Más de 1.600 eutanasias en España: Carmen, enfermera de paliativos, desvela lo que desea el enfermo
Tras cinco años de ley y 1.668 eutanasias, una médico paliativista recuerda que lo que el enfermo necesita es sentirse acompañado, saber que su vida importa y abrirse a Dios

Frente al avance de la eutanasia, los cuidados paliativos recuerdan la importancia de acompañar, cuidar y hacer sentir al enfermo que su vida sigue importando.
Tras cinco años de la entrada en vigor de la eutanasia, las muertes en España aplicadas en nombre del derecho ascienden a las 1.668. Una cifra que, unida a las solicitudes, no ha hecho sino incrementarse con el tiempo: de las 3.716 solicitudes totales, 1.284 -un 34%- han tenido lugar en el año 2025.
Los datos disponibles reflejan también una distribución territorial de las solicitudes con marcadas diferencias entre comunidades autónomas.
Cataluña registró en 2025 la tasa más alta de solicitudes, con 6,14 por cada 100.000 habitantes, superando la media nacional de 2,61. Tras Cataluña, las tasas más elevadas se registraron en Navarra, con 5,41 y en la región vasca, con 5,13, La Rioja, con 3,67 por cada 100.000 habitantes o Islas Baleares, con 3,12. Prosiguen el listado Cantabria, con 3,03; Asturias, con 2,96; y Canarias, con 2,66.
Entre las 1.284 solicitudes registradas, las patologías neurológicas representan el 31 por ciento, por detrás de las oncológicas, con un 37%. Sin embargo, esta distribución se invierte entre las personas que finalmente reciben la prestación: las enfermedades neurológicas ascienden al 46%, mientras que las patologías oncológicas se sitúan en torno al 30%.
El incremento en el número de solicitudes parece seguir el ejemplo de los otros países con marcos legales que también contemplan la eutanasia. Mientras que en España la tasa de mortalidad por eutanasia es del 0,13%, en Países Bajos alcanza el 5,96%, en Canadá el 5,10% y en Bélgica el 4%. Esa diferencia también se refleja en el volumen de prestaciones: 565 en España en 2025, frente a 16.499 en Canadá y 10.341 en Países Bajos.
Frente a esta lógica, quienes trabajan en cuidados paliativos describen otra realidad: la de enfermos y familias que no necesitan ser reducidos a su sufrimiento, sino acompañados, cuidados y reconocidos hasta el final. Su día a día responde a una pregunta anterior y necesaria, la de si el paciente pide eliminar el sufrimiento a toda costa o si, por el contrario, precisa especialmente de compañía, cuidado, sentido y, también, alivio.
Carmen Molina es integra la Vicepresidencia Enfermería de la Asociación Madrileña de Cuidados Paliativos. También es enfermera de la Unidad de Atención Integral Paliativa Pediátrica del Hospital Infantil Niño Jesús de Madrid, conocido por su ambientación especialmente esmerada para fomentar en los niños un estado de alegría, confianza y serenidad. Tras compartir su testimonio en un encuentro organizado con motivo de la visita del Papa León XIV a Madrid, ha hablado también sobre su experiencia con familias y niños enfermos durante los momentos más difíciles de sus vidas.
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Cuenta a ACI Prensa que, tras tres años en el hospital, ha asistido a momentos especialmente duros ya sea por el agotamiento o por el dolor emocional y espiritual. Sin embargo, cuenta que la fe le ayuda a superar cada día, comprobando que “la mano de Dios siempre está presente”.
“Encuentras sentido en muchas de las situaciones que vives y te das cuenta de que, gracias a Dios, muchas cosas no dependen de ti personalmente; eso te da tranquilidad”, asegura Molina, que observa también cómo los pacientes intentan mirar hacia el futuro.
Observa que hay una serie de patrones comunes que se repiten en los momentos finales de la vida de los pacientes. Lo que quieren, asegura, es “sentirse amados y no ser una carga para los demás. Desean sanar viejas heridas, pedir perdón, ser perdonados o encontrar la reconciliación”.
Llamados a proteger, cuidar y atender
Para Molina, deben ser los cuidados paliativos —y no la muerte provocada— los que orienten la atención en la etapa final de la vida.
“Son necesarios para vivir con paz y dignidad. Lo que importa es cómo viven, no se trata tanto de cuánto tiempo vivirán, sino de cómo vivirán”, explica. Una concepción inseparable a la convicción de que la dignidad de la persona “no depende del tiempo vivido, de la salud, del éxito ni de las habilidades que uno pueda poseer”. Para ella, se trata de algo “tan intrínseco” a la persona “que estamos llamados a proteger, cuidar, apreciar y atender de manera integral”.
Precisamente esa visión es la que pueden fomentar los cuidados paliativos, abordando según ella todas las dimensiones, la física, pero también las emocionales, sociales y espirituales.
“Intentamos no reducir a la persona a su enfermedad”, dijo, “sino reconocerla como un individuo único con una historia que merece respeto, alguien que tiene valor hasta el último momento de su vida”.
Además, señaló que la esperanza es indispensable en esta etapa: "Mientras haya esperanza, hay vida y expectativas".
Aclaró que no se trata de "la esperanza de una cura, sino de la esperanza de vivir cada día con sentido, en paz y de decir adiós como es debido".
“Si estás en paz contigo mismo y con los demás, creo que ir al cielo es una alegría.”
La cruz: una compañera en el sufrimiento
Molina también señaló que aceptar la enfermedad es un elemento clave: “Cuando uno da un paso hacia la trascendencia, hacia la paz, es algo palpable, aunque no se comprenda del todo. He tenido la fortuna de presenciar cómo la persona enferma y su familia, a pesar de las dificultades, experimentan momentos de serenidad, paz, intimidad y sanación interior. Creo que la esperanza no desaparece; más bien, se transforma”.
A lo largo de su trayectoria como enfermera de cuidados paliativos, ha sido testigo de cómo muchos pacientes y sus seres queridos han encontrado "fortaleza en la fe, en la oración y en la cruz, entendida como una compañera en el sufrimiento".
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En definitiva, hizo hincapié en que lo que más ayuda al paciente "es saber que su vida importa a los demás y sentirse acompañado por Dios".
Basándose en su propia experiencia, anima a la gente a “no esperar a enfermarse para preguntarse qué es verdaderamente importante y esencial: amar y dejarse amar. Se trata de vivir una vida íntegra y cuidar de la familia, los amigos y quienes nos rodean. En definitiva, la vida no se mide por el éxito ni la productividad, sino por la autenticidad y el amor”.