la vivencia heroica de la virtud de la esperanza, que se refleja especialmente en los abundantes mensajes escritos en los “Cuadernos de la beata”, situados ante el cuerpo de la religiosa a disposición de los fieles.
“Resulta verdaderamente evidente que la beata Eustoquia fue, más que cualquier otro aspecto que se le pudiera atribuir, un gran testimonio de esperanza, la cual se realiza en un grado presumiblemente heroico de sus virtudes, a pesar de las grandes pruebas que le deparó la vida”, refleja el portal de la canonización.